Muchas veces, la vida se nos presenta como un mapa inútil con el cual, de nada sirve saber si el norte es allá o acá. Tampoco sirve de nada conocer los nombres de las avenidas ni los números. Entonces, pensamos en regresarnos hacia lo conocido, lo controlado, ese lugar donde creemos encontrar hacia dónde vamos. Cuando hacemos eso, no nos perdemos de rumbo, pero sí nos perdemos de grandes cosas o de algunas lecciones importantes.
Por eso fue que insistimos -al menos yo- en que debíamos lograr encontrar dónde era la boda. Y lo logramos. Sin mucha fe y con un poco de enojo, pero llegamos.
“No sabíamos si era necesario decir algo” dijo él, “pero esta fiesta es para celebrar que estamos muy enamorados y que todos los días trabajamos para que eso siga siendo así”, dijo ella. “Este es un día como muchos otros, porque el amor lo vivimos todos los días”, dijo él. Más tarde, cuando los tragos nos habían despojado a todos de las inhibiciones, tuvo que admitir que no, que éste no era un día cualquiera.
Claro que no lo era. No todas las bodas son así, porque no todas son realmente la celebración del amor. Podría parecernos casi cruel, eso de andar organizando fiestas para decir al mundo algo así como “miren lo felices que somos”. Pero en bodas como la de ayer (donde no se necesitaron sacerdotes ni abogados), gente como yo y como otros amigos que ahí estaban, recuperamos la esperanza. No la esperanza de lograr construir una pareja así, porque eso no siempre es posible (como él y ella se comprenden, se tienen paciencia, se aceptan, se quieren, se apoyan y se acompañan); pero la esperanza de la vida, de que es posible bailar las canciones que ni nos gustan, de que no pasa nada si un abrazo se tarda mucho tiempo en llegar. De que el rencor, existe en un estado gaseoso que se disipa en el aire cuando abrimos el envase y nos ponemos una mano en el corazón.
Nunca pensé que diría eso, pero bendito sea el alcohol en las venas, cuando permite que dejemos ver lo mejor de nosotros, lo que podemos ser (hasta lo que no creíamos realizable jamás).
Lo otro sí lo había dicho. El amor es como una casa de alquiler. Si no lo vemos así, creemos que nos pertenece y dejamos de pintar las paredes, de cambiar los focos, de reparar los tejados para que no entren la lluvia ni el frío. El amor no se acaba si sus dos ocupantes, sostienen las paredes y riegan el jardín con cuidado. Y así es esa casa, la de él y ella. Así es esa casa y ayer, fuimos invitados especiales. Ojalá todos podamos construir una así para vivir y refugiarnos. Para cambiar el mundo afuera y el universo adentro.

Caricatura de Luis Ricardo



Victor EM on 2009.07.12
Recuerdo que un día vinieron Ana Belén y Victor Manuel, y Ana Belén respondía a la pregunta de como han hecho para seguir tantos años juntos de la siguiente manera: “pensando que todos los días se puede acabar y que cada día hay que ganarse el siguiente”
Lindo Post
Saludos
Alicia on 2009.07.13
uhuuuuu!!!! Pues que vivan los novios, salú!!! Por los objetos de mar y los toros!!! Y las casas a las que hay que darles mantenimiento de a dos!!!!
caro on 2009.07.13
Vic… lo de Ana Belén no lo creo… pero bueno, ¿será?
Ali: ¡que vivan! (lo de los toros no entendí, pero debe ser por los cuernos de Víctor Manuel ¿no?).
panda on 2009.07.15
Que bonito post…
Luis Ricardo on 2010.01.03
“¿Es escritora tu amiga?”