Temporada baja

el teléfono, mudo
la puerta, sorda
el timbre, duerme


hasta el buzón
está tan seco
que ella finge
olvidar sus contraseñas
para que alguien
(una máquina,
lo que sea)
le envíe
un par de palabras

Así

De pequeña, me aprendí de memoria el calendario. Papá llegaba pocas veces al año y yo sentía cuando iba a aparecer. Lo sentía porque él, desde lejos me avisaba que llegaría de visita en pocos días.

Mamá también lo sentía pero no me decía ni una palabra. Alguna vez le pregunté por qué me escondía las noticias de la llegada de papá. Me respondió que no quería ilusionarme por si después sus presentimientos no se hacían realidad. Yo siempre supe que eso era mentira. Mamá no decía nada porque sabía -como yo me sabía el calendario- que un día cualquiera, papá podía dejar de escribir, tal vez dejaría de llegar a casa y que esa comunicación que podríamos llamar “cósmica” sería lo único que los mantendría juntos. No decía nada, por si era esa la vez, en la que en lugar de avisar que llegaría a casa, papá avisaba que había muerto.

Pero siempre apareció. Cada visita se acompañaba de la barba descuidada, un poco más de arrugas y sus ojos cansados pero llenos de luz. Para esos días, mamá cortaba flores del jardín, se ponía su falda más hermosa y compraba navajillas nuevas. Después de los besos más largos que yo haya visto jamás, le decía a papá “cortátela mi guapo… ya sabés que desconfío de los hombres con barba”.

A veces, se quedaba unos meses. Otras, sólo unos días. Ninguno lloraba, ni siquiera yo. Habíamos aprendido que hay que saber disfrutar las cosas cuando se tienen, en lugar de pensar en cuando ya no estarán. Y así lo hacíamos incluso después de ver a papá preparando su mochila y de acompañarlo a comprar zapatos nuevos para irse otra vez.

Un día papá regresó y ya no se fue más. Ahora las flores ya no alcanzan para adornar la casa todos los días, pero lo besos largos no se acabaron jamás. Después de un tiempo, yo misma me fui a vivir mis propias historias y me alejé por largo tiempo de la casa de mamá. Ahora soy yo la que les cuenta, desde lejos, que sigo bien y que todos los días, le hago honor a mi nombre.

Ejercicio I (con narrador)

Salió de la estación. El único que la esperaba era el doctor Simi. Bailaba merengue con un sabor propio de cuerpos más atléticos, jóvenes y tropicales. -Ese doctor Simi debe ser dominicano-, pensó, mientras lo saludaba de lejos con su mano.

Caminó por el eje central, buscando una de la muchas cosas que le fascinan de esta ciudad. No encontró nada. No había conocido nunca una zona tan aburrida. Era como una foto en grises en la que solamente resaltaba un restaurante chino estilo cantonés. Por la ventana se miraban las galletas de la suerte y las pizarras de felpa donde la señora china coloca los precios del menú. Tuvo miedo de entrar. El restaurante parecía un viaje al pasado. Por un momento creyó que si entraba, no podría salir. Anotó en su memoria la dirección del restaurante, para usarla el día que se antoje de un chop suey.

Cruzó la calle buscando algún lugar para comer. Uno que no implicara peligro alguno. Antes de entrar a una cafetería, su teléfono timbró y escuchó a Demian diciendo “¿dónde estás? ya llegué”. -Esperame en la esquina, donde está bailando el doctor-, le dijo, mientras caminaba de regreso a la salida del metro.

Ella lo vio primero. El sol se reflejaba en su pelo y hacía que varias chispitas le iluminaran la silueta. Estaba de cuclillas, leyendo. Se veía hermoso, tanto, que ella no puedo evitar disfrutar, que una parte de esa hermosura de alguna manera le pertenecía. Después se sintió culpable por sus pensamientos marcados por el mercantilismo.

Demian levantó su mirada y sonrió. Se dieron un abrazo y postergaron el beso. Él, quién sabe por qué. Ella, porque apenas unos minutos antes, una frase la había dejado en suspenso: “necesito un favor tuyo, pero cuando nos veamos te digo”. Al escucharla, se apareció un fantasma del pasado y le dijo una teoría: “seguramente alguna de las chicas del café al que van, tiene algo con él y te va a pedir que por favor no lo besés mientras estén ahí”.

– ¿Cuál favor necesitás?-, le dijo inmediatamente, apenas terminando de abrazarse.
– Creo que perdí mi teléfono y necesito que me llames.
– ¿Y cómo me llamaste ahora?
– De un teléfono público, no encuentro el mío, creo que lo perdí.

La tristeza de su voz es difícil de explicar. Después de todo es un teléfono. Pero no es cualquier teléfono. Ella también se llenó de tristeza, pero trató de esconderla. Le dijo que era probable que estuviera en su casa, que lo hubiera dejado olvidado, que no se preocupara. Mientras tanto, trataba de no reírse de manera visible y se recriminaba la teoría que había creído acerca del favor. Estaba rota, lo sabía bien. Lo que no sabía, era que el fantasma que le había hablado al oído, los acompañaría hasta el día siguiente, cuando sus cuatro ojos llorosos se despidieran, sin saber si alguna vez volverían a encontrarse.