Upps

La delicia de colgar de golpe
dejando un tímpano sangrante
al otro lado de la línea

La magnitud del amor
almacenando un número
en la memoria propia

El grado de estupidez
evidenciado en la espera
sentada al lado del teléfono

Todo nos ha sido arrebatado

Contame una de vaqueros

Despertaste alrededor del mediodía
con algo de hambre y la decisión
de abandonar aquellas sábanas,
mi almohada y la pantalla del televisor

En las lagañas escondiste los planes
te acurrucaste en la misma almohada,
bajo las mismas sábanas,
a cambiar de canal noche tras noche
tras noche tras noche

Te lavaste la cara,
me diste besos de despedida
teñidos de buenos días, de buenas noches,
de qué rica estás o de te quieros

Tantos me diste y en tantas coordenadas
que hasta pensé que la vejez
nos cantaría por las tardes
en el vaivén de un par de mecedoras

Esperaste
hasta que fuera yo
quien descifrara la adivinanza
Otra pasa por tu casa
fuera de mi corazón

Ent

Cuando siento que es posible morir de amor, está claro que no hablo de esa muerte de tocarse el pecho, caer al piso, poner ojos en blanco o quedar inmóvil hasta que el cuerpo se enfríe. No.

Imaginen que se ha podrido la raíz de una muela. Imaginen ese dolor que jala desde el dedo gordo hasta la punta de la nariz. Es algo así. Porque no es como un dolor de oído, que es continuo, incesante, necio. Este dolor se olvida a ratos.

Por eso, morirme así es intermitente. Remordimientos que llegan como aromas, a cualquier hora del día, en cualquier parte, en ráfagas.

Morirme así, como se muere un árbol cuando un gusano o un hongo lo comen poquito a poco, dejando del tronco, tan solo un cascarón. Morirme a paso lento hasta que el cascarón se rompa y el mundo entonces me haga leña.

El combo sabio

Al mejor mono se le cae el zapote.

Por la boca muere el pez.

Que no te castigue la lengua.

Que la boca se te haga chicharrón.

Tomate una cucharada de tu propia medicina.

Todos los anteriores aplican.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” no.

Balbucear

Malentendidos.

Siempre lo mismo.

Malentenderse a una misma.

No saber qué se quiere o a quién. Hacia dónde se va o si se regresa.

Malentender las señales del otro. No saber si quiere, ni a quién ni cómo.

Enredarse toda con los propios fantasmas. Y que no sirva de nada preguntar porque ya se conocen todas las respuestas y las que nos den, se convertirán en mentiras porque no corresponden con las respuestas que ya se saben.

O sea, malentenderse.

Y que después de que haya pasado el tiempo, ya no se malentienda nada pero sea demasiado tarde. Y

no caerse. Tal vez solo aguevarse un poquito. Porque a esta edad, se piensa que ya se ha vivido todo y que se conocen todos los errores posibles.

Pero todo bien. No pasa nada. No pasa nada.

Nada pasa.

Nada.

Reporte del tiempo

Hoy pasé a saludar a la abue. Cuatro horas después, salí con siete secretos de más y dos de menos.

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La gente se casa. Se casa y tiene hijos. Se casa, tiene hijos y en cierto cuadrito del calendario le da por preguntarse qué hay detrás de esa puerta. La respuesta es muy simple: nada.

————–

Tal vez él se pregunte por qué agoté la única excusa que nos quedaba.Tal vez ni siquiera se ha enterado que ya no la tenemos.

Si me atreviera, le diría que una excusa no es suficiente para mí. Quiero que tenga razones y sobre todo ganas.

Pero no.

—————–

 

El chirrido de una puerta

El domingo pasado admití tener un “corazón de pollo”. Mi amigo Luis preguntó si eso significaba que tengo un corazón pequeño, arrugado… Lo remito entonces al más glorioso depósito de sabiduría disponible en la Internet: las preguntas Yahoo.

