La Luz de Alba

A don Pablo

Bajo este cielo
la lluvia hacía caer los helicópteros
las cruces de las iglesias
y le arrancaba las hojas a las biblias

Más allá de este camino
donde los lentos pasos de las vacas
nos maquillaron la cara con el polvo
ya no le cortan las ramas a los árboles
para que no se entristezcan, dicen

Bajo esa sombra
hoy nos sentamos a escuchar
solo a uno de los muchos Pablos
que cuentan en las tardes
los hijos que perdieron
las hijas que lloraron
las fotos que jamás se tomarán

Bajo este cielo
bajo este sombrero azul
la tierra
como la libertad
nunca se rinde

Upps

La delicia de colgar de golpe
dejando un tímpano sangrante
al otro lado de la línea

La magnitud del amor
almacenando un número
en la memoria propia

El grado de estupidez
evidenciado en la espera
sentada al lado del teléfono

Todo nos ha sido arrebatado

Contame una de vaqueros

Despertaste alrededor del mediodía
con algo de hambre y la decisión
de abandonar aquellas sábanas,
mi almohada y la pantalla del televisor

En las lagañas escondiste los planes
te acurrucaste en la misma almohada,
bajo las mismas sábanas,
a cambiar de canal noche tras noche
tras noche tras noche

Te lavaste la cara,
me diste besos de despedida
teñidos de buenos días, de buenas noches,
de qué rica estás o de te quieros

Tantos me diste y en tantas coordenadas
que hasta pensé que la vejez
nos cantaría por las tardes
en el vaivén de un par de mecedoras

Esperaste
hasta que fuera yo
quien descifrara la adivinanza
Otra pasa por tu casa
fuera de mi corazón

Ent

Cuando siento que es posible morir de amor, está claro que no hablo de esa muerte de tocarse el pecho, caer al piso, poner ojos en blanco o quedar inmóvil hasta que el cuerpo se enfríe. No.

Imaginen que se ha podrido la raíz de una muela. Imaginen ese dolor que jala desde el dedo gordo hasta la punta de la nariz. Es algo así. Porque no es como un dolor de oído, que es continuo, incesante, necio. Este dolor se olvida a ratos.

Por eso, morirme así es intermitente. Remordimientos que llegan como aromas, a cualquier hora del día, en cualquier parte, en ráfagas.

Morirme así, como se muere un árbol cuando un gusano o un hongo lo comen poquito a poco, dejando del tronco, tan solo un cascarón. Morirme a paso lento hasta que el cascarón se rompa y el mundo entonces me haga leña.

Reporte del tiempo

Hoy pasé a saludar a la abue. Cuatro horas después, salí con siete secretos de más y dos de menos.

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La gente se casa. Se casa y tiene hijos. Se casa, tiene hijos y en cierto cuadrito del calendario le da por preguntarse qué hay detrás de esa puerta. La respuesta es muy simple: nada.

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Tal vez él se pregunte por qué agoté la única excusa que nos quedaba.Tal vez ni siquiera se ha enterado que ya no la tenemos.

Si me atreviera, le diría que una excusa no es suficiente para mí. Quiero que tenga razones y sobre todo ganas.

Pero no.

—————–

 

Miauch

Algunos días, despertaba de pocas pulgas (aun si tenía muchas). Bastaba verlo a los ojos para saber que estaba amargo; que era mejor andarle de lejitos. Todos los animales se parecen a su dueño. O sea, que yo me parecía a él.

Cuando nos conocimos, se escondió debajo del fregadero. Era ¿1996? y vivíamos en Sabanilla. Sus reinos se extendían por los jardines de todos los vecinos y ahí vivió su época de gloria. Los vecinitos llegaban a buscarlo para jugar con él y preguntaban al tocar la puerta: “¿está Vocho?”. Teníamos ganas de responderles: “no, no está. ¿Algún recado?”.

Fue en ese barrio donde conoció “el amor” y los mordiscos de las gatas, que se le infectaban todo el tiempo por esos genes finos que resaltaban sobre su 99% callejero legítimo. Y aún era blanco, joven y delgado.

Vocho obtuvo su nombre en honor al Volkswagen de Marito: un chuzo de motor alterado, asientos de avión y bocinas de discomóvil. ¿Cómo saber que ese mismo vocho sería en el que moriría algunos años después nuestro amado Mariano? Imposible. Y Vocho se llamaba así por ese carro, porque ronroneaba como un vocho, porque sí.

