La radio en mi cabeza

Los domingos los molletes siguen ahí, en esos instantes que duran en el plato ante los ojos de algún perro que se resigna a esconderse debajo de la mesa.

Los organilleros hacen turnos sin ausencia, sin silencios, siempre de vuelta en vuelta a la manija que hace la música del hartazgo para algunos, mágica para otros.

El violinista, a veces sí y a veces no. Lo mismo, la ventana de empanadas argentinas, a vendedora de globos que espera el taxi a las cinco de la tarde y cumple todos los días con el mismo ritual: darle al chofer los hilos,  pasarlos bajo el techo, atarlos a la puerta y cerrarla con cuidado.

Siguen ahí los helados del cubano y sus piropos disfrazados de marketing. El aullido del carro de  camotes, la grabación lavada del que vende tamales.

Todo sigue tal cual lo dejé. ¿Como la habitación de un muerto en mi memoria? o ¿como la promesa refrescante del anonimato? ¿de ser un alien acostumbrándose al sonido de la puerta del metro?