“Gran circo es esta ciudad” * (y este país)
Yo suponía que México era un conjunto de muchos Méxicos. No imaginaba cuántos. Pensaba en Chiapas y pensaba en Oaxaca. Ahora creo que México es un país por cada estado, por lo menos.
Es difícil opinar. Algunas de estas ideas las compartí con mexicanos y ninguno me pegó por la cabeza, así que no deben estar tan descabelladas. México es un cuerpo demembrado, una víctima de personalidades múltiples, que sin embargo conforman una maravillosa y deliciosa unidad. Siendo Costa Rica como es, un país con una tradición cultural desvalorizada (estando afuera, yo sólo ubico dos corrientes fuertes: la influencia mesoamericana que sigue viva en Guanacaste y la cultura negra que sobrevive en el caribe), México sorprende por su diversidad y por la fuerza con la cual se mantienen las costumbres, las comidas, esas formas de ser y hablar de cada región. Conviven, de forma tensa, identidades europeizadas con componentes indígenas… manifestados muchas veces precisamente en la negación de lo indígena o en la pregunta culpable “¿por qué no siento nada por lo prehispánico? ¿es que acaso no tengo eso en mi sangre?”. Y ocurren cosas tan particulares como la mezcla del español con el maya, en expresiones que usan hasta las niñas más adineradas de Yucatán, gracias a que su crianza se la deben a mujeres indígenas que trabajan en las casas de sus familias. Otro ejemplo: caminando por Playa del Carmen, le tomo una foto a una pirámide de arena. A pesar de todo, aquí no se hacen castillos.
La ciudad de México, es quizás el mejor espejo de estas contradicciones. Ruinas prehispánicas conviven (¿compiten acaso?) con la torre de Sears y se convierten en esas cosas que los turistas vamos a ver con los ojos abiertos de sorpresa. Los mexicanos, difícilmente vuelven a ver las cabezas de serpiente que se exponen en la estación del metro. La pregunta culpable surge de nuevo, sin saber que tal vez, precisamente por llevar todo eso en la sangre, ya no maravilla y pasa desapercibido.
La tortilla llega a los 15 pesos, dice el periódico. Yo tengo que preguntar cuántas tortillas se compran con eso. La respuesta es: un kilo. Quedo en las mismas, no tengo ni la menor idea de cuántas tortillas hacen un kilo. No por casualidad sino por desarraigo, en Costa Rica se hacen campañas publicitarias para que comamos tortillas y dejemos un poco el pan. Lo que sí sé es que el incremento del precio es de un 50% y que el salario mínimo diario es de 47 pesos. También sé que mucha gente no gana ni eso, y que 47 pesos diarios no alcanzan para mucho.
Días después, los periódicos ya no hablan de 15 pesos, hablan de 12 ó 13. Eso no hace gran diferencia. “Mejor nos dieran un mentonazo de madres que un aumento de dos pesos”, me dice el lustrabotas en el Paseo de la Reforma. Su carrito tiene una calcomanía del PRD que dice “No al gasolinazo”, refiriéndose al aumento de la gasolina que cayó con el año.
La prensa también dice, que ha habido protestas de campesinos en la ciudad. El 2008 los acoge (o los patea) con la apertura total del agro al TLCAN. Yo ni me entero de las protestas, la vida sigue su curso y a nadie parece afectarle si se bloquean algunas calles. Cuando llego a Costa Rica, me cuentan de estas protestas, me dicen que salieron en CNN… yo estaba en México y no supe nada. Puede ser por motivos personales o tal vez se deba a que este monstruo enorme de siete cabezas que es el D.F. (hermoso como Tláloc) ni se inmuta si a una de sus cabezas le tiran piedras. Es lo difícil de estos muchos Méxicos, lo que de manera ilusa, me hace pensar en nuestro pequeño paisito y creer que tendría que ser fácil levantarnos todos y sacar de una vez por todas a los ladrones que están en el poder. Evidentemente, tenemos nuestras ventajas: ¿acaso no paralizamos a San José entero con sólo bloquear la rotonda de La Hispanidad? ¿Cómo lograr ese nivel de incidencia, de parálisis, de rompimiento del desinterés cotidiano en una ciudad de más de 14 millones de habitantes? En México, la única manera sería paralizar el metro, ese sistema circulatorio que lleva la sangre al corazón mismo.
