De todas las cualidades que podría resaltarte, voy a enfatizar la de roquero mechudo revoltoso. Algunos dirán que es una falta de respeto, que el premio te lo dieron porque sos un gran periodista y porque fuiste muy valiente al publicar un documento que muchos habrían negociado a cambio de un puestecillo de confianza en algún ministerio (como aquel que se dice poeta y vende por la radio sus opiniones al por mayor). Es cierto, el premio te lo dieron por eso, pero a mí me da la gana enorgullecerme además por tu cabello largo, mechudo y despeinado.
Nos han metido la corbata y los tacones como estructuras. Cuando se es una persona seria, trabajadora y profesional, eso debe acompañarse de traje entero (en tu caso), medias de nylon y zapatos de tacón (en el mío), aunque sea contraproducente. No puedo demostrarlo pero es evidente: si hiciéramos un estudio serio, veríamos cómo, el calentamiento corporal tiene repercusiones en las ideas atrapadas y reprimidas. Ponete una corbata para que sintás la inmediata transformación en una persona elegante, de buen ver -como dicen-, que no se exalta, no se despeina (como nuestra latinamerican-aidol) pero sobre todo, no se atreve a nada. Me refiero a la corbata y los tacones mentales que no se ven en la ropa (aunque a veces coinciden en el afuera y el adentro).
Entonces, lo demás, todos te lo dirán. No voy a repetir los piropos que recibirás en estos días. Lo que quería decirte, es que este premio es sólo un premio y a la vez el mayor triunfo frente a los que creen que somos sus marionetas (que se esperen sentados). Es sólo un premio pero a la vez es un manifiesto: no se trata de decir “no importa cómo se vea, un buen profesional puede vestirse como quiera” sino al contrario “a un buen profesional nadie le dice cómo vestirse, cuál música escuchar ni cómo debe escribir”. De eso se trataba ¿no es así? Por eso hay que seguir, porque los cerdos seguirán repartiéndose el dinero y el poder. Seguirán escribiendo sus vergonzosas estrategias y burlándose de la gente que ingenuamente cree en ellos. Pero hay que seguir porque a veces sólo necesitamos de una Lorna y un Vini para revolcarles el chiquero. No importa que al final la memoria no alcance, porque para eso estamos los que nunca olvidamos quiénes son los que venden “la nación”.
Mensaje subliminal
Con sabor a despedida
Pronto voy a vivir la palabra “migrante” y será mía. No será lo mismo, claro está, no será igual ser migrante allá que ser migrante acá. Sobre todo, porque a vos, Natividad, lo que te pasaba era que además de migrante eras pobre (o sea, viniste a este país buscando subsistir).
Si comparamos, seguramente allá seré más pobre de lo que soy aquí. Sin embargo, no es posible comparar tu vida Ramón, trabajando bajo el sol y/o la lluvia todos los días (es que aquí a veces pasan las dos cosas al mismo tiempo) que la vida que llevaré como extranjera cómodamente discriminada. Porque discriminada seré, no vayás a creer que no. Me tacharán de extraña porque me gusta el pasito duranguense. Se me notará que soy de otro país cuando me detenga en las plazas a escuchar un vendedor de cds “piratas”, a un payaso diciendo albures o al siempre-igual organillero del Zócalo. Eso será lo rico Ramón, que cuando uno vive todo el tiempo en un mismo país, poco a poco los colores se destiñen, las canciones aburren y la gente se convierte en un fondo indiferenciado y monótono… pero allá, todo será nuevo.
Ojalá no se me pegue el acento, como a vos Ofe, que se te pegaron las echrres arraschradas de los ticos. Seguramente algo de mi forma de hablar se perderá en el camino. Si me toca elegir, lo que no quiero perder es el “vos”. No sólo porque con el “vos” fascino a Tirso cuando hablo (según él, así sonaba Borges), también porque el “tú” me sigue sonando a novela mal actuada. Tal vez me sentiría algo falsa haciendo dramas hablados en “tú”, tal vez me acostumbre y sea objeto de burla cuando venga de visita a Costa Rica.
Siempre quise irme a vivir a otro país, a otro lugar que no sintiera como mío. No sé muy bien cuánto tiempo durará la aventura. Ahí está la diferencia: para mí, irme se trata de una aventura, nadie me obliga, no me lo dicta el hambre de mis hijos como a esos millones de mujeres nicaragüenses, salvadoreñas, mexicanas; no me expulsa una guerra, ni siquiera me expulsa un pasado que quiero olvidar. Me empuja el desencanto, el hastío, un poco el aburrimiento de sentir que todo es viejo, conocido, gastado. También me mueven las ganas de crecer y me impulsa el viento leve de una inmortal ilusión.
No sé cuánto se tardará el hastío en alcanzarme. Me es difícil pensar que en un país como México, sea posible aburrirse o sentir que muchas cosas han dejado de ser intensamente interesantes. No puedo imaginar que los colores de la tierra, de la música, de la comida, de los acentos, de la política, del metro, de las plazas, de los mercados, del taquero de la esquina, de las librerías, de los nuevos amigos, del amor o de las danzas, lleguen a desteñirse un día, como se me han desteñido el blanco, el rojo y el azul de una bandera mancillada por la ambición. Por otro lado sé que sucederá y también sé que la bandera que me cubrirá por algún tiempo está quizás más mancillada que la “mía”, pero no importa, porque de eso se trata el viaje. Cuando descubra que siempre voy a querer regresar a caminar en mis calles, a escuchar el “¿diay mae?” de los amigos, habrá valido la pena. Y si me sorprendo eternamente seducida, sin ganas de regresar, habrá valido la pena también.
Si no me come la enorme ciudad, pronto podré contar cómo se sobrevive en el D.F.



