Cobardía, prudencia o instinto de autoconservación

La vida no es un proyecto. Sería demasiado amplio, sin objetivos claros o demasiado ambiguos. Pero ¿será viable hacer gestión del riesgo?

Es decir, enamorarse es un riesgo. Sumarle una tragedia dolorosa es un riesgo. Encontrar un mae con quien una quisiera desayunar todos los días, leer el periódico, cortarse las venas de mentiritas al mirar las noticias. Un mae en serio, es decir, un mae hecho e izquierdo. Un mae que da miedo de tantas ganas. Algo así. Sumémosle al riesgo de enamorarse. Luego sumémosle al riesgo que significa enamorarse de ESE mae, en ESAS circunstancias y sabiendo desde antes, que habrá tragedia, pérdida, dolor. Calculemos la inminencia del riesgo y la certeza de que en ese caso, la tragedia será triple.

Está bastante claro ¿no es así?

Soy resistente pero no irrompible. Cuando me lanzan al piso no reboto. He ido ya algunas veces al taller y ya a mi edad, venció la garantía.

Y da miedo de tantas ganas. Pero es tarde y no nos tocó en esta. Y sigue dando miedo porque las ganas no se van cuando una calcula riesgos. Esas son cosas de idiotas, de esas que se estudian en la universidad y dan certificaciones del PMI.

Miauch

Algunos días, despertaba de pocas pulgas (aun si tenía muchas). Bastaba verlo a los ojos para saber que estaba amargo; que era mejor andarle de lejitos. Todos los animales se parecen a su dueño. O sea, que yo me parecía a él.

Cuando nos conocimos, se escondió debajo del fregadero. Era ¿1996? y vivíamos en Sabanilla. Sus reinos se extendían por los jardines de todos los vecinos y ahí vivió su época de gloria. Los vecinitos llegaban a buscarlo para jugar con él y preguntaban al tocar la puerta: “¿está Vocho?”. Teníamos ganas de responderles: “no, no está. ¿Algún recado?”.

Fue en ese barrio donde conoció “el amor” y los mordiscos de las gatas, que se le infectaban todo el tiempo por esos genes finos que resaltaban sobre su 99% callejero legítimo. Y aún era blanco, joven y delgado.

Vocho obtuvo su nombre en honor al Volkswagen de Marito: un chuzo de motor alterado, asientos de avión y bocinas de discomóvil. ¿Cómo saber que ese mismo vocho sería en el que moriría algunos años después nuestro amado Mariano? Imposible. Y Vocho se llamaba así por ese carro, porque ronroneaba como un vocho, porque sí.

Maullaba poco. En cambio, se aparecía a saludar apenas escuchaba el motor del carro acercarse. En unas cosas era más perro que gato, como cuando tocaba la puerta para salir o entrar a la casa. Pero era gato siempre con el ritual de alborotar las bolitas: esa manía gatuna de no comer añejo y la ingenuidad de escuchar el ruido engañoso del revolverlas y pensar que eran nuevas.

En la casa de la abuelita llegó a desarrollar la destreza de abrir la puerta de la sala. Fue en esa misma casa donde conoció que los gatos del barrio podían ser villanos que lo llevaban a conocer las vecindades para mostrar que eran los machos alfa, no precisamente para ser sus amigos. Por poco pierde un ojo pero una cirugía con el doctor Chacón se lo salvó.

Después le tocó convivir con Amok, un bóxer hermoso y con quien era mi novio en ese tiempo. A. lo adoraba. Tanto, que al separarnos se quedó con la custodia. Vocho lo acompañó todas esas noches de escritura de tesis hasta que las gatas de la nueva novia de A. (que no era nueva, pero esa historia no tiene nada que ver con el gato) le dijeron a G. “es él o nosotras ¿cómo ves?” y fueron ellas, obvio. Entonces regresó la custodia a la familia Flores Hine.

