Hay gente que no entiende la Internet (parte II)

La Internet no se diferencia mucho de lo que alguna gente aún llama “la vida real” y aunque algunas veces sea necesario diferenciar el espacio virtual del presencial, la verdad es que no falta mucho para que esa distinción deje de tener sentido, sobre todo para esas generaciones que no tendrán que conectarse nunca porque no existirá algo como estar desconectado.

La semana pasada, un estudiante de medicina fue expulsado de su práctica en el hospital por causa de un tweet que recibió demasiada difusión. Se cuestionó, con toda razón, si el estudiante había actuado con la ética profesional que se le exige, al bromear pidiendo que el tsunami llegara a detener la guardia.

Evidentemente era una broma. Después de todo, si el tsunami llegara al hospital eso aumentaría el volumen de pacientes esperando, no lo disminuiría. Por eso a mí ese tweet me tiene sin cuidado. Si consideramos que las bromas y el sarcasmo son en serio, mejor entrémosle en serio a la robótica y sustituyámonos de una vez por ellos. Hay gente que no entiende la Internet ¿o al ser humano?.

El tweet que no me gusta es el otro, en el que el estudiante se queja de que hay demasiada gente “que consultan por tonteras”. Eso es lo que me parece grave, pero sobre el caso, escribió h3dicho en Ticoblogger . Si quieren detalles, lean allá.

En otro post, Cristian Cambronero señalaba muy alarmado sobre lo que él llama el linchamiento 2.0. [ver nota]  Cristian señalaba el peligro de juzgar y condenar sin argumento alguno, causando serios daños y sin dar oportunidad a la víctima del linchamiento, de limpiar su imagen.

Concuerdo con eso, aunque no con la comparación con el linchamiento físico. No subestimo los efectos de la violencia psicológica, pero considero que como fenómenos sociales y síntomas para alertarnos, no son comparables. También creo que el 2.0 está sobrando. Desde mi perspectiva, el medio por el que se haga no es importante porque no veo la diferencia en cuanto a los efectos. El mismo chisme se difunde a la salida de la misa o al oído en la reunión de trabajo y tiene las mismas consecuencias, aunque en Internet el morbo pueda extenderse más. Las redes sociales son un pueblo chiquito igual que los demás y el hecho de que quede un registro escrito o que se pueda difundir en minutos genera mayor escándalo pero no peores consecuencias. Un caso similar se conversaba la semana pasada en 89decibeles y los comentarios me hicieron convencerme de que la ignorancia sobre Pink Floyd o Paul McCartney, exhibida sin pena alguna en Twitter, no es más que un uso que los más adultos no entendemos: si en Twitter están mis pares, a ellos les pregunto, no a Google. ¿Es peor todo ahora en el mundo 2.0? No lo creo.

Pero el tema de fondo que me interesa tiene que ver con otra cosa. Yo estaba pendiente del Twitter ese día y la verdad, no presencié linchamiento alguno. Leí comentarios, dudas, opiniones pero jamás leí llamados fervorosos a que le cortaran la cabeza (al menos no en serio) e incluso leí varios que justamente señalaban, que sacarlo de la universidad era una exageración y que si todo lo que decimos en las redes sociales se toma en serio, el uso de ellas va a dejar de ser divertido. De nuevo, hay gente que no entiende la Internet.

Es posible que mi TL sea muy prudente, que yo no siga a las estrellas incendiarias de la #polémicaenredes. Pero ¿y si nos estamos dejando utilizar? Ya sabemos que a veces nos hemos dejado inflar porque nos conviene. ¿Y si ahora nos inflan en nuestra contra?

Por un lado, el estudiante es el chivo expiatorio de la podredumbre que hay entre los médicos. Maltratos y faltas de respeto es lo que abunda, aunque existan notables excepciones. Por otro lado, esa cosa amorfa llamada “los usuarios de redes sociales”* podemos ser el dedo acusador que necesitan la CCSS para limpiar su cara y el hospital para cobrarle cuentas a la universidad cuestionada. También podemos ser el nuevo enemigo construido por algunos medios tradicionales que nos usan cuando no tienen noticias y nos acusan de inquisidores cuando les conviene hacernos parecer como los malos de la película.

Yo al menos, tendría más cuidado con el autoengaño sobre el poder de las redes sociales. Debemos usar ese pequeño poder estratégicamente, pero andar con pies de plomo. Si nos hacen parecer como una horda salvaje que pide sangre, después cuando necesitemos credibilidad no vamos a tener de dónde sacarla.

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Nota: El post de Cristian no se trataba del caso del estudiante. La relación de ideas la hice yo. Me disculpo.

* Por cierto, eso de ser “usuarios de redes sociales” es otro síntoma grave del no entender. Ya hemos dicho hasta el cansancio que usar teléfono o una marca de zapatos no nos hace un grupo.

Hay gente que no entiende la Internet (parte I)

En Costa Rica, hay un chiste ya quemado en el que un borracho se cae y al sentir algo húmedo pide “que sea sangre, que sea sangre” y que no se trate del licor que llevaba en la botella. Nunca me ha hecho gracia porque me recuerda lo mucho que en este país se desconoce, acerca del sufrimiento de una guerra. No puedo relacionarno con otra cosa. Lo mismo me pasa cuando me escucho decirle “muerto” a los obstáculos en la calle. A eso, en el resto de Centroamérica llaman túmulo; tal vez porque allá cuando se decía que había un muerto en la calle, había un muerto en la calle.

