El valiente Alan y la tenebrosa caverna del Títiguay

En el país libre del CEROnoser hay un lugar donde ni los hombres y mujeres más valientes se atreven a entrar. Y no es que tengan miedo, que nunca tienen miedo los guardianas del país libre, pero saben que un paso mal dado entre las cavernas oscuras del centro de la tierra, podría desencadenar muchos problemas, dolores de cabeza y discusiones furiosas.

Pero las cosas no funcionan muy bien en el país libre del CEROnoser, y los guardianas saben, que algún día tendrán que entrar a las cavernas llenas de telarañas, a cambiar las cartas viejas que allí se guardan. Porque las cartas nos sirven para eso, para guardar palabras con las que hacemos poesías, cuentos, canciones, leyes… y también instrucciones. Y las palabras que están en las cavernas antes servían para decir lo que queríamos decir, pero ya no.

¡Hay que limpiar las cavernas! dicen de vez en cuando los guardianas. Entonces se hace un silencio denso y todas piensan: “sí, pero quién se atreve”. El caso es que si los guardianas no cambian pronto unas cartas por otras, tendrán que seguir diciendo cosas extrañas, dando rodeos a las frases y complicándose la vida. Y la vida no es para complicárnosla (o al menos, eso es lo que piensa Alan).

Un día, Alan decide entrar a las cavernas. Tiene que elegir una, porque hay muchas que necesitan limpieza. “Estás loco”, le dicen unos. “No vas a poder”, le dicen otros. Hasta que una voz le dice “si alguien puede, ése sos vos”.

Entonces Alan se decide por la caverna de la Títiguay. Entra en silencio, con mucho cuidado. Sabe muy bien lo que hace y hasta se ha amarrado su larga barba (no vaya a ser que bote algo con ella por descuido). Él sabe que la clave está en caminar entre los muebles, sacar lentamente las cartas viejas y sustituirlas por unas nuevas, que contengan palabras frescas. Ya se sabe. Si las palabras se añejan demasiado, al tiempo ya nadie las entiende. Por eso hay que renovarlas, desempolvarlas y escribir nuevas palabras.

Al quinto día de trabajo, Alan tiene que mover una carta… que mueve otra carta, que mueve otra carta, que mueve otra carta, que mueve la carta donde estaba escrita la palabra que lo sostiene todo (no tooodo, sólo todo lo que hay en la caverna del Títiguay, pero no es poca cosa esta caverna). Entonces, le toca poner de nuevo la carta que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta, que fué movida por la otra carta para que otra vez la palabra que lo sostiene todo tenga dónde sentarse.

Y se desencadenan muchos problemas, dolores de cabeza y discusiones furiosas. A Alan lo regañan los otros guardianas, entonces él les dice “si es tan sencillo, vayan a limpiar ustedes” y termina por correr la piedra que cerraba la entrada y quedarse mirando desde afuera de la tenebrosa caverna del Títiguay.

Pero él sabe, que un día volverá y que ya no botará ninguna carta (o lo dejarán botar algunas si le estorban).