Para ese entonces ya lo habíamos llevado a castrar. No sirvió de mucho porque las costumbres de irse de fiesta madrugona no las perdió. Se convirtió así en un gato gordo, gordo y el pelo se le había ido poniendo gris por la vejez.

Pero mi hermano lo hacía ejercitarse. Se estiraba como una lagartija y se retorcía bajo el sol. No importaba su ánimo: todos los días se daba baños de sol y cuando llovía sin parar despertaba todos los días con los ojos de pocas pulgas.

Y no importa qué tanto lo recuerde. No importa lo que cuente ni lo que escriba. Nada puede explicar cómo es tener un gato por 16 años, bromear desde hace cinco sobre su muerte, molestarlo todos los días porque está viejo y sin embargo, no estar preparada para recibir esa noticia.

Han sido 16 años de contar con él, con su actitud cascarrabias, con su compañía. 16 años de gente. 16 años de historias. No hay animal más hermoso que un gato. No habrá un gato más hermoso que Vocho.

Gatillo. Ya te extrañamos.

Disconformidad disyuntiva II.1.b

Aquella tarde nos sentamos a hablar de planes. De la empresa que podíamos construir juntos. De cómo íbamos a aprovechar nuestros talentos y tener a mano los de tanta gente conocida.

Estábamos en días “de vacas flacas”, con poca plata en la billetera y él apenas bajándose del avión, con esa incomodidad que yo hasta ese día pude comprender: también venía bajándome del avión después de un año de estar en México conociéndome. No sé si fui a hacer algo más (que no fuera encontrarme con Andrea, un ser humano maravilloso a quien extraño todos los días de mi vida).

Le dije que no importaba: iríamos por una copa de vino a algún buen bar y no por una birra en una cantina de la Calle de la Amargura. Pensaba -y aún lo pienso- que las cosas grandes empiezan con los símbolos y que no era muy buen augurio ponernos tacaños para esta celebración.

A los pocos meses, mi amigo sucumbió otra vez a la alergia y se subió en un avión de regreso a España. “Pero pronto regreso”, me dijo. Ya van quién sabe cuántos días. Yo aprendí a no contarle sus años de ausencia y así cuando regresa, retomamos como si fuera ayer.

Estoy otra vez en ese momento: no son tan flacas las vacas pero la vida otra vez me pone al frente una enorme pregunta: “¿Hacia dónde vamos ahora?”, parece decirme. La respuesta sigue siendo la misma: construiremos una empresa para aprovechar nuestros talentos. Los proyectos no se han detenido, los aprendizajes tampoco. Sin embargo, la línea de trabajo de los últimos años se ha ido depurando y madurando. Es momento ya -tal vez más que aquella tarde- para empezar a cocinar esta empresa que ahora existe solamente en mi cabeza. Es momento de buscar quiénes calzan en los perfiles que necesito para unir esos talentos y empezar.

La copa de vino de esta vez fue un cambio de casa. Un cambio que espero, no simbolice soledad sino independencia. Un hecho concreto que deberá abrir las puertas a este proyecto y cuenta con una oficina espaciosa donde cabrán muchas ideas y muchos post-it en la pared.

En julio empezaremos a cocinar. Por ahora, solo necesito empezar a esbozar la receta.

Mucha tela que cortar

Un acto psicomágico es una tarea que se realiza como metáfora en el mundo real y desata algún nudo alojado en el inconsciente. Alejandro Jodorowski es el maestro de la psicomagia y es uno de los locos que mejor me cae.

Hace unos meses, un amigo y yo hicimos un compromiso. Haríamos un acto psicomágico cada uno para resolver uno de esos nudos. El mío consiste en vestirme de traje y zapatos de tacón y caminar durante un rato por la avenida central de San José. Prometí cumplirlo si mi amigo me acompaña (en caso de tropiezos o pachucadas extremas, aunque esas son menos probables). ¿Qué resuelvo con eso? Miedos, prejuicios, sentirme yo también “taconuda inside” (indispensable entonces contonearme y creerme la más rica de la oficina, etcétera) y ver qué pasa. Si termino sintiéndome “yo misma” a pesar de esa experiencia, habré resuelto un problema que me aqueja de vez en cuando. No es mi conflicto más importante -ni siquiera es TAN importante- pero suena divertido el reto.

