Anoche, me fui a escuchar a David Aguilar. Se presentaba con “El Huezo” y Yair Durán en una librería-café del D.F. (que ni vale la pena mencionar porque como cafetería es excelente librería).

“El huezo” y Yair son buenos… brillaron cada uno con una lucecita (la de la suma impunidad y la de la niñez) pero es que David tiene algo excepcional que no puedo explicar.

Lo que tiene David, además, no se escucha en sus grabaciones, entonces quien vaya a su myspace y oiga, probablemente no entenderá de qué hablo. Tal vez les haya pasado con Guillermo Anderson de Honduras, hay pocas cosas tan maravillosas como escuchar a ese hombre cantar en vivo y en sus discos su luz no aparece (aunque se asoma en Encarguitos del Caribe, un disco 100% recomendado).

Entonces, ¿cómo puedo explicar que escuchando una canción de David yo sintiera que había valido la pena el viaje? Pero no me malentiendan, no me refiero al viaje en metrobús de la casa a la Zona Rosa, no…. en el momento en el que sentí eso que describo, me refería al viaje a México por completo. Pensé, y así lo digo, que había viajado tanto y había estado aquí ocho meses, sólo porque la vida quería que yo escuchara esa canción.

Pero también sé, que anoche pude escuchar esa canción de esa manera, porque he estado ocho meses aquí, viendo las cosas que veo, leyendo mucho, trabajando lo que escribo, abriendo los oídos y los ojos… lo que quiere decir que si esa canción, David la hubiera cantado en el Jazz Café de San Pedro, en una noche de sábado… me habría entrado por un oído y salido por el otro.

En una canción de David, está la esencia de una historia. Hay que ser un maestro para escribirle a una mesera de Culiacán y que en esas letras, se abarque a todas las meseras de todos los restaurantes del mundo.

Si alguien quiere canciones, pídamelas. A David no le va a molestar.

No sé por qué nos da por sentir nostalgia de las personas. Como si fueran lugares donde alguna vez fuimos felices.

Si eso fuera así, si fueras un lugar, tendrías que ser un campo muy verde, con una pequeña parcela de tierra volteada para la siembra. Ya se le está contagiando el pasto que le habíamos quitado y así debe ser. La tierra sabe. Ella siempre sabe. Desde el principio de los tiempos sabía que venía un huracán que la inundaría toda, que lavaría todas las buenas voluntades y los sueños que apenas estaban en almácigos. También sabía que las lágrimas no son buena agua de riego y que con ellas, sólo podíamos sembrar cebollas que cada día, nos harían llorar.

Pero también sabe, que ahora ya pasó la tormenta y que diez manos siembran mejor que cuatro. Sabe, igual que yo, que las semillas que podía aportar ahora están en mi banco. Dicen que no es lo mismo un banco de semillas que un santuario, porque un banco sólo almacena y un santuario está creado para compartir. Ni modo, por ahora, lo que tengo es un banco. Después, ya veré.

Crece el pasto. Crece. Y yo, desde lejos, lo celebro.

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La foto es parte de la colección de semillas combativas. Ver más.

10f28g01Tengo un asunto con las casas. Tal vez porque crecí en una casa hermosa que con el tiempo, se fue descascarando (en lo real) y derrumbando (en lo simbólico). Ahora, esa casa (la edificación) es la oficina de una empresa que recibe apuestas desde los Estados Unidos. Qué putrefacción. La otra (la de adentro) es como un motor que me hace buscarla y buscarla, es el lugar seguro, el cable a tierra, el jardín o la huerta por cosechar.

Ese motor es bien tramposo. No tiene brújula alguna y me hace buscar “la casa” en los peores y mejores lugares (no importa, es igual). Y ahí está el detalle -como decía Cantinflas- no se debe buscar la casa afuera. La que tengo que construir es la casa de adentro, la única que será propia, de la única que no pueden sacarme, la única que puedo reforzar tanto, tanto, que no se caería ni con el más fuerte de los terremotos, no se quemaría ni con el más grande incendio y no se quedaría sin techo ni con el peor de los huracanes.

De las demás casas, me he ido por convencimiento propio, me han echado porque ya estorbaba. En otras casas, me han cerrado la puerta cuando me vieron llegar con las maletas (da igual si me habían invitado a llevarlas o no). Otras casas, las he construido sobre arenas movedizas y por mucho que le puse empeño a los cimientos, se cayeron igual.

El caso es que ya no es posible seguir desperdiciando materiales de construcción. La última casa se inundó y por mucho que tratamos de rescatar las cosas, sólo pudimos recoger el televisor, que ahora no sirve (sólo se pueden ver novelas baratas donde el hombre le grita a la mujer en plena calle, donde la pareja duerme en la misma cama pero es incapaz de darse un beso de buenas noches… dramas donde ella llora mientras la radio del autobús en el que viaja, canta la de “no te asombres si te digo lo que fuiste, un ingrato con mi pobre corazón”). Ni siquiera salvamos los libros (tampoco logramos escribirlos). El único que se salvó fue el gato, porque escapó y no piensa regresar.

¿Qué queda ahora? La tierra. Cuando las casas se caen, nos queda la tierra. Cuando se queman las casas, la tierra es más fértil de lo que era antes. Cuando se inundan las casas, el agua lo lava todo, limpia todo el polvo del pasado y nos obliga a acomodarlo todo en otro lugar. Eso queda y es suficiente para volver a comenzar, pero por dentro.

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