Cómo marcha la memoria
Este 30 de junio, por primera vez en 50 años, el ejército de Guatemala no desfiló orgullosamente por las calles. Fue un día de fiesta para los estudiantes, los HIJOS, las mujeres, para el movimiento social guatemalteco en general, porque el gobierno tuvo que suspender definitivamente un desfile militar que pisoteaba el dolor de tantas y tantas familias con heridas que aún sangran.
Los periódicos que pude leer, se dedicaron a hacer reportajes en apariencia críticos con el ejército, pero nada se dijo de la guerra, ni de los miles y miles de personas asesinadas, ni de los pueblos arrasados. Nada se habló de impunidad. Se hablaba en cambio de lo terrible que es que el ejército haga las veces de cuerpos policiales patrullando la ciudad, sin tener potestad para hacer arrestos. Más o menos el mensaje era el siguiente “estamos gastando mucho dinero en el ejército y como no tienen nada mejor que hacer, están patrullando nuestras calles pero de adorno”. “Al menos nos dan la sensación de seguridad” decían algunos… para terminar en algo que yo resumo como: “pues ¿por qué mejor no los dejamos que hagan arrestos y tareas policiales? ¡Si igual los necesitamos y les estamos pagando!” Ya veremos si me equivoco.
Cada día mientras leía el periódico erizaba la piel; cuando se está en un país ajeno y sobre todo tan complejo es muy difícil descifrar quién es quién. Leía y terminaba simplemente abrumada por lo de San Juan Sacatepéquez, por las compañeras del CUC secuestradas en Alta Verapaz, por el asesinato de la familia de una alcaldesa o por la muerte del Ministro y Viceministro de Gobernación y las terroríficas posibilidades de sustitutos al cargo.
El caso es que este 30 de junio era distinto, se ganó una gran lucha y había que celebrarlo como lo hizo Raúl, pidiendo un minuto de aplausos en lugar de un minuto de silencio, por todas las personas asesinadas, torturadas, masacradas por el ejército guatemalteco ayer y -por desgracia- hoy en día.
Como tica, acostumbrada a nuestras marchas sin militares y con la mirada inocente frente a la policía, tenía miedo de ir. Tenía miedo porque no tenía idea de lo que podría pasar. Usé todos los consejos de mis amigos salvadoreños (con experiencia en ser apaleados por su policía militarizada hasta los dientes) pero no fueron necesario porque la marcha fue pacífica, alegre, colorida y hermosa. Me soprendió ver poca gente en el desfile. Me sorprendió también la paz y la tranquilidad porque en años anteriores, he seguido de cerca las noticias de arrestos y enfrentamientos entre los estudiantes y el ejército o la policía guatemalteca.
Mientras caminaba rodeada de gente, me daban ganas de llorar (lloro con mucha facilidad, me cuesta tramitar el dolor ajeno de otras maneras) cuando escuchaba las consignas, cuando miraba las caras de las mantas, las fotos de las víctimas que colgaban con gasillas de todas las camisetas. Me daban ganas de llorar cuando recordaba aquel poema de Rubén, ese que habla de una calle por donde pasa una pareja de enamorados que es la misma por donde corrió sangre, sangre, sangre… aquel que hablaba de todas las cosas lindas y terribles que vio una calle de esa ciudad. En otros momentos estaba muy feliz de estar presente en ese día tan importante; en otros, me daba pena estar ahí porque no es lo mismo y porque nunca sabré qué significa ese dolor, qué significa ser HIJO de esa historia, porque de alguna manera estaba ahí pero a la vez estaba fuera, era una extraña.
Al día siguiente la portada del periódico me mostraba en primera fila. Sentí como si me dieran una cachetada. No me atreví a comprarlo, no era un souvenir. Sé muy bien que fui a la marcha por solidaridad, porque me duele Guatemala muy adentro en el alma, pero era apenas una invitada. Y no es que sea un honor salir en los periódicos, de hecho es un horror… pero de todas maneras, me sentí como una usurpadora.
Publicado en Liber-Acción
… en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día mas tumultuosos
A don amor no le pesan los años y yo no supe si le pesan los muertos. Tampoco supe si le pesan sus hijos e hijas que murieron luchando en las montañas o en los comandos urbanos. Sé que le pesa el quinto, el que no pudo más y un día de supuesta paz decidió conseguirla para él mismo con el fusil que antes mataba al enemigo. Ese le pesa.
Don amor cuenta uno a uno los detalles del principio, de cuando jesucristo bajó a la tierra y les ofreció su reino en esta vida. Cuenta de la ilusión de descubrir que hay un pecado estructural y cuenta muchos pueblos recibiendo las verdades. Cuenta los niños que leían la biblia y encontraba que hay un mundo que a ellos pertenece. Cuenta sonrisas, esperanzas de un mundo nuevo en construcción.
Pero la muerte perseguía y los demonios consumían la tierra. Los demonios no quisieron soltarle la soga al pueblo y los mataban, infundían el terror y torturaban y mutilaban y se burlaban, se enriquecían con los cadáveres y ellos sí, ellos sí comían chiquitos, ellos sí.
Así que no había otra opción -cuenta don amor- como no habrá otra opción si todo sigue como ahora. No había más opción que los fusiles, que la guerrilla liberadora.
No había, porque no hay nadie que deba ver cómo matan a su gente, a su muchacha valiente, a su Rutilio, a su Romero, a su vecino, a su mujer y a sus cipotes y pueda quedarse en el asombro. Nadie debía y nadie deberá. La lucha sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue…