Y entonces fui a comprar la tela al Almacén La Ópera (¿dónde más? las mejores telas están ahí, en calle 4, avenidas 3 y 5 en San José centro, donde han estado desde 1938 cuando inmigrantes polacos abrieron la tienda). Nota: en este punto, empiezo a pensar que a Jodorowski ese detalle le sacaría una sonrisa.

La tienda estaba en tinieblas. Habían quitado la electricidad en San José todo el día. Eran casi las 5 y el vendedor se ayudaba con un foco para mostrarme las telas y yo sacaba la pieza completa para mirarla con el poquito de sol que aún iluminaba la acera. Después volvía a entrar y felicitaba al vendedor por su experiencia. Era la tela exacta que quería.

Podía haberme vencido ante ese obstáculo, pero no. Tampoco me rendí cuando me dijeron que por ese día no aceptaban tarjeta (igual que en 1938) y tuve que ir al cajero automático a regañadientes. Y no me eché para atrás cuando otra cliente de la tienda me dijo que debería ir donde su sastre, el chino de Limón.

¿De dónde podía yo sacar un sastre? Hice lo que cualquiera hubiera hecho: le pregunté a mi papá. – Vaya donde el maje de Vargas Araya que es buenísimo… el que tiene los maniquíes raros afuera. Nada más que tiene que decirle que el traje lo necesita para 15 días antes porque ese maje es muy lerdo… se pone a hacer ruedos en lugar de los trajes… yo ya le dije que él debería contratar a alguien que haga ruedos y él no desperdiciarse en eso pero no me hace caso ese guevón. Punto. Fin de diálogo. Seguimos.

Hice lo que una hija obediente hace. Fui a inicios de noviembre para pedirle un traje que necesitaba el 2 de diciembre y le dije que era para el 23. El 23 le dije que era para el lunes siguiente y el lunes siguiente me dio los pantalones pero no había señales del saco en ningún gancho. Le dije -como corresponde- que me llevaba el demonio con su impuntualidad. Y así seguimos semana tras semana hasta que en enero me probé el saco y me había adelgazado tanto que ya no me quedaba. (Cuando digo tanto no se emocionen, no es tanto). Y seguí semana tras semana visitando el sastre hasta que me aprendí los nombres de sus dos hijos y su niña. Hasta que vi a la niña entrar al kinder y al mayor entrar al colegio. Vi al sastre comprarse una pantalla plana de chorrocientas pulgadas. Lo vi cosiendo trajes para año nuevo, uniformes de escuela y hoy, sotanas para la semana santa.

He visto a ese hombre desperdiciar su talento haciendo ruedos y planchando mi saco (el que por fin me entregó esta tarde). Me he frustrado mirando cómo un verdadero artista como él, un señor sastre, termina siendo un de-sastre por falta de ¿de qué? ¿de estrés? ¿será que ese es el precio que hay que pagar para mirarlo ver un corte de tela, pasar la tiza y tomar las tijeras convirtiendo lo que era nada en una obra de arte tridimensional?

La verdad, no lo sé. Lo que sí sé, es que el acto psicomágico empezó desde aquella tarde de café en la que nos comprometimos a vernos hacia adentro y a sacar los miedos a secarse con el sol y desde entonces, no ha parado de suceder la psicomagia. Pasar del miedo a la impaciencia y de ahí a la derrota… para aprender a reconocer que el de-sastre tiene un talento que yo no tengo, y que de todas las impacientes y estresadas clientes, me toca a mí aprender a ajustarme a su tiempo y aguantarme las ganas de sacudirle su paz, si es que de veras quiero tener mi saco gris para caminar por la avenida central alguna tarde de las próximas semanas.