Y entonces México, me sirve de espejo. Descubro la verdadera malignidad de compañías como Man Power. ¿Cómo fue que permitimos que una empresa se hiciera intermediaria de la fuerza de trabajo? Ni siquiera Marx, con su clarividencia, pudo suponer una situación tan alienante como tener que vender mi fuerza de trabajo para que la revendan en el mercado. Tenemos esa aberración en Costa Rica, y yo nunca había pensado en eso. Me miro en el espejo también de lo que aún no hemos perdido: nuestras estaciones de autobús tienen servicios sanitarios asquerosos e insalubres, pero gratuitos. En México, los mercados municipales, estaciones de autobús y muchos establecimientos cobran hasta 5 pesos por usar el baño. Yo no paro de compadecer a ese o esa, a quien prácticamente obligan a cometer un delito orinando en un parque, a falta de 5 pesos que comprarían al menos un par de tacos para comer. Los mexicanos no entienden mi molestia, “hay luchas más importantes que hacer”, me dicen. Lo entiendo pero a la vez, no puedo dejar de pensar en que es un derecho de los más básicos y que lo dejaron violentar sin percatarse. Ojo.
Tampoco hemos perdido -pero no queda mucho tiempo- la batalla contra Carlos Slim y su Telcel; ni contra Telefónica de España. No tenemos que pagar aún la usura de compañías que con el mayor descaro cobran tarifas absurdamente altas. Es por lo menos triste, saber que los costarricenses que votaron por el sí, abrieron la puerta a estos ladrones y que eso, nos costará muy caro a todos, votáramos como votáramos. Me sorprende también la diferencia de precios entre una zona y otra: un botellón de agua (porque de la cañería no se debe tomar) cuesta 20 pesos si se compra en el centro, 30 pesos si se compra en un barrio de clase media y unos 70 pesos si se compra en un barrio de la “alta suciedad”. 45 pesos me costó una dona comprada en uno de esos barrios escazuceños; la misma dona comprada en el centro me habría costado 7 pesos. Así es todo. Se pueden comprar tortas de 20 pesos y tortas de 80, la misma. Pero a pesar de todo, a pesar de que México es un país tan difícil, tan agresivo, tan carente de oportunidades, hay un tesoro que es invaluable y que los ticos -tal vez por comodidad- no tenemos. Hay en los mexicanos una creatividad inigualable para ganarse la vida. Evidentemente, mucha de esa creatividad requiere de una legalidad distinta: los anuncios que pasan por la radio, equiparan la piratería al narcotráfico… pero eso a mí “me vale madres”. En este país desigual como pocos, los vendedores de discos piratas llevan mochilas con parlantes para mostrar sus productos; en las esquinas, hay personas limpiando parabrisas (como aquí, pero allá de verdad quedan limpios) y hay mimos haciendo que limpian parabrisas (por si no se necesita un lavado). En la playa, a alguien se le ocurre tapar el sol poniendo cartones en los carros y pedir una propina. Dos estudiantes hacen muñecos de luchadores en papel. Un comediante se ríe de su cruda realidad en un parque. No se trata de idealizar la pobreza, ni de suavizar la tragedia, pero en esa forma de ganarse la vida, hay algo que no logro describir. Es eso que no tiene el mendigo que extiende su mano, a este sí se lo han quitado todo.
Aún habría mucho que decir. Me perderé de grandes días en la ciudad, con campesinos viajando en sus tractores hacia el Zócalo para encontrarse con las manifestaciones del “Sin maíz no hay país”. A poca distancia, Bob Dylan se presentará en el Auditorio Nacional y ni se enterará de lo que pasará en las calles.
En las paredes, se seguirán borrando los grafittis de apoyo a Atenco, a Oaxaca, a López Obrador. Las cifras de presos políticos crecerán, amedrentando a quienes quieran alzar sus voces. Y sin embargo, la semilla irá creciendo y la gente seguirá resistiendo. ¿Acaso hay algo más importante qué hacer?
*Maldita vecindad y los hijos del quinto patio. El Circo. 1991.


