Valerie Aurora

Estaba leyendo un reportaje sobre héroes y heroínas del software libre y me encontré a Valerie Aurora. Habría mucho para decir. Yo solo conocía la Ada Initiative pero ahora he leído un poco más.

Pero he venido nada más a dejar registro de otra Matilde en la familia. Es la “Honeywell H316 Kitchen Computer“.

Happy Kitchen
Happy Kitchen

 

 

La industria que se suicida y nos culpa a nosotros

Esta entrada se publicó originalmente en mi blog en 89decibeles

¿Han entrado últimamente a una tienda de discos?

Yo lo hice el sábado, como ejercicio nada más. No pensaba comprar nada pero quise hacer un monitoreo para confirmar mis sospechas.

¿Cuales eran esas sospechas? La primera, que iba a encontrar puros discos viejos. Así fue: el único disco reciente que encontré es el …little broken hearts de Norah Jones. La segunda, que iba a encontrar pura música para señores mayores de 50 años. Así fue: de haberle buscado un regalo a mi papá hubiera salido con unos diez buenos discos. La tercera, que en la tienda no iba a suceder nada interesante. Sobre esa, aclaro que eran las 10 de la mañana y acababan de subir la cortina metálica. Les daremos el beneficio de la duda.

No creo que muchos lo recuerden, pero en Barrio La California (donde ahora hay un salón de belleza, en un local ubicado casi al frente del AM.PM) estaba Auco Disco. En Auco Disco había un mae especialista en rock (Mauricio Alice) y otro, especialista en jazz (su nombre no lo recuerdo). En esa tienda se podían encontrar discos extraños, pero si no estaban, al menos se podía encontrar a alguien que decía: “No, no lo tenemos, pero qué excelente disco, es lo mejor que han sacado los de [inserte grupo aquí] porque después de que cambiaron de guitarrista, habían decaído un poco pero con ese disco están volando. Pero no, no lo tenemos, pero te recomiendo este de [inserte otro grupo] porque tiene un solo de guitarra en la canción seis que es increíble“.

Sucedía algo más o menos así, lo que quiere decir, que una llegaba a Auco Disco a las diez de la mañana y salía como a las cinco de la tarde con tres discos nuevos después de haber escuchado una selección de música espectacular. ¿Qué pasó con esas tiendas? ¿Las mató The Pirate Bay? ¡Esa es la respuesta facilista de la industria discográfica! La respuesta es, que esas tiendas jamás recibieron nada de esa industria que no fuera una factura de cobro. La industria -sobre todo en mercados prescindibles como el nuestro- se limitó a contratar artistas, encargarse de que grabaran un producto comerciable, a producir el objeto llamado disco y listo. A las emisoras de radio más comerciales, les pagan  para que programen las canciones – porque no es casualidad que “Mosa, mosa sea el éxito del verano en toda América Latina ¿verdad? – pero ¿a las tiendas de discos? Nada.

Sigamos con esa idea: a las emisoras les pagan por programar cierta música. No debe esa idea hacernos creer que el mal gusto es culpa de las disqueras. No revelaré la fuente, pero sé que el éxito de la canción “Locura automática de La Secta fue un legítimo golazo. Nadie pagó por ella. Esa canción llegó a número uno por ¿méritos? propios (no saben el esfuerzo que fue buscar esa cosa, no se las recomiendo). Lo mismo sucede en otras emisoras que no ponen reggaetón, como la que intenta salvar a la especie y donde ponen lo que nos gusta. Pero resulta, que todo eso que nos gusta no está disponible en ninguna tienda de discos en este país. Entonces, aunque quisiéramos comprar un disco o regalárselo a alguien eso es imposible. Y no me digan que es lo mismo que nos regalen un link o un disco repleto de MP3 descargados que un disco con portadita y libro, envuelto en papel de regalo.

Tal vez soy de la vieja escuela, pero el objeto fetiche disco sigue existiendo, no solo por la portada, sino por el sonido. Un MP3 de tres megas es como tomar café chorreado en una bolsa que ha sido usada ocho veces con la misma broza. Ese formato es lo peor que le ha podido ocurrir a la música y si tuviéramos algo de dignidad jamás compraríamos archivos digitales en Amazon o iTunes que no sean MP3 con una compresión aceptable. Eso, si pudiéramos comprarlos, porque ni eso es permitido. Como la industria musical no tiene interés alguno en resolver SU problema (que no es nuestro, es de esas compañías) ni siquiera ha resuelto cómo cobrar una descarga de MP3 donde se incluya el impuesto de importación (¡válgame, si es que descargar desde aquí un MP3 de un servidor en EEUU es una importación de un bien a Costa Rica!!!) para que no tengamos que marearnos entrando a los noventas en Titi Online a descubrir que no hay nada de Muse, Andrew Bird, The Killers, Death Cab for Cutie, Paramore, Björk… (créanme, los busqué todos, incluso a Norah Jones y a La Secta. Tampoco estaban).

