Proclama de Río Segundo de Alajuela

Esta proclama está circulando en un PDF. Es resultado de una reunión realizada hace dos semanas en Río Segundo de Alajuela y forma parte de un esfuerzo por lograr una alianza ciudadana y partidaria de cara a las elecciones del 2014. Quienes quieran agregar su firma lo pueden hacer enviando su nombre, número de cédula, zona de residencia, y área temática de interés al correo-e proyectocoalicionfirmaproclama(en)gmail.com con el tema “Quiero firmar la Proclama”.

Pueden descargar el pdf de aquí

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Compatriota: Costa Rica se nos escapa de las manos. Una sociedad cada vez más desigual fractura las reglas de convivencia y amenaza el pacto social que nos unió.

Hoy debemos iniciar el camino hacia la concordia. Ha llegado la hora de una revolución ética y de abrazar con patriotismo nuestras coincidencias.

Costarricense: La Patria nos convoca a construir una gran coalición que haga posible recuperar el Estado de Bienestar, que impulse una Sociedad libre que avance en igualdad, dignidad y sostenibilidad.

¡Comprometámonos firmemente en esta lucha!

Río Segundo de Alajuela, Costa Rica 6 de octubre del 2012, Año de la Unión del Corazón Patriota

Adrián Torrealba Navas, Flora Fernández Amón, Mario Céspedes Ávalos, Adrián Zúñiga Bonilla, Francisco Barrantes, Marité Valenzuela Hernández, Alejandro Muñoz Villalobos, Francisco Camacho Leiva, Marjorie Arce López, Ana Gabriel Zúñiga Aponte, Gabriel Granados Cáceres, Marjorie Santamaría Monge, Ana Lorena Ulate Rodríguez, Geannina Dinarte Romero, Marlon Cubillo Cortés, Anabelle Artavia Montero, Gerardo Fumero Paniagua, Marvin Herrera Araya, Andrés Trejos Ramírez, Gerardo Hernández Naranjo, Mauricio Castro Méndez, Arnoldo Mora Rodríguez, Gerardo Quirós Jiménez, Miguel Ángel Sequeira Torres, Bernal Gamboa Mora, Gilberto Lopes de Castro, Miguel Ocampo R., Bernardo Aguilar González, Heidy Murillo Quesada, Miriam Zamora Solera, Carlos Chacón Salas, Henry Mora Jiménez, Nicolás Bastos, Carmen Jiménez Contreras, Herbert Orozco Moreira, Norma Vargas Duarte, Célimo Guido Cruz, Herberth Herra Castro, Oscar Aguilar Bulgarelli, Claudio Monge Pereira, Irene Guevara Cantón, Ottón Solís Fallas, Cristina Zeledón Lizano, Jaime Figueres Ulate, Paola Fernández Carmiol, Cristóbal Montoya Marín, Jorge Araya Westover, Patricia Rivero, Cruz Prado Rojas, Jorge Arturo Lobo, Rocío Carranza Maxera, Daniel Fonseca, Jorge Umaña Vargas, Rodolfo Silva Vargas, Diego Mesén Portela, Jorge Vargas Aguilar, Rodrigo Cabezas Moya, Dionisio Cabal Antillón, José Ricardo Sánchez Mena, Rufino Gil Pacheco, Dora Araya Rodríguez, Juan Carlos Mendoza García, Sally Carmiol Yalico, Dorelia Barahona Riera, Juan Félix Montero Aguilar, Sergio Alfaro Salas, Dragos Donalescu, Juan Fernando Cerdas Albertazzi, Sergio Erick Ardón Ramírez, Edison Valverde Araya, Ligia Umaña Ledezma, Sharely Alfaro Elizondo, Estrella Zeledón de Carazo, Lisbeth Quesada Tristán, Sofía Víquez Alfaro, Eva Carazo Vargas, Luis Diego Aguilar Monge, Víctor Chacón Chávez, Fabio Herrera Ocampo, Luis Guillermo Solís Rivera, Victor Hugo Morales Zapata, Fabio Villalobos Campos, Manuel López Flores, Víctor Manuel Morales Mora, Fernando Soley Soler, Marcos Montero Araya, Flor Fennell Araya, Mariano Figueres Olse

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La pasé a texto y la firmas quedaron desordenadas, pero están todas las firmas iniciales. Marqué con negrita a la gente que más conozco de todas las que firmaron. Las marqué porque son personas en las que confío plenamente como ciudadanas, como intelectuales, como luchadoras por un país parecido al que yo quiero que construyamos o recuperemos.