Maullaba poco. En cambio, se aparecía a saludar apenas escuchaba el motor del carro acercarse. En unas cosas era más perro que gato, como cuando tocaba la puerta para salir o entrar a la casa. Pero era gato siempre con el ritual de alborotar las bolitas: esa manía gatuna de no comer añejo y la ingenuidad de escuchar el ruido engañoso del revolverlas y pensar que eran nuevas.

En la casa de la abuelita llegó a desarrollar la destreza de abrir la puerta de la sala. Fue en esa misma casa donde conoció que los gatos del barrio podían ser villanos que lo llevaban a conocer las vecindades para mostrar que eran los machos alfa, no precisamente para ser sus amigos. Por poco pierde un ojo pero una cirugía con el doctor Chacón se lo salvó.

Después le tocó convivir con Amok, un bóxer hermoso y con quien era mi novio en ese tiempo. A. lo adoraba. Tanto, que al separarnos se quedó con la custodia. Vocho lo acompañó todas esas noches de escritura de tesis hasta que las gatas de la nueva novia de A. (que no era nueva, pero esa historia no tiene nada que ver con el gato) le dijeron a G. “es él o nosotras ¿cómo ves?” y fueron ellas, obvio. Entonces regresó la custodia a la familia Flores Hine.

Para ese entonces ya lo habíamos llevado a castrar. No sirvió de mucho porque las costumbres de irse de fiesta madrugona no las perdió. Se convirtió así en un gato gordo, gordo y el pelo se le había ido poniendo gris por la vejez.

Pero mi hermano lo hacía ejercitarse. Se estiraba como una lagartija y se retorcía bajo el sol. No importaba su ánimo: todos los días se daba baños de sol y cuando llovía sin parar despertaba todos los días con los ojos de pocas pulgas.

Y no importa qué tanto lo recuerde. No importa lo que cuente ni lo que escriba. Nada puede explicar cómo es tener un gato por 16 años, bromear desde hace cinco sobre su muerte, molestarlo todos los días porque está viejo y sin embargo, no estar preparada para recibir esa noticia.

Han sido 16 años de contar con él, con su actitud cascarrabias, con su compañía. 16 años de gente. 16 años de historias. No hay animal más hermoso que un gato. No habrá un gato más hermoso que Vocho.

Gatillo. Ya te extrañamos.

La radio en mi cabeza

Los domingos los molletes siguen ahí, en esos instantes que duran en el plato ante los ojos de algún perro que se resigna a esconderse debajo de la mesa.

Los organilleros hacen turnos sin ausencia, sin silencios, siempre de vuelta en vuelta a la manija que hace la música del hartazgo para algunos, mágica para otros.

El violinista, a veces sí y a veces no. Lo mismo, la ventana de empanadas argentinas, a vendedora de globos que espera el taxi a las cinco de la tarde y cumple todos los días con el mismo ritual: darle al chofer los hilos,  pasarlos bajo el techo, atarlos a la puerta y cerrarla con cuidado.

Siguen ahí los helados del cubano y sus piropos disfrazados de marketing. El aullido del carro de  camotes, la grabación lavada del que vende tamales.

Todo sigue tal cual lo dejé. ¿Como la habitación de un muerto en mi memoria? o ¿como la promesa refrescante del anonimato? ¿de ser un alien acostumbrándose al sonido de la puerta del metro?

Mucha tela que cortar

Un acto psicomágico es una tarea que se realiza como metáfora en el mundo real y desata algún nudo alojado en el inconsciente. Alejandro Jodorowski es el maestro de la psicomagia y es uno de los locos que mejor me cae.

Hace unos meses, un amigo y yo hicimos un compromiso. Haríamos un acto psicomágico cada uno para resolver uno de esos nudos. El mío consiste en vestirme de traje y zapatos de tacón y caminar durante un rato por la avenida central de San José. Prometí cumplirlo si mi amigo me acompaña (en caso de tropiezos o pachucadas extremas, aunque esas son menos probables). ¿Qué resuelvo con eso? Miedos, prejuicios, sentirme yo también “taconuda inside” (indispensable entonces contonearme y creerme la más rica de la oficina, etcétera) y ver qué pasa. Si termino sintiéndome “yo misma” a pesar de esa experiencia, habré resuelto un problema que me aqueja de vez en cuando. No es mi conflicto más importante -ni siquiera es TAN importante- pero suena divertido el reto.