Y ya sé que mi amigo dirá que no debí hacerlo, que hay muchos sastres en el mundo. Tal vez hasta se atreva a decirme que ya no hará el acto que le toca. Pero no me importa. Para una cliente difícil como yo, la lección no está en rebelarse, sino en aceptar que algunas cosas no las puedo cambiar.

¿Quién inventó la tela?

No se busca marido

Hoy almorcé con mi papá. Cuando las vacas están flacas él siempre da una mano. Los años pasan y sigo preguntándome qué haría sin él. Los años pasan y se acerca ese día en el cual tendré que superar las vacas flacas por mi cuenta, no solo las que se engordan con monedas.

Me pasa lo que a muchas de nosotras a esta edad: la independencia comienza a cobrar las facturas como un obstáculo para tener una casa propia (como escribió mi amiga furiosa), para viajar una vez por año por gusto (no por trabajo), para vivir “holgadamente” digamos. Mi terapeuta hace unos años me preguntaba si estaba segura de mis decisiones: “Usted está decidiendo que no va a tener hijos ¿está claro?”. Sí -le dije- con pasaporte en mano y México en el horizonte. “Usted está decidiendo no atender pacientes”. Sí -también le dije- con la compu en la mano las 24 horas del día y el software libre tatuado en la frente. Ayer la doctora me dijo que tener hijos es saludable y evita el cáncer de mama. Me lleva la grandísima puta. “No está en mis planes, a menos que tenga un enamoramiento severo en los próximos años”, contesté.

Diego me dijo que el anonimato en este país es imposible y que se usa para serruchar los pisos de la gente. Yo le explicaba que en un momento de mi vida había sido un útil objeto transicional. Pero también creo que tiene razón: el anonimato en el fondo es cobardía (cuando la vida no está amenazada, agregaría yo). De ahí que este escrito parezca fuera de lugar. No lo está. Lo que pasa es que los blogs ahora se han convertido en máscaras que son extensiones de las otras máscaras en Facebook o Twitter. Propongo que seamos transparentes al menos aquí, donde podemos explicarnos en más de 140 caracteres.

Alguna gente jamás entenderá para qué escribimos estas cosas en público. Yo tampoco. Conozco sus efectos y sé que exponerse es un acto de valentía. Sacar en el aquí y el ahora es más interesante que esperar al siguiente sentimiento que comentemos en el café con las amigas. No es para nada lo mismo.

¿Qué tiene que ver el título? Todo. Yo no quiero un marido. Yo lo que quiero es una casa donde invitar a quien me dé la gana a que se quede treinta años o dos noches. No pido más.

Des-Carnaval

Este año brindaré con limonada caliente y miel. Colgaré el calendario porque así marcaré el antes y el después, aunque ande pensando que da lo mismo un día que otro y que si me he quitado tantas convenciones sociales, bien puedo quitarme una más: esa obligación de “recibir” el año nuevo con traje de luces para tomar alguna foto que se vea bien en la pecera.

Durante muchos años, me angustiaba la superstición que dicta que el año transcurre de la misma manera como empieza. También me pesaba no tener qué contar cuando regresaba al colegio de vacaciones. Eso me quedó sobre todo de mi séptimo año, cuando mi papá me transplantó a un jardín de rosas engreídas, siendo yo claramente un arbustito de moras. El caso es que el año nuevo tiene ese tufo: el del “deber ser divertidísimo” y yo renuncio a eso. Me vale.

He iniciado años corriendo con maletas por las calles de Lindora (cuando aún Lindora era un potrero y podíamos correr sin ser aplastados por un Discovery del año). He iniciado años dándole de golpes a una sandía-piñata en un restaurante italiano en Santa Teresa (cuando aún Santa Teresa era un destino recóndito solo apto para aventureros). He recibido años mirando las estrellas en la carretera a Tarbaca (y no necesariamente en plan romance). Los he iniciado sola o emparejada, ebria o sobria, sentada en la sala de una casa donde me siento como arbusto de moras en un rosal.

