Parásito









Si no te mueres pronto
Parásito que habitas mi alma-ltrecha
Tendré que dejar de alimentarte


Si no te mueres pronto
Hermoso bicho que habitas en mí
Tendré que ahorcarte con otros besos


Si no me dejas pronto
Vivir por fin desnuda de vos
Tendré que ir a buscarte
Raíz, semilla, dueño


Tendré que ir a matarte yo misma

Ramito de veranera









Dicen que San Antonio, San Pancracio o no sé cuál de todos los santos, tiene un cuaderno con los nombres de cada persona y su pareja. Por eso es que no importa cuánto tarde… lo que está para uno, llegará.


Así nos pasó a nosotros. Recuerdo que eran los años por allá, por los cincuentas. Yo, recién había vuelto de trabajar afuera y estaba viviendo en San José. Mi amiga me decía: “tenés que buscarte un novio” yo, siempre muy seria y muy calladita pensaba que al novio no hay que buscarlo, que cuando llega, llega. No me gustan esas muchachas que andan buscando novio, se ve muy feo eso.


Elena, tan fiesterilla (bueno, eran otras épocas) me convenció de llevarla al matrimonio de mi primo Ernesto, que se casaba en Santa Cruz. Nos fuimos en avioneta y nos tocaba pasar la noche en Liberia. “Vamos a ver qué hay en el pueblo” decía Elena, con ese entusiasmo de siempre (murió hace poco, por cierto, pero nunca dejó de ser alegre). Así que salimos a caminar un rato. Anduvimos por el parque, luciendo nuestros hermosos vestidos recién planchados y almidonados. El sol nos abrazaba, como sólo abrazan los soles guanacastecos, intensamente, como enlaza un sabanero. De pronto, nos encontramos a doña Tina, emocionada, porque su hijo acababa de llegar del extranjero… “Está soltero mi hijo, deberías conocerlo María del Mar”; “Tal vez más tarde paso por su casa doña Tina, me encantaría”. ¿Qué voy a estar yo yendo a su casa?- pensaba en mis adentros- ¿Qué se supone que haga, que llegue así no más? Me muero de vergüenza… Y Elena, siempre insistiendo con sus virtudes casamenteras, decía: “¿Ves? ¿Quién quita y ese sea el novio que te espera”.


Las calles estrechitas y blancas, reflejaban el incansable sol de media tarde… el viento refrescaba la cara y nos hacía sacudirnos el polvo de las pestañas. Los vestidos, se levantaban como fogones y las mejillas se nos chillaban si algún muchacho veía nuestras pantorrillas… Dios guarde en aquellos tiempos las minifaldas que se usan ahora. No, si las cosas sí que ha cambiado…


La cosa es que seguimos caminando y oímos música en el salón. A estas alturas, ya esperarán que Elena, sin decir agua va entró al bailongo y buscó dos sillas para nosotras. “Esperate Elena, ¿Qué van a pensar? ¿Cómo se te ocurre mujer que vamos a estar aquí sentadas solas?” “¿Quién dice que estaremos solas? Apenas nos saquen a bailar, ya parecerá que entramos acompañadas María… vos si que sos”.


Y entonces, entró “El Negro”. Desde que entró, haciendo oscuro el salón por un momento, dejando atrás la luz blanquísima que había afuera, yo sentí algo en el corazón. No sé qué pudo ser, pero saltaba como un chiquillo subido en un toro. Y cuál fue mi sorpresa, cuando ese negro lindo se me acercó y me pidió que bailáramos. “Es que yo no sé bailar” le dije yo, con la sonrisa nerviosa entre mis labios y con tristeza de esperar su respuesta. “Vamos a probar a ver cómo nos va ¿le parece?” fue lo que dijo, y empezamos el baile. Lástima que no recuerdo qué pieza era la que tocaba la marimba, pero por dicha era suave, porque si no, yo no podía bailar con él. Bailamos toda la tarde. Después su mano cogió la mía y él se la puso en el pecho… Y aquel chiquillo corazón brincaba todavía más, y así siguió hasta que el sol se sonrojó de vernos. Ese color nos indicaba a Elena y a mí, que había que irse para la casa, y entonces tuve que despedirme, con un estrechón de manos. No sabía si algún día nos volveríamos a ver, pero sabía que nunca olvidaría ese día, ni ese baile, ni a ese muchacho.


Las notas de un bolero me despertaron esa noche. “Ahí está tu negro, María del Mar, es para vos”… De nuevo el mundo se hizo paisaje de primavera y me asomé a la ventana discretamente. La serenata era para mí, como fue siempre para mí ese nombre que aquel santo tenía escrito en su libreta. Ah, bueno, sí, porque no sé si ya les conté, que el tan deseado novio que Elena quería para mí, además resultó ser el hijo de doña Tina…

Shot

Vos nunca entendiste
que el amor es un camino de piedra
y no una autopista de videojuegos