Y entonces fui a comprar la tela al Almacén La Ópera (¿dónde más? las mejores telas están ahí, en calle 4, avenidas 3 y 5 en San José centro, donde han estado desde 1938 cuando inmigrantes polacos abrieron la tienda). Nota: en este punto, empiezo a pensar que a Jodorowski ese detalle le sacaría una sonrisa.

La tienda estaba en tinieblas. Habían quitado la electricidad en San José todo el día. Eran casi las 5 y el vendedor se ayudaba con un foco para mostrarme las telas y yo sacaba la pieza completa para mirarla con el poquito de sol que aún iluminaba la acera. Después volvía a entrar y felicitaba al vendedor por su experiencia. Era la tela exacta que quería.

Podía haberme vencido ante ese obstáculo, pero no. Tampoco me rendí cuando me dijeron que por ese día no aceptaban tarjeta (igual que en 1938) y tuve que ir al cajero automático a regañadientes. Y no me eché para atrás cuando otra cliente de la tienda me dijo que debería ir donde su sastre, el chino de Limón.

¿De dónde podía yo sacar un sastre? Hice lo que cualquiera hubiera hecho: le pregunté a mi papá. – Vaya donde el maje de Vargas Araya que es buenísimo… el que tiene los maniquíes raros afuera. Nada más que tiene que decirle que el traje lo necesita para 15 días antes porque ese maje es muy lerdo… se pone a hacer ruedos en lugar de los trajes… yo ya le dije que él debería contratar a alguien que haga ruedos y él no desperdiciarse en eso pero no me hace caso ese guevón. Punto. Fin de diálogo. Seguimos.

Hice lo que una hija obediente hace. Fui a inicios de noviembre para pedirle un traje que necesitaba el 2 de diciembre y le dije que era para el 23. El 23 le dije que era para el lunes siguiente y el lunes siguiente me dio los pantalones pero no había señales del saco en ningún gancho. Le dije -como corresponde- que me llevaba el demonio con su impuntualidad. Y así seguimos semana tras semana hasta que en enero me probé el saco y me había adelgazado tanto que ya no me quedaba. (Cuando digo tanto no se emocionen, no es tanto). Y seguí semana tras semana visitando el sastre hasta que me aprendí los nombres de sus dos hijos y su niña. Hasta que vi a la niña entrar al kinder y al mayor entrar al colegio. Vi al sastre comprarse una pantalla plana de chorrocientas pulgadas. Lo vi cosiendo trajes para año nuevo, uniformes de escuela y hoy, sotanas para la semana santa.

He visto a ese hombre desperdiciar su talento haciendo ruedos y planchando mi saco (el que por fin me entregó esta tarde). Me he frustrado mirando cómo un verdadero artista como él, un señor sastre, termina siendo un de-sastre por falta de ¿de qué? ¿de estrés? ¿será que ese es el precio que hay que pagar para mirarlo ver un corte de tela, pasar la tiza y tomar las tijeras convirtiendo lo que era nada en una obra de arte tridimensional?

La verdad, no lo sé. Lo que sí sé, es que el acto psicomágico empezó desde aquella tarde de café en la que nos comprometimos a vernos hacia adentro y a sacar los miedos a secarse con el sol y desde entonces, no ha parado de suceder la psicomagia. Pasar del miedo a la impaciencia y de ahí a la derrota… para aprender a reconocer que el de-sastre tiene un talento que yo no tengo, y que de todas las impacientes y estresadas clientes, me toca a mí aprender a ajustarme a su tiempo y aguantarme las ganas de sacudirle su paz, si es que de veras quiero tener mi saco gris para caminar por la avenida central alguna tarde de las próximas semanas.

Y ya sé que mi amigo dirá que no debí hacerlo, que hay muchos sastres en el mundo. Tal vez hasta se atreva a decirme que ya no hará el acto que le toca. Pero no me importa. Para una cliente difícil como yo, la lección no está en rebelarse, sino en aceptar que algunas cosas no las puedo cambiar.

¿Quién inventó la tela?