Ent

Cuando siento que es posible morir de amor, está claro que no hablo de esa muerte de tocarse el pecho, caer al piso, poner ojos en blanco o quedar inmóvil hasta que el cuerpo se enfríe. No.

Imaginen que se ha podrido la raíz de una muela. Imaginen ese dolor que jala desde el dedo gordo hasta la punta de la nariz. Es algo así. Porque no es como un dolor de oído, que es continuo, incesante, necio. Este dolor se olvida a ratos.

Por eso, morirme así es intermitente. Remordimientos que llegan como aromas, a cualquier hora del día, en cualquier parte, en ráfagas.

Morirme así, como se muere un árbol cuando un gusano o un hongo lo comen poquito a poco, dejando del tronco, tan solo un cascarón. Morirme a paso lento hasta que el cascarón se rompa y el mundo entonces me haga leña.

Reporte del tiempo

Hoy pasé a saludar a la abue. Cuatro horas después, salí con siete secretos de más y dos de menos.

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La gente se casa. Se casa y tiene hijos. Se casa, tiene hijos y en cierto cuadrito del calendario le da por preguntarse qué hay detrás de esa puerta. La respuesta es muy simple: nada.

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Tal vez él se pregunte por qué agoté la única excusa que nos quedaba.Tal vez ni siquiera se ha enterado que ya no la tenemos.

Si me atreviera, le diría que una excusa no es suficiente para mí. Quiero que tenga razones y sobre todo ganas.

Pero no.

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Hay días en los que se tropieza
la enorme tortuga que mueve el mundo.
Pero ya no me asusto;
tan solo me despeino.

Afecto aplanado

la vida sigue
correos van
correos vienen
subo en el metro
voy al supermercado
empaco
cambio de casa
me aburro en reuniones
lavo la ropa
riego las plantas
me peino
escucho música
me baño
lavo mis dientes
cocino
como


pero igualito
a cuando alguien
se nos muere
constantemente
arrastro una falta
un vacío


un hasta pronto
que se hizo estatua de sal
y permanece clavado
en mi garganta
deshaciéndose


en el sabor
a lágrima
en las mañanas
en las tardes
en las noches
cuando duermo
cuando despierto
cuando escribo


y entonces
no te dejo ir
porque sé que no has muerto


y sé que no me equivoco
cuando siento
que vos también
arrastrás mi ausencia
en la caricia del gato
en la pantalla muda
en el teléfono


cuando tragás
el aire contaminado
y tiene menos sentido que antes
cuando ya de por sí no lo tenía

Así

De pequeña, me aprendí de memoria el calendario. Papá llegaba pocas veces al año y yo sentía cuando iba a aparecer. Lo sentía porque él, desde lejos me avisaba que llegaría de visita en pocos días.

Mamá también lo sentía pero no me decía ni una palabra. Alguna vez le pregunté por qué me escondía las noticias de la llegada de papá. Me respondió que no quería ilusionarme por si después sus presentimientos no se hacían realidad. Yo siempre supe que eso era mentira. Mamá no decía nada porque sabía -como yo me sabía el calendario- que un día cualquiera, papá podía dejar de escribir, tal vez dejaría de llegar a casa y que esa comunicación que podríamos llamar “cósmica” sería lo único que los mantendría juntos. No decía nada, por si era esa la vez, en la que en lugar de avisar que llegaría a casa, papá avisaba que había muerto.

Pero siempre apareció. Cada visita se acompañaba de la barba descuidada, un poco más de arrugas y sus ojos cansados pero llenos de luz. Para esos días, mamá cortaba flores del jardín, se ponía su falda más hermosa y compraba navajillas nuevas. Después de los besos más largos que yo haya visto jamás, le decía a papá “cortátela mi guapo… ya sabés que desconfío de los hombres con barba”.

A veces, se quedaba unos meses. Otras, sólo unos días. Ninguno lloraba, ni siquiera yo. Habíamos aprendido que hay que saber disfrutar las cosas cuando se tienen, en lugar de pensar en cuando ya no estarán. Y así lo hacíamos incluso después de ver a papá preparando su mochila y de acompañarlo a comprar zapatos nuevos para irse otra vez.

Un día papá regresó y ya no se fue más. Ahora las flores ya no alcanzan para adornar la casa todos los días, pero lo besos largos no se acabaron jamás. Después de un tiempo, yo misma me fui a vivir mis propias historias y me alejé por largo tiempo de la casa de mamá. Ahora soy yo la que les cuenta, desde lejos, que sigo bien y que todos los días, le hago honor a mi nombre.

espantando brujas









tomaron hilo
aguja corduroy
enhebrador
y dedal


encendieron la lámpara
una puntada ella
otra puntada él
cuatro puntadas ella
una puntada él
muchas puntadas ella
zig zag
zig zag
zig zag


confiando en la hermosura
de su obra maestra
ella rompió sus espejos


él confundió su reflejo
y se vistió
con las costuras
hacia afuera


porque el revés del amor
no es el odio
es el miedo

interruptus







Dibujaron los planos
dónde iría la cocina
cómo repartirían
los estantes de libros


contaron los recursos
rebuscaron memoria e inconsciente
escarbaron sus miedos y fracasos
se aseguraron de tener los materiales


proyectaron el tiempo
los mientras tanto
los vale la pena


hicieron movimientos de tierra
muchos movimientos de tierra


y sin embargo
la construcción nunca empezó


hoy, se despertó ella
con una simple pero triste certeza


si ellos no fueran
un par de soñadores ilusos
habrían alquilado simplemente
un cuarto de hotel barato
para saciar en tres días
todas las ganas de amarse para siempre

Canciones para una cabanga









por leer un poema


por escuchar a Calamaro
y aparecer de nuevo
en la línea gris
de microbuses de Morelia


por tomar un mal café


por dormir de más
y no querer despertar
a un mundo agujereado
por la ausencia


por desperdiciar en un vómito
las copas de vino y la anestesia


por mirarte conectado
en el messenger
y soportar hacer silencio
por respeto al muerto


por un estómago
eternamente vacío


por un balcón
que no recibe serenatas


por deshidratación
inanición de besos
por hastío


por todo eso
me he sentido morir
desde que huiste


pero tienen razón
esos que dicen
que de amor, nadie se muere