Todo esto me lleva a la pregunta, la cual formulo con todo respeto (NOT): ¿¿¿Qué putas esperan que hagamos??? Es indignante; sobre todo porque en el mejor de los casos nos van a vender una descarga de un café aguado que no nos permitirá escuchar todos los detalles que sí nos permitiría un acetato o una menor compresión. En el peor de los casos, los grupos post-MP3 terminarán grabando música que no tendrá armónicos ni sonidos ocultos porque ¿pa qué? ¿si nadie lo va a oír?. Ya hasta lo admiten: “Además, algunos músicos e ingenieros de audio dicen que el formato MP3 está cambiando la forma en la que los estudios mezclan las grabaciones. Ellos dicen que el formato MP3 “aplana” las dinámicas — las diferencias en tono y volumen — en una canción. Como resultado, mucha de la nueva música que sale de la industria tiene un sonido similar, y no hay nada como un enfoque en crear una experiencia de escucha dinámica. ¿Para qué trabajar tan duro creando sonido complejo si nadie puede detectarlo?” (Rolling Stone, The Death of High Fidelity, 26 de diciembre de 2007, tomado de aquí).

Por eso no me sorprende el post de Adrián sobre la venta de discos viejos. El precio no tiene nada que ver. Las causas tienen que ver con el objeto fetiche disco y lo que significa o no significa para la gente que jamás ha comprado uno. Adrián también pregunta si alguien aquí sigue comprando discos. Le respondo que yo lo haría si en las tiendas vendieran algo de lo que me gusta. Lo hago a pesar de la náusea que siento al leer: “Este fonograma es una obra intelectual protegida en favor de su productor… SE PROHIBE SU COPIA TOTAL O PARCIAL…” (así, en mayúsculas, gritándole a quien solo es culpable de haber comprado el disco y defendiendo al productor, no al artista). Pero tengo clarísimo que casi nadie compra discos porque comprar discos ya no es una experiencia gratificante; porque si comprar un disco es hacer clic para esperar quince días a que llegue a la casilla, mejor damos el clic en un enlace de descarga.

Pero hay otra razón por la cual la gente no compra discos. En una de mis charlas sobre la dictadura del todos los derechos reservados, pregunté a los 30 estudiantes veinteañeros si habían comprado un disco alguna vez. Uno respondió que sí, porque es cantautor y comprendía el esfuerzo que significa hacer un disco, para un músico local de un país como el nuestro. Los demás jamás lo habían hecho. ¿Será posible entonces que esos jóvenes jamás hayan escuchado música de verdad? ¿Será posible que si no es por conciertos, lo que ellos consideran música es un conjunto de deslavados MP3 a punto de llenar 1 TB en su computadora? ¿La gente no compra discos porque no diferencia un sonido del otro?

No tengo muy claro a dónde quiero llegar. La industria discográfica es aborrecible. Una industria que en lugar de innovar se dedica a demandar a adolescentes por descargar canciones, a tratar de pasar leyes que restringen nuestras libertades en Internet, a colocar DRMs que nos convierten en rehenes de nuestros aparatos* y nos obliga a escuchar apenas el aroma de la música, merece todo mi desprecio. Si a esto le sumamos, que esa industria tampoco nos permite descargar sus migajas de forma legal porque no ha comprendido que la Internet no necesita de un furgón que atraviese las fronteras, además de mi desprecio merece toda mi lástima y mi más sentido pésame.

Pero también el pésame es para la música, la de verdad, la que no está comprimida debajo del zapato de un pésimo formato. También es para los músicos independientes que aún no se dan cuenta de que rogándole un espacio a esa industria solo se suman a la etiqueta de despreciables, cuando lo que merecen es que los frutos de su trabajo ingresen a su cuenta bancaria.

Sin embargo, hay muchas cosas buenas que han salido de todo este absurdo. Bien por los que se han unido a proyectos como el de Autómata (aunque sea en mp3) y por sueños hechos realidad como Musopen (que ha logrado que la música que es de dominio público en la teoría, lo sea en la práctica). Bien por la Electronic Frontier Foundation y la lista de abogados dispuestos a defender a las personas acusadas de descargar ilegalmente la música en los Estados Unidos. Bien por las licencias Creative Commons que permiten compartir libremente.

Todas esas son soluciones en crecimiento, aunque ninguna de ellas permite que yo pueda comprar el disco del panameño Carlos Méndez. Por suerte un amigo, que sabe que yo a Apple jamás le daré uno de mis cincos, me compró los archivos en iTunes. Se lo agradezco mucho, aunque hubiera preferido ir Auco Disco y que Mauricio me dijera que el EP del 2007 que tengo de Carlos, es mejor que el disco que grabó en el 2009.