Esta mañana, en mi identidad envidiosa del rock, escribí ese episodio que mis amigxs ya se saben de memoria: cuando en segundo grado por defender a un compañero agredido por la maestra, por poco le quiebro la escoba a la niña Emilia. Ese. También he contado ya, que a los tres años me iba a ir de la casa aunque no sabía a dónde.

Junté ambas cosas: la incredulidad de Luis, con esos recuerdos defensivos. La inquietud que ando encima desde el domingo tuvo ya mayor sentido. ¿De qué me estoy defendiendo la mayor parte del tiempo? Ni idea. ¿Será necesario continuar defendiéndome del mundo? Creo que no.

Me explico (o lo intento).

La infancia de cada quien es del nivel de drama o de felicidad que la subjetividad permita. A su vez, ese nivel de drama o felicidad va conformando esa subjetividad. Es decir, no se puede distinguir qué viene primero, pero sí es posible ver dónde está la trampa.

Mi infancia, vista desde la de quien vivió la guerra, la pobreza o una tragedia, puede parecer un hermoso jardín. Sin embargo, no lo fue. Me ahorraré los detalles. El caso es que en ese hermoso jardín yo ¿tuve? que convertirme en una falsa coralillo y quienes no me conocen de cerca creen que soy una coral de verdad. Mimetismo batesiano. La psicología debería estudiar ese fenómeno en los seres humanos.

En ciertos planos de mi vida soy una guerrera. Lo que muchos ven es esa postura, el escudo, las armas y los ojos encendidos de furia. Pero son pocos los que saben, que cuando llego a casa guardo el escudo, me quito las botas con puntera metálica y me acaricio el corazón de pollo, que muchas veces está cansado de defenderse y de dormir con un ojo cerrado y  otro abierto.

La lucha está en no permitir que la coral verdadera se adueñe. Porque ¿qué somos si ante el espejo miramos una rosa con espinas pero los otros lo que ven es un cactus? (sigan el enlace al video).

Cactucín y los marshmallows

 

 

Demasiada suerte

Soy la que descongela el pollo
lo pone descuidadamente al fuego
y agrega agua y ajo picado
(comprado así por la pereza)

Quien que de pronto recuerda
aquel chile chipotle
que por milagro de Santa Refri
aún no cría hongos dentro del frasco

La que le agrega tomillo y sal
y cuando ve un limón mal puesto
raya su cáscara para agregar
la incertidumbre al plato

La que abandona la olla
y logra una delicia

Lo mismo me pasa en casi todo
por ejemplo en la búsqueda de una casa
que reconstruye aquel balcón
y aquella vista donde fuimos felices

En casi todo

Por eso, ustedes corran
Hagan el pollo con la receta de ahí arriba
No se gasten la suerte en la cocina
ni en otras cosas poco importantes

Tal vez a ustedes
les quede algo para el amor

Cobardía, prudencia o instinto de autoconservación

La vida no es un proyecto. Sería demasiado amplio, sin objetivos claros o demasiado ambiguos. Pero ¿será viable hacer gestión del riesgo?

Es decir, enamorarse es un riesgo. Sumarle una tragedia dolorosa es un riesgo. Encontrar un mae con quien una quisiera desayunar todos los días, leer el periódico, cortarse las venas de mentiritas al mirar las noticias. Un mae en serio, es decir, un mae hecho e izquierdo. Un mae que da miedo de tantas ganas. Algo así. Sumémosle al riesgo de enamorarse. Luego sumémosle al riesgo que significa enamorarse de ESE mae, en ESAS circunstancias y sabiendo desde antes, que habrá tragedia, pérdida, dolor. Calculemos la inminencia del riesgo y la certeza de que en ese caso, la tragedia será triple.

Está bastante claro ¿no es así?

Soy resistente pero no irrompible. Cuando me lanzan al piso no reboto. He ido ya algunas veces al taller y ya a mi edad, venció la garantía.

