0

Tengo serios problemas
de incoherencia
porque no quiero usarte
para lo que yo quiera
ni mejorarte
(y mucho menos, compartirte)

De todas esas
yo sólo quiero
la libertad de mirarte
todas las noches a los ojos
para estudiarte
y aprenderte de memoria

l10n

Le dije “ya vámonos a dormir”
y me puso la sonrisa de siempre
los dos puntos y un paréntesis

Ambos nos fuimos
cada uno a su cama
cada cama en su casa
cada casa en su colonia
cada colonia en su ciudad
cada ciudad en su país

Las páginas en blanco al final de tu libro

¿Sabés? Mi tío era pianista. Su talento no se medía en partituras, ni en titulares, ni en monedas. Su talento se medía en dolor, en sufrimiento, en todas esas tantas tormentas que lo inundaban por meses, por años, por minutos mientras tocaba el piano y le atacaba un jazz en medio de un bolero.
¿Sabés? Estoy sola en mi cuarto en México. Estoy llorando sola, mientras todos, todos los que te quieren (menos yo) están en La Chicha tomando guaro ligado con agua de sal (aunque no lloren). Y tengo rabia. Tengo rabia porque otra vez pensé, que la gente está aquí para toda la vida. Porque aquella tarde que entraste al café no me atreví a hablarte. Porque jamás me atreví a hablarte hasta que vos llegaste aquella noche a decirme que te gustaban mis poemas. Y lo digo orgullosa, como quien se dice un trofeo frente al espejo, como queriendo que todos lean, que mi poeta favorito leía mis poemas y le gustaban. Como si sirviera de algo contar eso. Como si pudiera ver tu sonrisa ahora mismo, queriendo decirme que entonces qué, y qué con eso.
Y lloro más. El peor dolor es el que nos toma por sorpresa. Porque incluso ayer, cuando Ricardo me dijo que estabas mal, no pensé que pasara a más. Y tampoco te recordé en todo el día. Y ahora que lo sé, me ataca este puto dolor. Me ataca por la espalda, porque estaba desprevenida, porque no sabía, jueputa sal… yo no sabía que te quería tanto.
Y lo peor, es que hay un Julio, amigo tuyo, que vive en esta putrefactuosamente hermosa ciudad y ese Julio que nunca conocí -porque jamás te escribí el correo que te debía- tiene un abrazo que es para mí.
Y te juro, que lo de putrefactuoso no lo robé de tu putrefactible. Estoy leyendo tu libro. Me lo traje. Recuerdo que te dije y te sonrojaste.

Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie
a David Maradiaga
por Felipe Granados (“Soundtrack”)

Me piden poemas suaves con caricia a la amante y besos por doquier. Me piden canciones que resulten ser apologías del Bien y otras miserias. Me piden que sea pulcro y no diga a la mierda. Me piden muchas cosas. Me piden el olvido como forma de reconciliarme con el mundo. Me piden que no aburra con mi queja perenne la gran fiesta de todos. Que no piense en los días malos del Hombre. Que olvide a aquel muchacho que fué muerto en un parque. Que deje para después mi grito de poeta malcriado y nauseabundo. Me piden que dimita de mi reino del odio y que no escriba desde el borracho insigne que me puebla. Me piden muchas cosas. Ninguna con sentido.

Ahora que he escuchado todo lo que me piden, me voy a dar vuelta sin pronunciar palabra para dejarlos pensando en aquel poeta sordo que nunca se callaba.