He recibido el año en Zapote (creo, la verdad no recuerdo) y con familias ajenas mientras pienso en las ganas que tengo de irme a dormir. He recibido el año en Panamá, tal vez en el más bonito de los recuerdos (que incluye un muñeco de año viejo flotando en el río y nosotros pensando en llamar a la policía a las 5 de la mañana). He iniciado el año de muchas maneras pero jamás con toda la gente que quisiera tener al lado. ¿Por qué? Porque mi corazón está sembrado en muchos lugares y es imposible reunir a todas esas personas que yo quisiera abrazar al ser las 12. También porque cada una de esas personas tiene su propia idea del “deber ser divertidísimo” y no siempre coincidimos.

Lo que yo hago a las 12, es retirarme del jolgorio, mirar al cielo e imaginar que esas estrellas son las mismas que ellos y ellas miran y desear para cada una, que el año nuevo sea amable. Que se deje querer. Pedir más que eso es ilusión y yo hace años perdí la última en una vuelta cerrada del camino. Lo que sigue aquí es la esperanza (que no es lo mismo) como motor que mueve este mundo. Lo que sigue aquí es el amor, que es combustible de ese motor.

Así que perdonen que no envíe mensajes de éxito, prosperidad y felicidad. No me da el optimismo para vencer a la geopolítica y los indicadores económicos. El amor me da para decirles que la esperanza en la humanidad sigue aquí, porque estoy convencida que a pesar de lo que traiga el 2012 el amor seguirá dándonos cuerda para seguir construyendo, apoyándonos y resistiendo.

Acerca de la expresión “Sí pero es que no”

De la serie “supongidios

“Sí pero es que no” es una expresión utilizada para negarse a determinada orden o afirmación porque la intuición indica que es falsa o inválida pero los argumentos aún no se han construido.

Hemos dicho

David Narváez

Carolina Flores

Tarde

De niña y algunas veces aún a mi edad, darme cuenta de que llegaba la noche me daba angustia. No era miedo, era angustia. Justamente de esa que no habla, que no da ninguna pista de la razón por la cual tenemos un huequito molesto en el estómago.

Hoy ha  regresado el huequito, pero ahora es miedo. Ya no es la angustia muda. Ahora me dice que tengo miedo a quedarme sola. A ver llegar la noche y que nadie me abra la puerta al llegar a casa o a que no se abra la puerta porque alguien llega mas tarde que yo. Tengo miedo.

No tengo miedo al atardecer que miro en el horizonte, porque normalmente cuando miramos atardeceres con el cuerpo entero del sol, estamos acompañados de amigos o de una sensación de existencia relevante en la inmensidad del mundo. A esos atardeceres no les temo.

Le temo a estos que iniciarán hoy o mañana. A estar de nuevo sola. A no tener a quién preguntarle a las 10 de la noche si vamos por un helado o nos compramos un taco en la esquina. A la tristeza cotidiana de hablar con el gato o con el tele. A eso.

Manifiesto contra la dictadura del planchado

Fiep Westendorp, 1959

Los inventos e innovaciones deben tener una utilidad social que vaya más allá del fin de lucro de las empresas e incluso del “progreso de la ciencia”. Eso es lo que se supone aunque ese tema tenga mucha tela qué cortar y no sea el punto central de este escrito. Lo de hoy es mucho más simple: mientras estaba planchando alguna ropa de pronto me pregunté ¿cuál es la utilidad social de la plancha? Pensemos…

Las otras tareas domésticas tienen fines que mejoran la calidad de vida de las personas: limpiamos la casa por higiene, no sólo por estética; lavamos los platos porque usar platos desechables genera toneladas de desechos que hacen un daño a la humanidad (incluso los que tienen químicos para biodegradarse dejan un residuo que no se reintegra al ambiente); lavamos la ropa y las sábanas para evitar enfermedades, malos olores y contaminación; cocinamos porque es fundamental alimentarnos. Pero ¿para qué planchamos? ¡planchamos por convención social! ¿qué otra cosa nos brinda la plancha que no sea cumplir con un mandato social que dice que la ropa arrugada “se ve mal”? En cambio, veamos las desventajas:

1. La plancha gasta energía eléctrica. ¿Cuántas horas de planchado se gastan en el mundo y cuánta energía eléctrica se desperdicia en esa actividad?

