No se busca marido

Hoy almorcé con mi papá. Cuando las vacas están flacas él siempre da una mano. Los años pasan y sigo preguntándome qué haría sin él. Los años pasan y se acerca ese día en el cual tendré que superar las vacas flacas por mi cuenta, no solo las que se engordan con monedas.

Me pasa lo que a muchas de nosotras a esta edad: la independencia comienza a cobrar las facturas como un obstáculo para tener una casa propia (como escribió mi amiga furiosa), para viajar una vez por año por gusto (no por trabajo), para vivir “holgadamente” digamos. Mi terapeuta hace unos años me preguntaba si estaba segura de mis decisiones: “Usted está decidiendo que no va a tener hijos ¿está claro?”. Sí -le dije- con pasaporte en mano y México en el horizonte. “Usted está decidiendo no atender pacientes”. Sí -también le dije- con la compu en la mano las 24 horas del día y el software libre tatuado en la frente. Ayer la doctora me dijo que tener hijos es saludable y evita el cáncer de mama. Me lleva la grandísima puta. “No está en mis planes, a menos que tenga un enamoramiento severo en los próximos años”, contesté.

Diego me dijo que el anonimato en este país es imposible y que se usa para serruchar los pisos de la gente. Yo le explicaba que en un momento de mi vida había sido un útil objeto transicional. Pero también creo que tiene razón: el anonimato en el fondo es cobardía (cuando la vida no está amenazada, agregaría yo). De ahí que este escrito parezca fuera de lugar. No lo está. Lo que pasa es que los blogs ahora se han convertido en máscaras que son extensiones de las otras máscaras en Facebook o Twitter. Propongo que seamos transparentes al menos aquí, donde podemos explicarnos en más de 140 caracteres.

Alguna gente jamás entenderá para qué escribimos estas cosas en público. Yo tampoco. Conozco sus efectos y sé que exponerse es un acto de valentía. Sacar en el aquí y el ahora es más interesante que esperar al siguiente sentimiento que comentemos en el café con las amigas. No es para nada lo mismo.

¿Qué tiene que ver el título? Todo. Yo no quiero un marido. Yo lo que quiero es una casa donde invitar a quien me dé la gana a que se quede treinta años o dos noches. No pido más.

Des-Carnaval

Este año brindaré con limonada caliente y miel. Colgaré el calendario porque así marcaré el antes y el después, aunque ande pensando que da lo mismo un día que otro y que si me he quitado tantas convenciones sociales, bien puedo quitarme una más: esa obligación de “recibir” el año nuevo con traje de luces para tomar alguna foto que se vea bien en la pecera.

Durante muchos años, me angustiaba la superstición que dicta que el año transcurre de la misma manera como empieza. También me pesaba no tener qué contar cuando regresaba al colegio de vacaciones. Eso me quedó sobre todo de mi séptimo año, cuando mi papá me transplantó a un jardín de rosas engreídas, siendo yo claramente un arbustito de moras. El caso es que el año nuevo tiene ese tufo: el del “deber ser divertidísimo” y yo renuncio a eso. Me vale.

He iniciado años corriendo con maletas por las calles de Lindora (cuando aún Lindora era un potrero y podíamos correr sin ser aplastados por un Discovery del año). He iniciado años dándole de golpes a una sandía-piñata en un restaurante italiano en Santa Teresa (cuando aún Santa Teresa era un destino recóndito solo apto para aventureros). He recibido años mirando las estrellas en la carretera a Tarbaca (y no necesariamente en plan romance). Los he iniciado sola o emparejada, ebria o sobria, sentada en la sala de una casa donde me siento como arbusto de moras en un rosal.

He recibido el año en Zapote (creo, la verdad no recuerdo) y con familias ajenas mientras pienso en las ganas que tengo de irme a dormir. He recibido el año en Panamá, tal vez en el más bonito de los recuerdos (que incluye un muñeco de año viejo flotando en el río y nosotros pensando en llamar a la policía a las 5 de la mañana). He iniciado el año de muchas maneras pero jamás con toda la gente que quisiera tener al lado. ¿Por qué? Porque mi corazón está sembrado en muchos lugares y es imposible reunir a todas esas personas que yo quisiera abrazar al ser las 12. También porque cada una de esas personas tiene su propia idea del “deber ser divertidísimo” y no siempre coincidimos.

Lo que yo hago a las 12, es retirarme del jolgorio, mirar al cielo e imaginar que esas estrellas son las mismas que ellos y ellas miran y desear para cada una, que el año nuevo sea amable. Que se deje querer. Pedir más que eso es ilusión y yo hace años perdí la última en una vuelta cerrada del camino. Lo que sigue aquí es la esperanza (que no es lo mismo) como motor que mueve este mundo. Lo que sigue aquí es el amor, que es combustible de ese motor.

Así que perdonen que no envíe mensajes de éxito, prosperidad y felicidad. No me da el optimismo para vencer a la geopolítica y los indicadores económicos. El amor me da para decirles que la esperanza en la humanidad sigue aquí, porque estoy convencida que a pesar de lo que traiga el 2012 el amor seguirá dándonos cuerda para seguir construyendo, apoyándonos y resistiendo.

Acerca de la expresión “Sí pero es que no”

De la serie “supongidios

“Sí pero es que no” es una expresión utilizada para negarse a determinada orden o afirmación porque la intuición indica que es falsa o inválida pero los argumentos aún no se han construido.

Hemos dicho

David Narváez

Carolina Flores