* Mis aparatos no tienen DRM’s porque uso software libre. También uso el formato ogg.

La imagen es de verbeeldingskr8

Mars Curiosity

Había perdido valiosos minutos de mi tiempo, hecho berrinche en las redes sociales hasta que mi buen amigo Sergio (el-que-todo-lo-sabe) me dijo que era broma la entrada de Andy Borowitz sobre el CERN, la NASA y la pelea de niños. Lo dice ahí por todos lados pero estaba ya tan molesta con LF que ni leí. ¿Cómo se me ocurrió que semejantes científicos podían comportarse así? Tal vez porque he visto la actitud en las listas de correo y se ha señalado en los estudios sobre mujeres y ciencia… pero ese es duende de otro cuento.

El caso es que por eso la entrada se llamaba “Dear Cern people” y contenía una diatriba en contra de lo que consideré, el mayor irrespeto al público en los últimos siglos. Claramente perdí la fe en la humanidad, así que me alegro que fuera una broma y acepto haber pasado semejante color.

Pasamos entonces al tema…

Anoche, mientras celebraba y después de decir que Percival Lowell estaría muy decepcionado y que Carl Sagan estaría muy feliz si estuviera vivo, LF me contestó que en realidad el amartizaje (que no me da la gana llamarlo aterrizaje) del Curiosity no era un hito y que en realidad, no tenía un impacto ni similar al Bosón de Higgs. Dejé pendiente escribir algo sobre eso y cuando el mismo LF me pasó la nota me quedé con el hígado en la mano.

La carta entonces, es para quienes tienen la suerte de comprender profundamente el Bosón de Higgs, la Teoría de Cuerdas y todas esas cosas que muchos otros solo podemos apenas atisbar, mirar de lado y buscar videos en youtube para tratar de comprender. Es lo que hago yo, que solo soy una grupie de Carl Sagan y me he leído varias veces el capítulo de física cuántica de A Briefer History of Time no tanto por gusto, sino por difícil.

De anoche, no solo me maravilló el robot, las simulaciones… me fascinó que estábamos mirando. Me encantó la idea de sentir que formamos parte de esto y que a diferencia del Challenger y otros hechos importantes en la carrera espacial, esta vez no teníamos que conformarnos con lo que nos querían contar, podíamos buscar más.

Como comentamos en el primer Café Científico, existen razones para que ahora el Boson de Higgs (más allá de sus repercusiones importantísimas) y el Mars Curiosity ocupen las portadas de los medios de comunicación: la ciencia se está quedando sin financiamiento. De ahí que me parezca aún más hermoso que la gente común y silvestre como yo (que incluso cae en las redes de un comediante que escribe muy bien) se interese y trate de entender.

Por eso la frase de LF me chocó. Porque es elitismo puro pensar que el Higgs es importante y lo demás no. Porque entonces la ciencia que la gente sí puede comprender queda en segunda categoría y LA verdadera ciencia es la que es enigmática, cerrada y requiere de cuatro doctorados para alcanzarle sus talones.

Y el manejo que la NASA hizo ayer del espectáculo, fue una enorme lección. CERN people en Google + estaba haciendo una gran labor hasta el mes de julio, pero ahora están desparecidos. Ojalá a la NASA no le suceda lo mismo. Después de todo, tenemos dos años para acompañar a @marscuriosity en sus reportes.

Anoche dejé todo lo que estaba haciendo, participé del Google Hangout, discutí en twitter, defendí el financiamiento para la ciencia frente a quienes decían que es una lástima que se gaste dinero en estas cosas mientras hay gente que sigue muriendo de hambre. Y fue muy curioso para mí mirar desde el otro lado; ver a aquella que alguna vez fui (la que decía que no habíamos llegado a la luna y que aquello eran fotos de algún desierto) y sentirme feliz. ¿Qué es lo que ha cambiado? – me pregunté antes de dormir. Y la respuesta fue, que ahora ignoro menos o al menos sé cuánto ignoro (y a veces Sergio me lo dice). Mi acercamiento con la física y afines ha sido tardío pero apasionado y en parte aprendo para que mi sobrino disfrute de las noches de luna nueva con una tía que le pueda decir qué está viendo pero sobre todo, qué no está viendo.

Pero además, como me hizo ver Luis el otro día, cuando cambian los puntos de referencia, las cosas parecen estar en otro lugar. De pronto, la inmensidad del universo hace que cosas aparentemente importantes (como hacer una tormenta en un vaso de agua) se conviertan en un detalle sin importancia en medio de tan fascinante escenario en el que nos tocó vivir.

Por favor, no dejen de ver esto Carl Sagan: Blues for a red planet