Mucha tela que cortar

Un acto psicomágico es una tarea que se realiza como metáfora en el mundo real y desata algún nudo alojado en el inconsciente. Alejandro Jodorowski es el maestro de la psicomagia y es uno de los locos que mejor me cae.

Hace unos meses, un amigo y yo hicimos un compromiso. Haríamos un acto psicomágico cada uno para resolver uno de esos nudos. El mío consiste en vestirme de traje y zapatos de tacón y caminar durante un rato por la avenida central de San José. Prometí cumplirlo si mi amigo me acompaña (en caso de tropiezos o pachucadas extremas, aunque esas son menos probables). ¿Qué resuelvo con eso? Miedos, prejuicios, sentirme yo también “taconuda inside” (indispensable entonces contonearme y creerme la más rica de la oficina, etcétera) y ver qué pasa. Si termino sintiéndome “yo misma” a pesar de esa experiencia, habré resuelto un problema que me aqueja de vez en cuando. No es mi conflicto más importante -ni siquiera es TAN importante- pero suena divertido el reto.

Y entonces fui a comprar la tela al Almacén La Ópera (¿dónde más? las mejores telas están ahí, en calle 4, avenidas 3 y 5 en San José centro, donde han estado desde 1938 cuando inmigrantes polacos abrieron la tienda). Nota: en este punto, empiezo a pensar que a Jodorowski ese detalle le sacaría una sonrisa.

La tienda estaba en tinieblas. Habían quitado la electricidad en San José todo el día. Eran casi las 5 y el vendedor se ayudaba con un foco para mostrarme las telas y yo sacaba la pieza completa para mirarla con el poquito de sol que aún iluminaba la acera. Después volvía a entrar y felicitaba al vendedor por su experiencia. Era la tela exacta que quería.

Podía haberme vencido ante ese obstáculo, pero no. Tampoco me rendí cuando me dijeron que por ese día no aceptaban tarjeta (igual que en 1938) y tuve que ir al cajero automático a regañadientes. Y no me eché para atrás cuando otra cliente de la tienda me dijo que debería ir donde su sastre, el chino de Limón.

¿De dónde podía yo sacar un sastre? Hice lo que cualquiera hubiera hecho: le pregunté a mi papá. – Vaya donde el maje de Vargas Araya que es buenísimo… el que tiene los maniquíes raros afuera. Nada más que tiene que decirle que el traje lo necesita para 15 días antes porque ese maje es muy lerdo… se pone a hacer ruedos en lugar de los trajes… yo ya le dije que él debería contratar a alguien que haga ruedos y él no desperdiciarse en eso pero no me hace caso ese guevón. Punto. Fin de diálogo. Seguimos.

Hice lo que una hija obediente hace. Fui a inicios de noviembre para pedirle un traje que necesitaba el 2 de diciembre y le dije que era para el 23. El 23 le dije que era para el lunes siguiente y el lunes siguiente me dio los pantalones pero no había señales del saco en ningún gancho. Le dije -como corresponde- que me llevaba el demonio con su impuntualidad. Y así seguimos semana tras semana hasta que en enero me probé el saco y me había adelgazado tanto que ya no me quedaba. (Cuando digo tanto no se emocionen, no es tanto). Y seguí semana tras semana visitando el sastre hasta que me aprendí los nombres de sus dos hijos y su niña. Hasta que vi a la niña entrar al kinder y al mayor entrar al colegio. Vi al sastre comprarse una pantalla plana de chorrocientas pulgadas. Lo vi cosiendo trajes para año nuevo, uniformes de escuela y hoy, sotanas para la semana santa.

He visto a ese hombre desperdiciar su talento haciendo ruedos y planchando mi saco (el que por fin me entregó esta tarde). Me he frustrado mirando cómo un verdadero artista como él, un señor sastre, termina siendo un de-sastre por falta de ¿de qué? ¿de estrés? ¿será que ese es el precio que hay que pagar para mirarlo ver un corte de tela, pasar la tiza y tomar las tijeras convirtiendo lo que era nada en una obra de arte tridimensional?

La verdad, no lo sé. Lo que sí sé, es que el acto psicomágico empezó desde aquella tarde de café en la que nos comprometimos a vernos hacia adentro y a sacar los miedos a secarse con el sol y desde entonces, no ha parado de suceder la psicomagia. Pasar del miedo a la impaciencia y de ahí a la derrota… para aprender a reconocer que el de-sastre tiene un talento que yo no tengo, y que de todas las impacientes y estresadas clientes, me toca a mí aprender a ajustarme a su tiempo y aguantarme las ganas de sacudirle su paz, si es que de veras quiero tener mi saco gris para caminar por la avenida central alguna tarde de las próximas semanas.

Y ya sé que mi amigo dirá que no debí hacerlo, que hay muchos sastres en el mundo. Tal vez hasta se atreva a decirme que ya no hará el acto que le toca. Pero no me importa. Para una cliente difícil como yo, la lección no está en rebelarse, sino en aceptar que algunas cosas no las puedo cambiar.

¿Quién inventó la tela?