Conozco a muchas más de esa lista y sé que tienen larga trayectoria, que nos hemos acompañado muchas veces, pero marqué quienes orientan mis acciones y me guían, porque no podemos conocer de todos los temas y si queremos construir en conjunto, debemos recordar que la confianza es la base de las relaciones humanas.

Confío en esta gente y confío en que podremos unirnos.

Carolina

El combo sabio

Al mejor mono se le cae el zapote.

Por la boca muere el pez.

Que no te castigue la lengua.

Que la boca se te haga chicharrón.

Tomate una cucharada de tu propia medicina.

Todos los anteriores aplican.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” no.

Balbucear

Malentendidos.

Siempre lo mismo.

Malentenderse a una misma.

No saber qué se quiere o a quién. Hacia dónde se va o si se regresa.

Malentender las señales del otro. No saber si quiere, ni a quién ni cómo.

Enredarse toda con los propios fantasmas. Y que no sirva de nada preguntar porque ya se conocen todas las respuestas y las que nos den, se convertirán en mentiras porque no corresponden con las respuestas que ya se saben.

O sea, malentenderse.

Y que después de que haya pasado el tiempo, ya no se malentienda nada pero sea demasiado tarde. Y

no caerse. Tal vez solo aguevarse un poquito. Porque a esta edad, se piensa que ya se ha vivido todo y que se conocen todos los errores posibles.

Pero todo bien. No pasa nada. No pasa nada.

Nada pasa.

Nada.

¿Cómo batear a Caro y no morir en el intento?

Anoche hablábamos de duelos. De cómo cada quien tramitaba las pérdidas amorosas. Algunos salían de compras, otros compraban helados, otras hacían “window shopping” (sic), se teñían el cabello o se lo cortaban. Yo no encontré mi mecanismo. La única cabanga que me hizo ejecutar un acto fue política y ya todos la conocemos. Las demás me las tomé a sorbitos, a rancheras, a pescozones en el espejo. Nada que se pudiera comprar en el supermercado iba a ser capaz de sacarme de ese estado.

Pero luego, estuvimos hablando de otros temas y recordé lo mala que soy manejando las fases de conquista. “¿Cómo se le echa el cuento a usted?”, me preguntaron. “La que echa el cuento soy yo” fue lo que dije. ¿Es eso cierto? Más o menos. Digamos que no soy conquistable con flores ni habladas. Digamos que en unos casos, las cosas se van dando poco a poco y en otros, si mi impaciencia me gana la partida termino siendo yo quien confiesa.

Y claro, me han bateado más de una vez pero no pasa nada más allá de un ego morado que tarda una semana en desaparecer. Luego de eso, puedo ser la misma amiga del susodicho como si nada hubiera pasado. Cuando cierro el puerto de la atracción y el “enamoramiento” es como si bloqueara por completo. Funciona.

Entonces, a la pregunta de ¿cómo batear a Caro? la respuesta es muy simple: contestando con sinceridad. Eso puede ser en forma de un sms que diga: “La verdad, prefiero que nos mantengamos en el plano laboral” o con un correo electrónico más amplio que explique el bla bla bla de “la verdad, no creo que sea buena idea porque…”.

Es todo. Después de eso, el ego morado sanará sin demasiadas consecuencias y la incomodidad actual desaparecerá.

Al buen entendedor.

Reporte del tiempo

Hoy pasé a saludar a la abue. Cuatro horas después, salí con siete secretos de más y dos de menos.

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La gente se casa. Se casa y tiene hijos. Se casa, tiene hijos y en cierto cuadrito del calendario le da por preguntarse qué hay detrás de esa puerta. La respuesta es muy simple: nada.

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Tal vez él se pregunte por qué agoté la única excusa que nos quedaba.Tal vez ni siquiera se ha enterado que ya no la tenemos.

Si me atreviera, le diría que una excusa no es suficiente para mí. Quiero que tenga razones y sobre todo ganas.

Pero no.

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El chirrido de una puerta

El domingo pasado admití tener un “corazón de pollo”. Mi amigo Luis preguntó si eso significaba que tengo un corazón pequeño, arrugado… Lo remito entonces al más glorioso depósito de sabiduría disponible en la Internet: las preguntas Yahoo.

Esta mañana, en mi identidad envidiosa del rock, escribí ese episodio que mis amigxs ya se saben de memoria: cuando en segundo grado por defender a un compañero agredido por la maestra, por poco le quiebro la escoba a la niña Emilia. Ese. También he contado ya, que a los tres años me iba a ir de la casa aunque no sabía a dónde.

