“Estábamos enamorados, creíamos uno en el otro, creíamos que no era posible la traición, el egoísmo, el interés propio. Formábamos parte de ese sueño de convivencia, de construcción conjunta, de tantos proyectos donde orientar el empeño. Creíamos uno en el otro, sin desconfianza, sin reservas pero también, sin anularnos, sin engullir la diferencia, sin desaparecer esas fronteras que dicen quien sos vos y quién soy yo.”

Alguna gente dice “nunca debimos ir al referendo… fuimos ingenuos, jugamos con sus reglas, con la cancha marcada, el árbitro comprado, contra jugadores dopados…”. Quienes estaban afuera, nos miraban perplejos, como a un pequeño niño enfrentando a un gigante, o como a un peón de finca confrontando al patrón. Estábamos locos, estábamos ciegos, estábamos enamorados.

Por eso ese dolor, por eso esa noche negra de domingo, por eso ese corazón partido en dos, traicionado y vacío del día lunes. Por eso esa sensación de territorio devastado, de tierra arrasada, de eso que en Costa Rica llamamos cabanga… algo así como el mal de amores que viene después de un rompimiento.

Estábamos enamorados, creíamos uno en el otro, creíamos que no era posible la traición, el egoísmo, el interés propio. Formábamos parte de ese sueño de convivencia, de construcción conjunta, de tantos proyectos donde orientar el empeño. Creíamos uno en el otro, sin desconfianza, sin reservas pero también, sin anularnos, sin engullir la diferencia, sin desaparecer esas fronteras que dicen quien sos vos y quién soy yo. Gracias a ese enamorarse -que por supuesto no estuvo exento de discusiones y tormentas- logramos dar una lucha sin precedentes. Hicimos lo que a todas luces parecía imposible, trabajamos juntos los sindicatos de uno y otro bando, universidades, sectores de partidos políticos que antes eran enemigos, agricultores y estudiantes, dirigentes y ciudadanos sin etiqueta, mujeres, hombres, vecinos que antes no se conocían. Trabajamos juntos porque creíamos que era posible sembrar una semilla y mirarla crecer.

Nunca entendí como hoy esa canción de Silvio: “si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza …”. ¿Qué cosa fuera Costa Rica sin referendo? A veces, con crueldad he dicho una caricatura: en mi país no nos organizábamos más que para decir “la marcha sale de aquí, llega a la Asamblea Legislativa y allá habrá un equipo de sonido sonando cantos de los años setentas”. Es cruel, es simplista la figura, pero tiene mucho de verdad. Algunas veces, los objetivos se nos difuminan a tal punto y la diversidad se amplía tanto, que nos perdemos. El referendo y una palabra tan sencilla y a la vez tan crucial como la palabra “NO” generó unidad, coordinación, negociación, guía, un camino trazado por muchas voces distintas que cantaban una misma canción.

Don Juan en Cañas de Guanacaste, descubrió en esta lucha, que esos jóvenes que antes veía con temor, por su cabello parado y sus botas militares, tienen su propia forma de resistencia. Descubrió además que gente de otro partido, a quienes siempre había concebido como enemigos, podían fácilmente ser sus aliados y compartían su mismo sueño. Jorge Manuel descubrió que su silla de ruedas no es obstáculo para moverse y por medio de la Internet logró ser un actor crucial en su comunidad. La cajera del súper descubrió que tiene algo en común con esa cliente que portaba un pin del NO y se encontró a ella misma pasando encima de su uniforme y diciendo en un susurro cómplice “esto no ha terminado, cuando hagan la revolución usted sabe dónde buscarme”. Don Carlos se encontró de pronto, a sus cuarenta años, hablándole a 300 pescadores que entendían y creían en sus palabras, porque él es uno de ellos y sabía lo que decía. Manolo se encontró de improviso, escuchando sus canciones punk, mientras recortaba el esténcil de un corazón. Ángel desesperó algunas veces, al verse inmerso en las reuniones de su comité, conformado por quienes antes eran amas de casa y ahora organizaban caravanas, transportes y peñas culturales para recaudar fondos. Naila descubrió el enorme poder de su voz, su computadora y su teléfono y llamó a cuanto programa de radio escuchara para no dejar un sólo resquicio sin un NO al TLC. Carolina, de pronto se vio caminando de noche por el parque de Limón conversando con la gente en los corredores de sus casas o raspando radiografías para hacer los grafittis, recuperando a hurtadillas en la madrugada, los corazones robados por el Sí y pintando portones en las casas. Jorge, abrió una puerta hacia otra vida y le enseñó a su hija que dar volantes en un bus es un trabajo digno y que algunas veces, su tiempo con ella debía usarlo para aprender nuevas cosas porque estaba defendiendo su país y su hogar. Nelson se unió a eso que tantas veces había hecho su hermano: la militancia por una causa política. Miriam recuperó su juventud y su experiencia de luchas anteriores y no faltó a una marcha ni a sus capacitaciones para fiscalizar los votos. Ana, participó por primera vez en eso que llaman el proceso electoral. Los líderes de los sindicatos se aprendieron los números de teléfono de los políticos, los políticos aprendieron que compartir un almuerzo con los sindicalistas puede ser una vía. Los sacerdotes se convirtieron en la voz de los tiempos, en amigos.

Algunos dicen que fallamos en el día más crucial, que no había transporte, que debimos burlar la tregua que nos pedía el Tribunal Electoral. Yo me pregunto ¿cómo podíamos pelear contra un millón de colones que llevaba cada vehículo del sí “por si se necesita”? ¿cómo podemos pelear contra la promesa de un bono de vivienda a una familia que vive en un tugurio? ¿cómo podemos pedirle a una mujer que mantiene a sus cuatro hijos con su trabajo en la maquila, que no le crea a su jefe cuando le dice que sólo el TLC la salvará? ¿cómo podemos luchar cuando en una bananera le dicen a los trabajadores que un sólo voto por el No en las mesas causará el despido de todos sus compañeros?

¡Claro que fallamos, fallamos porque tuvimos ética y porque nuestro compromiso no era ganar a toda costa, burlándonos de las libertades! Me enorgullece haber fallado. Me enorgullece haber sido ingenua. Me enorgullece haber creído firmemente que la corrupción tenía un límite aunque la verdad después me desgarrara. Si hubiéramos sabido que ese domingo la mafia saldría en desbandada a comprar votos y a amenazar a la gente más indefensa, tal vez nos hubiéramos quedado en la casa. Nos habríamos perdido de mostrarle al país que el amor mueve el mundo (al menos a una mitad del mundo) y que el trabajo voluntario es el más valioso. Nos habríamos perdido de atesorar en la memoria, en el alma y en las manos sudorosas, la satisfacción de haber sido parte de esa fuerza, de ese enorme corazón que no por casualidad, fue el símbolo de nuestra lucha.

Ahora, estamos de cabanga. No hemos podido mirar de frente al compañero, no hemos podido desgranar la mazorca. No hemos sabido secar las lágrimas para mirar claramente que la traición nunca fue nuestra, que el amor sigue corriendo en las venas y que la fase de enamoramiento ha pasado, pero ahora sigue ese momento en el que volteamos la tierra y la preparamos para una nueva cosecha. Una semilla que no germina, hace más fértil la tierra donde crece la otra. Espero que pronto, sepamos decirnos al oído, que enamorarse tiene sus altos y sus bajos y que las pruebas se superan si uno cuenta con la mano del otro para seguir