Miss-understanding

Callar
cerrar la boca
y cortarse los dedos
si de por sí las palabras
no sirven para nada.
Si nuestra especie
ya fracasó miserablemente
en la paz, en el amor,
en entendernos


Si de todas maneras
yo no comprendo
cómo es posible
que haya un idioma
en el que la tierra no sea mujer
y el sol no sea un macho
que lo domina todo
hasta que cae rendido
a los pies de la noche
(que es mujer)

Bostezo

La luna
se acuesta a mis pies
mientras trabajo

suspira, se acurruca
y se muerde la cola,
aunque le duela

yo soy como la luna
cuando me aburro
me muerdo la memoria
y me duele

El valiente Alan y la tenebrosa caverna del Títiguay

En el país libre del CEROnoser hay un lugar donde ni los hombres y mujeres más valientes se atreven a entrar. Y no es que tengan miedo, que nunca tienen miedo los guardianas del país libre, pero saben que un paso mal dado entre las cavernas oscuras del centro de la tierra, podría desencadenar muchos problemas, dolores de cabeza y discusiones furiosas.

Pero las cosas no funcionan muy bien en el país libre del CEROnoser, y los guardianas saben, que algún día tendrán que entrar a las cavernas llenas de telarañas, a cambiar las cartas viejas que allí se guardan. Porque las cartas nos sirven para eso, para guardar palabras con las que hacemos poesías, cuentos, canciones, leyes… y también instrucciones. Y las palabras que están en las cavernas antes servían para decir lo que queríamos decir, pero ya no.

¡Hay que limpiar las cavernas! dicen de vez en cuando los guardianas. Entonces se hace un silencio denso y todas piensan: “sí, pero quién se atreve”. El caso es que si los guardianas no cambian pronto unas cartas por otras, tendrán que seguir diciendo cosas extrañas, dando rodeos a las frases y complicándose la vida. Y la vida no es para complicárnosla (o al menos, eso es lo que piensa Alan).

Un día, Alan decide entrar a las cavernas. Tiene que elegir una, porque hay muchas que necesitan limpieza. “Estás loco”, le dicen unos. “No vas a poder”, le dicen otros. Hasta que una voz le dice “si alguien puede, ése sos vos”.

Entonces Alan se decide por la caverna de la Títiguay. Entra en silencio, con mucho cuidado. Sabe muy bien lo que hace y hasta se ha amarrado su larga barba (no vaya a ser que bote algo con ella por descuido). Él sabe que la clave está en caminar entre los muebles, sacar lentamente las cartas viejas y sustituirlas por unas nuevas, que contengan palabras frescas. Ya se sabe. Si las palabras se añejan demasiado, al tiempo ya nadie las entiende. Por eso hay que renovarlas, desempolvarlas y escribir nuevas palabras.

Al quinto día de trabajo, Alan tiene que mover una carta… que mueve otra carta, que mueve otra carta, que mueve otra carta, que mueve la carta donde estaba escrita la palabra que lo sostiene todo (no tooodo, sólo todo lo que hay en la caverna del Títiguay, pero no es poca cosa esta caverna). Entonces, le toca poner de nuevo la carta que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta para que otra vez la palabra que lo sostiene todo tenga dónde sentarse.

Y se desencadenan muchos problemas, dolores de cabeza y discusiones furiosas. A Alan lo regañan los otros guardianas, entonces él les dice “si es tan sencillo, vayan a limpiar ustedes” y termina por correr la piedra que cerraba la entrada y quedarse mirando desde afuera de la tenebrosa caverna del Títiguay.

Pero él sabe, que un día volverá y que ya no botará ninguna carta (o lo dejarán botar algunas si le estorban).

Y acabará la maldición

Ahora mismo
de tu boca están saliendo las piedras
como petardos que quiebran los espejos
traspasan las paredes
las teclas, la pantalla
y llegan hasta mí

a mi cuerpo de luna
de camiseta vieja
o calcetín roído
de demasiado
de ya no más
de por qué a mí

y no me escondo
ni me cobijo
ni las evado

mañana mismo
las llevaré en los pasos
clavándose en mis pies
para nunca olvidarte

porque sólo así
lograré reconocer
que disfrazado
de alguien nuevo
estarás vos
aguardando
repitiéndome

entonces
me sacaré las piedras
de los zapatos
te golpearé con ellas
y correré muy lejos,
finalmente