La radio en mi cabeza

Los domingos los molletes siguen ahí, en esos instantes que duran en el plato ante los ojos de algún perro que se resigna a esconderse debajo de la mesa.

Los organilleros hacen turnos sin ausencia, sin silencios, siempre de vuelta en vuelta a la manija que hace la música del hartazgo para algunos, mágica para otros.

El violinista, a veces sí y a veces no. Lo mismo, la ventana de empanadas argentinas, la vendedora de globos que espera el taxi a las cinco de la tarde y cumple todos los días con el mismo ritual: darle al chofer los hilos,  pasarlos bajo el techo, atarlos a la puerta y cerrarla con cuidado.

Siguen ahí los helados del cubano y sus piropos disfrazados de marketing. El aullido del carro de  camotes, la grabación lavada del que vende tamales.

Todo sigue tal cual lo dejé. ¿Como la habitación de un muerto en mi memoria? o ¿como la promesa refrescante del anonimato? ¿ser un alien acostumbrándose al sonido de la puerta del metro?

De-volver









Él guarda todos sus tesoros en un cajón de paja, una canasta entonces, pero cuadrada. Una canasta que a él le gusta llamar cajón.


No todos los días puede traer tesoros, sobre todo los días de sol siempre escasean, porque se esconden. También se le hacen difíciles los días de lluvia, con sus paraguas y sombrillotas que amenazan con romper tan hermosos cristales. Por eso a veces sale de noche, como si fuera a cazar mariposas en el vuelo. Si eso fueran, si fueran mariposas, les dejaría apachurradas las alas y llenaría de colores sus manos. Pero no son, aunque tienen colores de árboles verdes, cielos azules, de café negro, a chocolate, color a miel, a verde oliva, manzana verde.


Le ha sucedido traerse a casa alguna mirada color azul y descubrir a última hora que se escondían otros colores. En esos casos, guarda el tesoro en otro cajón distinto que dice “farsa, todo mentira”. Y cuando pasa eso, se pone triste. Y se le llenan de agua sus agujeros negros. Así recuerda por qué le dio por coleccionar miradas. Es que una vez, le dijo a una: “vos sos mis ojos” y luego esa solo se fue y lo dejó solo. Y ahora las miradas son como un talismán. Es que el ladrón no sabe, que de sus ojos para adentro, él lo que quiere es que le regresen su mirada y no que regrese aquella una.

Ramito de veranera









Dicen que San Antonio, San Pancracio o no sé cuál de todos los santos, tiene un cuaderno con los nombres de cada persona y su pareja. Por eso es que no importa cuánto tarde… lo que está para uno, llegará.


Así nos pasó a nosotros. Recuerdo que eran los años por allá, por los cincuentas. Yo, recién había vuelto de trabajar afuera y estaba viviendo en San José. Mi amiga me decía: “tenés que buscarte un novio” yo, siempre muy seria y muy calladita pensaba que al novio no hay que buscarlo, que cuando llega, llega. No me gustan esas muchachas que andan buscando novio, se ve muy feo eso.


Elena, tan fiesterilla (bueno, eran otras épocas) me convenció de llevarla al matrimonio de mi primo Ernesto, que se casaba en Santa Cruz. Nos fuimos en avioneta y nos tocaba pasar la noche en Liberia. “Vamos a ver qué hay en el pueblo” decía Elena, con ese entusiasmo de siempre (murió hace poco, por cierto, pero nunca dejó de ser alegre). Así que salimos a caminar un rato. Anduvimos por el parque, luciendo nuestros hermosos vestidos recién planchados y almidonados. El sol nos abrazaba, como sólo abrazan los soles guanacastecos, intensamente, como enlaza un sabanero. De pronto, nos encontramos a doña Tina, emocionada, porque su hijo acababa de llegar del extranjero… “Está soltero mi hijo, deberías conocerlo María del Mar”; “Tal vez más tarde paso por su casa doña Tina, me encantaría”. ¿Qué voy a estar yo yendo a su casa?- pensaba en mis adentros- ¿Qué se supone que haga, que llegue así no más? Me muero de vergüenza… Y Elena, siempre insistiendo con sus virtudes casamenteras, decía: “¿Ves? ¿Quién quita y ese sea el novio que te espera”.


Las calles estrechitas y blancas, reflejaban el incansable sol de media tarde… el viento refrescaba la cara y nos hacía sacudirnos el polvo de las pestañas. Los vestidos, se levantaban como fogones y las mejillas se nos chillaban si algún muchacho veía nuestras pantorrillas… Dios guarde en aquellos tiempos las minifaldas que se usan ahora. No, si las cosas sí que ha cambiado…


La cosa es que seguimos caminando y oímos música en el salón. A estas alturas, ya esperarán que Elena, sin decir agua va entró al bailongo y buscó dos sillas para nosotras. “Esperate Elena, ¿Qué van a pensar? ¿Cómo se te ocurre mujer que vamos a estar aquí sentadas solas?” “¿Quién dice que estaremos solas? Apenas nos saquen a bailar, ya parecerá que entramos acompañadas María… vos si que sos”.


Y entonces, entró “El Negro”. Desde que entró, haciendo oscuro el salón por un momento, dejando atrás la luz blanquísima que había afuera, yo sentí algo en el corazón. No sé qué pudo ser, pero saltaba como un chiquillo subido en un toro. Y cuál fue mi sorpresa, cuando ese negro lindo se me acercó y me pidió que bailáramos. “Es que yo no sé bailar” le dije yo, con la sonrisa nerviosa entre mis labios y con tristeza de esperar su respuesta. “Vamos a probar a ver cómo nos va ¿le parece?” fue lo que dijo, y empezamos el baile. Lástima que no recuerdo qué pieza era la que tocaba la marimba, pero por dicha era suave, porque si no, yo no podía bailar con él. Bailamos toda la tarde. Después su mano cogió la mía y él se la puso en el pecho… Y aquel chiquillo corazón brincaba todavía más, y así siguió hasta que el sol se sonrojó de vernos. Ese color nos indicaba a Elena y a mí, que había que irse para la casa, y entonces tuve que despedirme, con un estrechón de manos. No sabía si algún día nos volveríamos a ver, pero sabía que nunca olvidaría ese día, ni ese baile, ni a ese muchacho.


Las notas de un bolero me despertaron esa noche. “Ahí está tu negro, María del Mar, es para vos”… De nuevo el mundo se hizo paisaje de primavera y me asomé a la ventana discretamente. La serenata era para mí, como fue siempre para mí ese nombre que aquel santo tenía escrito en su libreta. Ah, bueno, sí, porque no sé si ya les conté, que el tan deseado novio que Elena quería para mí, además resultó ser el hijo de doña Tina…