Junté ambas cosas: la incredulidad de Luis, con esos recuerdos defensivos. La inquietud que ando encima desde el domingo tuvo ya mayor sentido. ¿De qué me estoy defendiendo la mayor parte del tiempo? Ni idea. ¿Será necesario continuar defendiéndome del mundo? Creo que no.

Me explico (o lo intento).

La infancia de cada quien es del nivel de drama o de felicidad que la subjetividad permita. A su vez, ese nivel de drama o felicidad va conformando esa subjetividad. Es decir, no se puede distinguir qué viene primero, pero sí es posible ver dónde está la trampa.

Mi infancia, vista desde la de quien vivió la guerra, la pobreza o una tragedia, puede parecer un hermoso jardín. Sin embargo, no lo fue. Me ahorraré los detalles. El caso es que en ese hermoso jardín yo ¿tuve? que convertirme en una falsa coralillo y quienes no me conocen de cerca creen que soy una coral de verdad. Mimetismo batesiano. La psicología debería estudiar ese fenómeno en los seres humanos.

En ciertos planos de mi vida soy una guerrera. Lo que muchos ven es esa postura, el escudo, las armas y los ojos encendidos de furia. Pero son pocos los que saben, que cuando llego a casa guardo el escudo, me quito las botas con puntera metálica y me acaricio el corazón de pollo, que muchas veces está cansado de defenderse y de dormir con un ojo cerrado y  otro abierto.

La lucha está en no permitir que la coral verdadera se adueñe. Porque ¿qué somos si ante el espejo miramos una rosa con espinas pero los otros lo que ven es un cactus? (sigan el enlace al video).

Cactucín y los marshmallows

 

 

Cobardía, prudencia o instinto de autoconservación

La vida no es un proyecto. Sería demasiado amplio, sin objetivos claros o demasiado ambiguos. Pero ¿será viable hacer gestión del riesgo?

Es decir, enamorarse es un riesgo. Sumarle una tragedia dolorosa es un riesgo. Encontrar un mae con quien una quisiera desayunar todos los días, leer el periódico, cortarse las venas de mentiritas al mirar las noticias. Un mae en serio, es decir, un mae hecho e izquierdo. Un mae que da miedo de tantas ganas. Algo así. Sumémosle al riesgo de enamorarse. Luego sumémosle al riesgo que significa enamorarse de ESE mae, en ESAS circunstancias y sabiendo desde antes, que habrá tragedia, pérdida, dolor. Calculemos la inminencia del riesgo y la certeza de que en ese caso, la tragedia será triple.

Está bastante claro ¿no es así?

Soy resistente pero no irrompible. Cuando me lanzan al piso no reboto. He ido ya algunas veces al taller y ya a mi edad, venció la garantía.

Y da miedo de tantas ganas. Pero es tarde y no nos tocó en esta. Y sigue dando miedo porque las ganas no se van cuando una calcula riesgos. Esas son cosas de idiotas, de esas que se estudian en la universidad y dan certificaciones del PMI.

Miauch

Algunos días, despertaba de pocas pulgas (aun si tenía muchas). Bastaba verlo a los ojos para saber que estaba amargo; que era mejor andarle de lejitos. Todos los animales se parecen a su dueño. O sea, que yo me parecía a él.

Cuando nos conocimos, se escondió debajo del fregadero. Era ¿1996? y vivíamos en Sabanilla. Sus reinos se extendían por los jardines de todos los vecinos y ahí vivió su época de gloria. Los vecinitos llegaban a buscarlo para jugar con él y preguntaban al tocar la puerta: “¿está Vocho?”. Teníamos ganas de responderles: “no, no está. ¿Algún recado?”.

Fue en ese barrio donde conoció “el amor” y los mordiscos de las gatas, que se le infectaban todo el tiempo por esos genes finos que resaltaban sobre su 99% callejero legítimo. Y aún era blanco, joven y delgado.

Vocho obtuvo su nombre en honor al Volkswagen de Marito: un chuzo de motor alterado, asientos de avión y bocinas de discomóvil. ¿Cómo saber que ese mismo vocho sería en el que moriría algunos años después nuestro amado Mariano? Imposible. Y Vocho se llamaba así por ese carro, porque ronroneaba como un vocho, porque sí.

Maullaba poco. En cambio, se aparecía a saludar apenas escuchaba el motor del carro acercarse. En unas cosas era más perro que gato, como cuando tocaba la puerta para salir o entrar a la casa. Pero era gato siempre con el ritual de alborotar las bolitas: esa manía gatuna de no comer añejo y la ingenuidad de escuchar el ruido engañoso del revolverlas y pensar que eran nuevas.