2. La plancha es peligrosa y puede causar quemaduras (por cierto, ando una en el brazo que me acabo de hacer).

3. Planchar una prenda toma más de 5 minutos. ¿Cuánto tiempo productivo se desperdicia en esta actividad? Pensemos en una semana en una casa donde dos personas sean “ejecutivas”.

4. La plancha puede quemar la ropa, por inexperiencia de quien la usa o por la mala calidad del teflón. ¿Quién no ha dañado una prenda mientras la plancha? ¿y quién nos regresa el dinero gastado?

5. La plancha tiene un costo monetario. Yo en el último año he gastado más de 50 mil colones en planchas. Compré una de vapor con manguera para “parar de sufrir” pero resultó un fiasco: los días de mucha humedad, puedo gastarme media hora en una jacket que terminará arrugada de todas maneras. ¿Resultado? Tuve que comprar otra plancha que no fuera de vapor (porque tod@s sabemos que las planchas de vapor terminan regando agua por todas partes) y que fuera de buena calidad (porque también sabemos que las planchas baratas queman la ropa y dejan de funcionar muy pronto).

Ya hace unos años, quien era (¿o es?) el Primer Ministro de Japón en el 2005 hizo un llamado a no usar corbata ni camisas de manga larga para evitar el uso excesivo de aire acondicionado y contribuir así con el medio ambiente. Eso se denominó la campaña “Cool Biz“. Y claro, las compañías de corbatas protestaron. ¿Por qué no llegó ese Cool Biz  nuestro país tropical? Ni idea. El problema de las compañías que hacen corbatas es que su producto es inútil y eso no es culpa del Primer Ministro. Las planchas son absurdas y eso no es culpa mía.

Alguien podrá decir que es que sí, la ropa arrugada “se ve mal”. Yo no puedo opinar porque aprendí a mirar con el ojo de mi madre, que decía: “van a pensar que usté no tiene mamá si sale así”. Pero tal vez mi sobrino pueda salvarse del desperdicio de tiempo, dinero y energía eléctrica que implica planchar nuestra ropa. Incluso, puede que se salve de quemarse la piel y de dañar una camisa.

También podrán decir que plancharse el pelo y maquillarse tampoco tiene utilidad social… y yo estaré de acuerdo. Pero ese manifiesto no me toca a mí, porque hace muchos años que no me maquillo ni reprimo el cabello con calor. Para eso hay gel, ceras, diademas, pañuelos y otras cosas. Tal vez mi sobrino también se salve de al dictadura del peinado, así como espero que se salve de la dictadura del planchado.

Por cierto, otro beneficio sería salvarnos de la “música plancha”, tan de moda en estos últimos tiempos donde “ser polo es cool”.

Saqueando al ICE ¿otra vez?

Al parecer, el amor por el ICE no se agota, ni por las largas filas o los enredos burocráticos. Porque como dice este comunicado: “Las inversiones realizadas durante 47 años de telecomunicaciones han sido cubiertas con tarifas que pagaron los ciudadanos y todos los usuarios finales de las redes”.

Reproduzco fragmentos de un campo pagado que sale en El Semanario de esta semana, por si no lo han visto:

“Es obligación de todo funcionario público velar por el buen uso de los bienes bajo su custodia; contravenir esta obligación es faltar al deber de probidad

“El precio de interconexión para la red fija indicado por la Sutel en su resolución del 12 de noviembre y publicada seis días después en su página web está por debajo de los costos del ICE, con lo cual se violenta la Ley General de Telecomunicaciones“.

“La resolución de la Sutel que fija el precio de interconexión para la red fija no tiene asidero técnico y carece de los elementos necesarios para tener validez jurídica

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