La champaña de la señorita

A veces sueño con ponerme una academia para meseros y meseras. La primera vez que hablé de esto fue con Cesitar, el adorable abuelo de mi amiga Ana María, un restaurantero colombiano con quien conocí la versión tica del Ajiaco, mi sopita favorita.

Sin embargo, no voy a abrir una academia para meseros y meseras. Yo me dedico a otras cosas y además, en Costa Rica tendría algunos problemas para que ese negocio prosperara. ¿Por qué? A pura intuición, diré que porque no existe incentivo alguno para mejorar, ni para quienes sirven ni para las personas propietarias del negocio. ¿Las causas? Aquí van mis hipótesis absolutamente sesgadas e irresponsables:

  1. La propina está incluida. Esto implica que quienes sirven no tienen un incentivo real para dar un buen servicio. Después de todo, el 10% de la cuenta va a llegar de todas maneras. Quienes atienden bien lo hacen por su motivación intrínseca y eso, cuando no se trae «de fábrica», es difícil de construir en poco tiempo. Punto menos para la rentabilidad de mi escuela.
  2. Algunos extraños rasgos de nuestra idiosincrasia conforman un curioso cóctel: por un lado, se hace todo lo posible por evadir el conflicto y por el otro, se considera conflicto hasta la más mínima dosis de franqueza. Así, la clientela soporta todo, se queja en voz bajita, promete jamás regresar; pero poquísimas veces manifiesta su insatisfacción con el servicio o con la comida. Y lo peor de todo: siempre regresa.
  3. El costo de una queja es sumamente bajo. En otros países, los formularios de quejas son tomados en serio, de manera que las personas propietarias de los negocios hacen lo que es casi imposible para evitar recibir una queja. En Costa Rica eso no existe y el riesgo reputacional se ve afectado únicamente por las quejas en las redes sociales, lo cual nos lleva de nuevo al punto 2. ¿Cuántas personas se quejan? Pocas. ¿Cuántas de las que no se quejan piensan peor de quien se quejó que del negocio afectado? Mis antenitas de vinil me dicen que muchas más.

Así que al parecer, estoy condenada al sufrimiento por mala calidad del servicio hasta el fin de mis días. Por eso, al menos voy a escribir aquí mis crónicas del desconsuelo. Todas y cada una de mis quejas van dedicadas al mejor mesero del mundo, a ese que puso la barra tan alta, que me hace abrir un blog más de 35 años después de encontrármelo. Nunca sabré su nombre, pero esta es la historia:

En San José centro existía un restaurante llamado El Chalet Suizo. Mis papás me llevaban con frecuencia junto a mi hermana y mi hermano. Una de las cosas que me encantaba, era que a pesar de que yo aún no sabía leer, el mesero me entregaba un menú. Eso me hacía sentir importante y autónoma. Me hacía sentir persona.

Un día, no sé cuál mosquito me picó. Cuando el mesero preguntó: «¿Qué quiere tomar la señorita?», yo contesté: «Champaña, por favor». Por supuesto que hubo risas, pero el mesero tomó la orden como si aquello fuera muy normal. Él recordaba que yo siempre pedía Fanta Naranja, pero esta vez, trajo la botella de Fanta envuelta en una servilleta y dentro de una hielera para champaña. ¿Se lo imaginan? Ese es el único referente que admito de príncipe encantado.

Donde estaba el Chalet Suizo

Desde entonces, solo he encontrado un mesero a quien le daría la medalla de plata: Daniel, quien atiende en el restaurante libanés Phoenicia. Daniel mantiene el equilibrio perfecto entre saberse todos los nombres e ingredientes de los platos en libanés, estar atento constantemente y sin embargo, no empalagar con sus atenciones. El dueño del lugar me ha pedido que no se lo diga, porque después ¿quién se lo aguanta? pero no puedo callármelo. ¿La medalla de bronce? José, el mesero de Noguchi Asian Food en La Sabana.