En la casa de la abuelita llegó a desarrollar la destreza de abrir la puerta de la sala. Fue en esa misma casa donde conoció que los gatos del barrio podían ser villanos que lo llevaban a conocer las vecindades para mostrar que eran los machos alfa, no precisamente para ser sus amigos. Por poco pierde un ojo pero una cirugía con el doctor Chacón se lo salvó.

Después le tocó convivir con Amok, un bóxer hermoso y con quien era mi novio en ese tiempo. A. lo adoraba. Tanto, que al separarnos se quedó con la custodia. Vocho lo acompañó todas esas noches de escritura de tesis hasta que las gatas de la nueva novia de A. (que no era nueva, pero esa historia no tiene nada que ver con el gato) le dijeron a G. “es él o nosotras ¿cómo ves?” y fueron ellas, obvio. Entonces regresó la custodia a la familia Flores Hine.

Para ese entonces ya lo habíamos llevado a castrar. No sirvió de mucho porque las costumbres de irse de fiesta madrugona no las perdió. Se convirtió así en un gato gordo, gordo y el pelo se le había ido poniendo gris por la vejez.

Pero mi hermano lo hacía ejercitarse. Se estiraba como una lagartija y se retorcía bajo el sol. No importaba su ánimo: todos los días se daba baños de sol y cuando llovía sin parar despertaba todos los días con los ojos de pocas pulgas.

Y no importa qué tanto lo recuerde. No importa lo que cuente ni lo que escriba. Nada puede explicar cómo es tener un gato por 16 años, bromear desde hace cinco sobre su muerte, molestarlo todos los días porque está viejo y sin embargo, no estar preparada para recibir esa noticia.

Han sido 16 años de contar con él, con su actitud cascarrabias, con su compañía. 16 años de gente. 16 años de historias. No hay animal más hermoso que un gato. No habrá un gato más hermoso que Vocho.

Gatillo. Ya te extrañamos.

Disconformidad disyuntiva II.1.b

Aquella tarde nos sentamos a hablar de planes. De la empresa que podíamos construir juntos. De cómo íbamos a aprovechar nuestros talentos y tener a mano los de tanta gente conocida.

Estábamos en días “de vacas flacas”, con poca plata en la billetera y él apenas bajándose del avión, con esa incomodidad que yo hasta ese día pude comprender: también venía bajándome del avión después de un año de estar en México conociéndome. No sé si fui a hacer algo más (que no fuera encontrarme con Andrea, un ser humano maravilloso a quien extraño todos los días de mi vida).

Le dije que no importaba: iríamos por una copa de vino a algún buen bar y no por una birra en una cantina de la Calle de la Amargura. Pensaba -y aún lo pienso- que las cosas grandes empiezan con los símbolos y que no era muy buen augurio ponernos tacaños para esta celebración.

A los pocos meses, mi amigo sucumbió otra vez a la alergia y se subió en un avión de regreso a España. “Pero pronto regreso”, me dijo. Ya van quién sabe cuántos días. Yo aprendí a no contarle sus años de ausencia y así cuando regresa, retomamos como si fuera ayer.

Estoy otra vez en ese momento: no son tan flacas las vacas pero la vida otra vez me pone al frente una enorme pregunta: “¿Hacia dónde vamos ahora?”, parece decirme. La respuesta sigue siendo la misma: construiremos una empresa para aprovechar nuestros talentos. Los proyectos no se han detenido, los aprendizajes tampoco. Sin embargo, la línea de trabajo de los últimos años se ha ido depurando y madurando. Es momento ya -tal vez más que aquella tarde- para empezar a cocinar esta empresa que ahora existe solamente en mi cabeza. Es momento de buscar quiénes calzan en los perfiles que necesito para unir esos talentos y empezar.

La copa de vino de esta vez fue un cambio de casa. Un cambio que espero, no simbolice soledad sino independencia. Un hecho concreto que deberá abrir las puertas a este proyecto y cuenta con una oficina espaciosa donde cabrán muchas ideas y muchos post-it en la pared.

En julio empezaremos a cocinar. Por ahora, solo necesito empezar a esbozar la receta.

Mucha tela que cortar

Un acto psicomágico es una tarea que se realiza como metáfora en el mundo real y desata algún nudo alojado en el inconsciente. Alejandro Jodorowski es el maestro de la psicomagia y es uno de los locos que mejor me cae.

