Ejercicio I (con narrador)

Salió de la estación. El único que la esperaba era el doctor Simi. Bailaba merengue con un sabor propio de cuerpos más atléticos, jóvenes y tropicales. -Ese doctor Simi debe ser dominicano-, pensó, mientras lo saludaba de lejos con su mano.

Caminó por el eje central, buscando una de la muchas cosas que le fascinan de esta ciudad. No encontró nada. No había conocido nunca una zona tan aburrida. Era como una foto en grises en la que solamente resaltaba un restaurante chino estilo cantonés. Por la ventana se miraban las galletas de la suerte y las pizarras de felpa donde la señora china coloca los precios del menú. Tuvo miedo de entrar. El restaurante parecía un viaje al pasado. Por un momento creyó que si entraba, no podría salir. Anotó en su memoria la dirección del restaurante, para usarla el día que se antoje de un chop suey.

Cruzó la calle buscando algún lugar para comer. Uno que no implicara peligro alguno. Antes de entrar a una cafetería, su teléfono timbró y escuchó a Demian diciendo “¿dónde estás? ya llegué”. -Esperame en la esquina, donde está bailando el doctor-, le dijo, mientras caminaba de regreso a la salida del metro.

Ella lo vio primero. El sol se reflejaba en su pelo y hacía que varias chispitas le iluminaran la silueta. Estaba de cuclillas, leyendo. Se veía hermoso, tanto, que ella no puedo evitar disfrutar, que una parte de esa hermosura de alguna manera le pertenecía. Después se sintió culpable por sus pensamientos marcados por el mercantilismo.

Demian levantó su mirada y sonrió. Se dieron un abrazo y postergaron el beso. Él, quién sabe por qué. Ella, porque apenas unos minutos antes, una frase la había dejado en suspenso: “necesito un favor tuyo, pero cuando nos veamos te digo”. Al escucharla, se apareció un fantasma del pasado y le dijo una teoría: “seguramente alguna de las chicas del café al que van, tiene algo con él y te va a pedir que por favor no lo besés mientras estén ahí”.

– ¿Cuál favor necesitás?-, le dijo inmediatamente, apenas terminando de abrazarse.
– Creo que perdí mi teléfono y necesito que me llames.
– ¿Y cómo me llamaste ahora?
– De un teléfono público, no encuentro el mío, creo que lo perdí.

La tristeza de su voz es difícil de explicar. Después de todo es un teléfono. Pero no es cualquier teléfono. Ella también se llenó de tristeza, pero trató de esconderla. Le dijo que era probable que estuviera en su casa, que lo hubiera dejado olvidado, que no se preocupara. Mientras tanto, trataba de no reírse de manera visible y se recriminaba la teoría que había creído acerca del favor. Estaba rota, lo sabía bien. Lo que no sabía, era que el fantasma que le había hablado al oído, los acompañaría hasta el día siguiente, cuando sus cuatro ojos llorosos se despidieran, sin saber si alguna vez volverían a encontrarse.