Y da miedo de tantas ganas. Pero es tarde y no nos tocó en esta. Y sigue dando miedo porque las ganas no se van cuando una calcula riesgos. Esas son cosas de idiotas, de esas que se estudian en la universidad y dan certificaciones del PMI.

Miauch

Algunos días, despertaba de pocas pulgas (aun si tenía muchas). Bastaba verlo a los ojos para saber que estaba amargo; que era mejor andarle de lejitos. Todos los animales se parecen a su dueño. O sea, que yo me parecía a él.

Cuando nos conocimos, se escondió debajo del fregadero. Era ¿1996? y vivíamos en Sabanilla. Sus reinos se extendían por los jardines de todos los vecinos y ahí vivió su época de gloria. Los vecinitos llegaban a buscarlo para jugar con él y preguntaban al tocar la puerta: “¿está Vocho?”. Teníamos ganas de responderles: “no, no está. ¿Algún recado?”.

Fue en ese barrio donde conoció “el amor” y los mordiscos de las gatas, que se le infectaban todo el tiempo por esos genes finos que resaltaban sobre su 99% callejero legítimo. Y aún era blanco, joven y delgado.

Vocho obtuvo su nombre en honor al Volkswagen de Marito: un chuzo de motor alterado, asientos de avión y bocinas de discomóvil. ¿Cómo saber que ese mismo vocho sería en el que moriría algunos años después nuestro amado Mariano? Imposible. Y Vocho se llamaba así por ese carro, porque ronroneaba como un vocho, porque sí.

Maullaba poco. En cambio, se aparecía a saludar apenas escuchaba el motor del carro acercarse. En unas cosas era más perro que gato, como cuando tocaba la puerta para salir o entrar a la casa. Pero era gato siempre con el ritual de alborotar las bolitas: esa manía gatuna de no comer añejo y la ingenuidad de escuchar el ruido engañoso del revolverlas y pensar que eran nuevas.

En la casa de la abuelita llegó a desarrollar la destreza de abrir la puerta de la sala. Fue en esa misma casa donde conoció que los gatos del barrio podían ser villanos que lo llevaban a conocer las vecindades para mostrar que eran los machos alfa, no precisamente para ser sus amigos. Por poco pierde un ojo pero una cirugía con el doctor Chacón se lo salvó.

Después le tocó convivir con Amok, un bóxer hermoso y con quien era mi novio en ese tiempo. A. lo adoraba. Tanto, que al separarnos se quedó con la custodia. Vocho lo acompañó todas esas noches de escritura de tesis hasta que las gatas de la nueva novia de A. (que no era nueva, pero esa historia no tiene nada que ver con el gato) le dijeron a G. “es él o nosotras ¿cómo ves?” y fueron ellas, obvio. Entonces regresó la custodia a la familia Flores Hine.

Para ese entonces ya lo habíamos llevado a castrar. No sirvió de mucho porque las costumbres de irse de fiesta madrugona no las perdió. Se convirtió así en un gato gordo, gordo y el pelo se le había ido poniendo gris por la vejez.

Pero mi hermano lo hacía ejercitarse. Se estiraba como una lagartija y se retorcía bajo el sol. No importaba su ánimo: todos los días se daba baños de sol y cuando llovía sin parar despertaba todos los días con los ojos de pocas pulgas.

Y no importa qué tanto lo recuerde. No importa lo que cuente ni lo que escriba. Nada puede explicar cómo es tener un gato por 16 años, bromear desde hace cinco sobre su muerte, molestarlo todos los días porque está viejo y sin embargo, no estar preparada para recibir esa noticia.

Han sido 16 años de contar con él, con su actitud cascarrabias, con su compañía. 16 años de gente. 16 años de historias. No hay animal más hermoso que un gato. No habrá un gato más hermoso que Vocho.

Gatillo. Ya te extrañamos.