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Cuando siento que es posible morir de amor, está claro que no hablo de esa muerte de tocarse el pecho, caer al piso, poner ojos en blanco o quedar inmóvil hasta que el cuerpo se enfríe. No.

Imaginen que se ha podrido la raíz de una muela. Imaginen ese dolor que jala desde el dedo gordo hasta la punta de la nariz. Es algo así. Porque no es como un dolor de oído, que es continuo, incesante, necio. Este dolor se olvida a ratos.

Por eso, morirme así es intermitente. Remordimientos que llegan como aromas, a cualquier hora del día, en cualquier parte, en ráfagas.

Morirme así, como se muere un árbol cuando un gusano o un hongo lo comen poquito a poco, dejando del tronco, tan solo un cascarón. Morirme a paso lento hasta que el cascarón se rompa y el mundo entonces me haga leña.