Miauch

Algunos días, despertaba de pocas pulgas (aun si tenía muchas). Bastaba verlo a los ojos para saber que estaba amargo; que era mejor andarle de lejitos. Todos los animales se parecen a su dueño. O sea, que yo me parecía a él.

Cuando nos conocimos, se escondió debajo del fregadero. Era ¿1996? y vivíamos en Sabanilla. Sus reinos se extendían por los jardines de todos los vecinos y ahí vivió su época de gloria. Los vecinitos llegaban a buscarlo para jugar con él y preguntaban al tocar la puerta: “¿está Vocho?”. Teníamos ganas de responderles: “no, no está. ¿Algún recado?”.

Fue en ese barrio donde conoció “el amor” y los mordiscos de las gatas, que se le infectaban todo el tiempo por esos genes finos que resaltaban sobre su 99% callejero legítimo. Y aún era blanco, joven y delgado.

Vocho obtuvo su nombre en honor al Volkswagen de Marito: un chuzo de motor alterado, asientos de avión y bocinas de discomóvil. ¿Cómo saber que ese mismo vocho sería en el que moriría algunos años después nuestro amado Mariano? Imposible. Y Vocho se llamaba así por ese carro, porque ronroneaba como un vocho, porque sí.

Maullaba poco. En cambio, se aparecía a saludar apenas escuchaba el motor del carro acercarse. En unas cosas era más perro que gato, como cuando tocaba la puerta para salir o entrar a la casa. Pero era gato siempre con el ritual de alborotar las bolitas: esa manía gatuna de no comer añejo y la ingenuidad de escuchar el ruido engañoso del revolverlas y pensar que eran nuevas.

En la casa de la abuelita llegó a desarrollar la destreza de abrir la puerta de la sala. Fue en esa misma casa donde conoció que los gatos del barrio podían ser villanos que lo llevaban a conocer las vecindades para mostrar que eran los machos alfa, no precisamente para ser sus amigos. Por poco pierde un ojo pero una cirugía con el doctor Chacón se lo salvó.

Después le tocó convivir con Amok, un bóxer hermoso y con quien era mi novio en ese tiempo. A. lo adoraba. Tanto, que al separarnos se quedó con la custodia. Vocho lo acompañó todas esas noches de escritura de tesis hasta que las gatas de la nueva novia de A. (que no era nueva, pero esa historia no tiene nada que ver con el gato) le dijeron a G. “es él o nosotras ¿cómo ves?” y fueron ellas, obvio. Entonces regresó la custodia a la familia Flores Hine.

Para ese entonces ya lo habíamos llevado a castrar. No sirvió de mucho porque las costumbres de irse de fiesta madrugona no las perdió. Se convirtió así en un gato gordo, gordo y el pelo se le había ido poniendo gris por la vejez.

Pero mi hermano lo hacía ejercitarse. Se estiraba como una lagartija y se retorcía bajo el sol. No importaba su ánimo: todos los días se daba baños de sol y cuando llovía sin parar despertaba todos los días con los ojos de pocas pulgas.

Y no importa qué tanto lo recuerde. No importa lo que cuente ni lo que escriba. Nada puede explicar cómo es tener un gato por 16 años, bromear desde hace cinco sobre su muerte, molestarlo todos los días porque está viejo y sin embargo, no estar preparada para recibir esa noticia.

Han sido 16 años de contar con él, con su actitud cascarrabias, con su compañía. 16 años de gente. 16 años de historias. No hay animal más hermoso que un gato. No habrá un gato más hermoso que Vocho.

Gatillo. Ya te extrañamos.