Contame una de vaqueros

Despertaste alrededor del mediodía
con algo de hambre y la decisión
de abandonar aquellas sábanas,
mi almohada y la pantalla del televisor

En las lagañas escondiste los planes
te acurrucaste en la misma almohada,
bajo las mismas sábanas,
a cambiar de canal noche tras noche
tras noche tras noche

Te lavaste la cara,
me diste besos de despedida
teñidos de buenos días, de buenas noches,
de qué rica estás o de te quieros

Tantos me diste y en tantas coordenadas
que hasta pensé que la vejez
nos cantaría por las tardes
en el vaivén de un par de mecedoras

Esperaste
hasta que fuera yo
quien descifrara la adivinanza
Otra pasa por tu casa
fuera de mi corazón

La otra (vida)

De vez en cuando
les da por hacer divisiones
por preguntarse qué hacer con el residuo

Después viene la culpa
porque residuo es una fea palabra
para decirle a alguien
que alguna vez se amó,
que aún se ama,
cuatro veces al mes
a ciertas horas del día
o apenas en la memoria

Ojos vendados

La última vez que te vi
estabas como siempre
detrás de tu escritorio

camisa blanca a rayas
una sonrisa
y ella atada a tu cuello

fue cuando te miré por fin
a vos, con mi reflejo

en el espejo
quitaba tu corbata
(que me da miedo)
y huíamos en un Mustang
sin saber hacia dónde,
sin que importara

del otro lado
no supe qué decir

Cenicienta

un zapato en la acera
mañana gris y poco tiempo
apenas para el nudo de la corbata

zapato en el hocico de un perro
tarde de lluvia y de neblina
en el camino, un hueso

zapato que alguien bota a la basura
noche de espanto maloliente
kilos de podredumbre

el vestido está roto
y no hay remiendo ni doncellas
sólo un zapato impar

y el pie derecho que espera
y espera
y espera
y espera
y espera
y espera

Las páginas en blanco al final de tu libro

¿Sabés? Mi tío era pianista. Su talento no se medía en partituras, ni en titulares, ni en monedas. Su talento se medía en dolor, en sufrimiento, en todas esas tantas tormentas que lo inundaban por meses, por años, por minutos mientras tocaba el piano y le atacaba un jazz en medio de un bolero.
¿Sabés? Estoy sola en mi cuarto en México. Estoy llorando sola, mientras todos, todos los que te quieren (menos yo) están en La Chicha tomando guaro ligado con agua de sal (aunque no lloren). Y tengo rabia. Tengo rabia porque otra vez pensé, que la gente está aquí para toda la vida. Porque aquella tarde que entraste al café no me atreví a hablarte. Porque jamás me atreví a hablarte hasta que vos llegaste aquella noche a decirme que te gustaban mis poemas. Y lo digo orgullosa, como quien se dice un trofeo frente al espejo, como queriendo que todos lean, que mi poeta favorito leía mis poemas y le gustaban. Como si sirviera de algo contar eso. Como si pudiera ver tu sonrisa ahora mismo, queriendo decirme que entonces qué, y qué con eso.
Y lloro más. El peor dolor es el que nos toma por sorpresa. Porque incluso ayer, cuando Ricardo me dijo que estabas mal, no pensé que pasara a más. Y tampoco te recordé en todo el día. Y ahora que lo sé, me ataca este puto dolor. Me ataca por la espalda, porque estaba desprevenida, porque no sabía, jueputa sal… yo no sabía que te quería tanto.
Y lo peor, es que hay un Julio, amigo tuyo, que vive en esta putrefactuosamente hermosa ciudad y ese Julio que nunca conocí -porque jamás te escribí el correo que te debía- tiene un abrazo que es para mí.
Y te juro, que lo de putrefactuoso no lo robé de tu putrefactible. Estoy leyendo tu libro. Me lo traje. Recuerdo que te dije y te sonrojaste.

Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie
a David Maradiaga
por Felipe Granados (“Soundtrack”)

Me piden poemas suaves con caricia a la amante y besos por doquier. Me piden canciones que resulten ser apologías del Bien y otras miserias. Me piden que sea pulcro y no diga a la mierda. Me piden muchas cosas. Me piden el olvido como forma de reconciliarme con el mundo. Me piden que no aburra con mi queja perenne la gran fiesta de todos. Que no piense en los días malos del Hombre. Que olvide a aquel muchacho que fué muerto en un parque. Que deje para después mi grito de poeta malcriado y nauseabundo. Me piden que dimita de mi reino del odio y que no escriba desde el borracho insigne que me puebla. Me piden muchas cosas. Ninguna con sentido.

Ahora que he escuchado todo lo que me piden, me voy a dar vuelta sin pronunciar palabra para dejarlos pensando en aquel poeta sordo que nunca se callaba.

Pero no ojos

*

Cuando se tiene el corazón partido,
a los pedazos les nacen pies y manos
orejas, labios, útero
pero no ojos

por eso chocan contra puertas cerradas
se dan de topes con las frases bonitas
o se tropiezan con anillos ajenos
sobre una mesa de noche

unknown

un día de éstos
ya no voy a asomarme
para buscar si hay huellas
los rastros de tus ojos
en mis letras


en una de ésas
te veo en la calle
y no te miro
como tal vez
debieron ser las cosas
como si fuéramos
dos desconocidos


como si no supiéramos
que llevamos adentro
vos la semilla
y yo la tierra
vos las vocales
y yo las tildes
vos la fuente
y yo el código

Si yo tuviera la dicha de ser tu cenicero









Te haría una canasta
como de hojas secas
ramas perdidas
y de azucenas
hacen su nido
los yigüirros




No preguntés
para que sirve
yo igual la tejería
con mis manos
(aunque no sé tejer)
y te la daría
para que hicieras con ella
lo que te diera la gana




y conmigo lo mismo

Allegra ma non troppo








como me haces hablar en el silencio
como no te me quitas de las ganas
aunque nadie me ve nunca contigo

Silvio Rodríguez




Nuestra banquita del parque
guarda un registro de tu ausencia


58 días, 17 horas, dos minutos
he incubado una alergia
a ver tus fotos
a canciones de amor
al olor de la tinta en los periódicos


Hoy, con el más leve contacto
aparecen los síntomas
de ojos llorosos
y secreción nasal

amar en ceros y unos









miro el teclado y descubro
que la b y la v me dan envidia


no porque con ellas te escriba yo los besos
o las partes del cuerpo


sino porque están tan cerca
que a beces no savemos la diferencia