Hace unos meses, un amigo y yo hicimos un compromiso. Haríamos un acto psicomágico cada uno para resolver uno de esos nudos. El mío consiste en vestirme de traje y zapatos de tacón y caminar durante un rato por la avenida central de San José. Prometí cumplirlo si mi amigo me acompaña (en caso de tropiezos o pachucadas extremas, aunque esas son menos probables). ¿Qué resuelvo con eso? Miedos, prejuicios, sentirme yo también “taconuda inside” (indispensable entonces contonearme y creerme la más rica de la oficina, etcétera) y ver qué pasa. Si termino sintiéndome “yo misma” a pesar de esa experiencia, habré resuelto un problema que me aqueja de vez en cuando. No es mi conflicto más importante -ni siquiera es TAN importante- pero suena divertido el reto.

Y entonces fui a comprar la tela al Almacén La Ópera (¿dónde más? las mejores telas están ahí, en calle 4, avenidas 3 y 5 en San José centro, donde han estado desde 1938 cuando inmigrantes polacos abrieron la tienda). Nota: en este punto, empiezo a pensar que a Jodorowski ese detalle le sacaría una sonrisa.

La tienda estaba en tinieblas. Habían quitado la electricidad en San José todo el día. Eran casi las 5 y el vendedor se ayudaba con un foco para mostrarme las telas y yo sacaba la pieza completa para mirarla con el poquito de sol que aún iluminaba la acera. Después volvía a entrar y felicitaba al vendedor por su experiencia. Era la tela exacta que quería.

Podía haberme vencido ante ese obstáculo, pero no. Tampoco me rendí cuando me dijeron que por ese día no aceptaban tarjeta (igual que en 1938) y tuve que ir al cajero automático a regañadientes. Y no me eché para atrás cuando otra cliente de la tienda me dijo que debería ir donde su sastre, el chino de Limón.

¿De dónde podía yo sacar un sastre? Hice lo que cualquiera hubiera hecho: le pregunté a mi papá. – Vaya donde el maje de Vargas Araya que es buenísimo… el que tiene los maniquíes raros afuera. Nada más que tiene que decirle que el traje lo necesita para 15 días antes porque ese maje es muy lerdo… se pone a hacer ruedos en lugar de los trajes… yo ya le dije que él debería contratar a alguien que haga ruedos y él no desperdiciarse en eso pero no me hace caso ese guevón. Punto. Fin de diálogo. Seguimos.

Hice lo que una hija obediente hace. Fui a inicios de noviembre para pedirle un traje que necesitaba el 2 de diciembre y le dije que era para el 23. El 23 le dije que era para el lunes siguiente y el lunes siguiente me dio los pantalones pero no había señales del saco en ningún gancho. Le dije -como corresponde- que me llevaba el demonio con su impuntualidad. Y así seguimos semana tras semana hasta que en enero me probé el saco y me había adelgazado tanto que ya no me quedaba. (Cuando digo tanto no se emocionen, no es tanto). Y seguí semana tras semana visitando el sastre hasta que me aprendí los nombres de sus dos hijos y su niña. Hasta que vi a la niña entrar al kinder y al mayor entrar al colegio. Vi al sastre comprarse una pantalla plana de chorrocientas pulgadas. Lo vi cosiendo trajes para año nuevo, uniformes de escuela y hoy, sotanas para la semana santa.

He visto a ese hombre desperdiciar su talento haciendo ruedos y planchando mi saco (el que por fin me entregó esta tarde). Me he frustrado mirando cómo un verdadero artista como él, un señor sastre, termina siendo un de-sastre por falta de ¿de qué? ¿de estrés? ¿será que ese es el precio que hay que pagar para mirarlo ver un corte de tela, pasar la tiza y tomar las tijeras convirtiendo lo que era nada en una obra de arte tridimensional?

La verdad, no lo sé. Lo que sí sé, es que el acto psicomágico empezó desde aquella tarde de café en la que nos comprometimos a vernos hacia adentro y a sacar los miedos a secarse con el sol y desde entonces, no ha parado de suceder la psicomagia. Pasar del miedo a la impaciencia y de ahí a la derrota… para aprender a reconocer que el de-sastre tiene un talento que yo no tengo, y que de todas las impacientes y estresadas clientes, me toca a mí aprender a ajustarme a su tiempo y aguantarme las ganas de sacudirle su paz, si es que de veras quiero tener mi saco gris para caminar por la avenida central alguna tarde de las próximas semanas.

Y ya sé que mi amigo dirá que no debí hacerlo, que hay muchos sastres en el mundo. Tal vez hasta se atreva a decirme que ya no hará el acto que le toca. Pero no me importa. Para una cliente difícil como yo, la lección no está en rebelarse, sino en aceptar que algunas cosas no las puedo cambiar.

¿Quién inventó la tela?