Por eso, me chocan las posiciones que en esta última semana se han manifestado en contra del anonimato en la Internet. Muchas de ellas se refieren al personaje El Chamuko, pero en el fondo dejan flotando argumentos en contra del anonimato y el uso de nicknames como un todo, sea o no la intención de los autores. Y eso, para mí, tiene que ver con la imposibilidad de ponerse en los zapatos del otro. Cada quien, desde su silla de oficina ve nada más lo que su ventana le permite.

Voy a tratar de explicar por qué defiendo el anonimato y el uso de nicknames con los dientes:

1. El anonimato es una herramienta para ejercer la libertad de expresión. Me parece una posición ingenua creer que en Costa Rica no existe gente que puede ver amenazada su vida o su puesto de trabajo por dar a conocer una información de interés público o incluso, por manifestar determinada afiliación política. El Chamuko es quizás un ejemplo difícil de defender y por eso no lo hago, pero no es el único caso de anonimato (como muy bien lo ejemplifican Dean Córnito y El Tráfico). Y perder el trabajo no es poca cosa, pero perder la vida es aún más serio. De ahí que las opiniones que exaltan a Parmenio Medina como alguien que sí daba la cara me parezcan aún más criticables. ¿Queremos periodistas en tumbas o queremos periodistas investigando y revelando hechos de interés público? ¿Es deseable que sean los periodistas quienes investiguen a partir de las fuentes anónimas? Pues sí, pero algunos periodistas reciben un salario y el que paga el salario define qué investiga y qué no su equipo de trabajo. A menos que ustedes crean que los medios de comunicación que tienen fondos para investigar no tienen su propia cola que le majen, necesitamos que exista diversidad de opciones. Corresponde al público aprender a discernir cuáles fuentes son confiables y cuáles no.

2. Las leyes deben prever y contemplar distintas perspectivas. Si alguna gente considera que en Costa Rica vivimos en una democracia ejemplar donde nadie debe usar navegación anónima con TOR, cifrar correos electrónicos y hacer uso de seudónimos para poder opinar con libertad (cosa que yo no creo), de todas maneras no deberíamos permitir que una ley contenga un artículo como el 230 de la LDI. Que no necesitemos ahora usar un seudónimo no significa que mañana no lo vayamos a necesitar. Y más allá, que nosotros no necesitemos un seudónimo no nos da derecho a privar a quienes sí lo necesitan, del derecho a proteger su identidad. Si bien la ley no prohíbe el uso de seudónimos o nicknames, el hecho de que un delito se considere de mayor gravedad por provenir de una “identidad falsa” constituye un pésimo antecedente que no debemos dejar pasar, aunque a alguna gente le parezca que este debate no merece ni un tweet.

3. La Internet es también un espacio lúdico. El uso de nicknames es parte fundamental de la Internet desde sus inicios. Esto puede parecer un capricho para quienes llegaron después a la fiesta, pero es uno de sus rasgos culturales importantes. Quitarle los nicknames a la Internet, es quitarle el 50% de su gracia. ¿Por qué? Porque de todas maneras, la identidad no es un molde rígido y acabado con el que nos desenvolvemos en todos los espacios. La identidad social y personal (habría que hablar tal vez de identidades) es fluida, permeable y se ajusta a las distintas situaciones de acuerdo con el grupo en el que actuamos. Entonces, así como en los almuerzos familiares con mi papá yo no hablo de política pero con mi abuela solo de eso hablo, en la Internet podemos crear esos espacios y tener “identidades múltiples” usando nicknames. Y si bien, mi anonimato en Twitter solo duró como un mes (porque en realidad, no puse esfuerzo en la tarea) lo que yo digo como ushcala lo dice ushcala y eso, aunque no evita que Roberto Gallardo o Laura Chinchilla me pongan en su lista negra, es parte del juego. El que se mete aguanta y por eso mismo, el uso de un nickname no me releva de mi responsabilidad por lo que dice ushcala pero marca una diferencia sobre el contexto en el que les he dicho las barbaridades que les he dicho (y aclaro que se las diría de frente si tuviera la oportunidad). Pero entonces ¿De qué sirve el nickname? De nada y de todo, como los juegos.

4. El anonimato protege nuestra privacidad. A menos que se trate de regímenes totalitarios, no estoy de acuerdo con el anonimato absoluto (el cual no permitiría, por ejemplo, demandar a El Chamuko si incurre en un delito). Sin embargo, considero que los datos que permiten identificar quiénes somos cuando navegamos en la Internet, deben ponerse a disposición de las autoridades solo en casos específicos en los que se hayan cumplido los procedimientos legales necesarios (de la misma manera en que se hace para datos que no sean direcciones IP y otros). ¿Por qué entonces digo que se protege la privacidad? Porque aunque Google y Facebook sepan todo sobre mí, yo puedo tener un perfil profesional en Linkedin al cual no ligo mi cuenta de Twitter. ¿Por qué? Porque ushcala y la magistranda Carolina Flores son dos facetas distintas y así como no voy en chancletas a la oficina, no tengo por qué ponerme tacones en Twitter. Cualquier persona tiene derecho a que su nombre de persona que trabaja de 9 a 5 en determinada empresa, no aparezca ligado a sus comentarios sobre fútbol, religión, orientación sexual o ideología política. ¿Por qué? Porque hay cosas que no queremos o podemos compartir con todo el mundo, igual que cuando estamos hablando en una cafetería la gente puede escuchar la conversación pero no tenemos que decirle cómo nos llamamos y dónde trabajamos. ¿Tienen uniforme en sus lugares de trabajo? Tal vez entiendan entonces, que con la camisa oficial de la empresa no pueden irse a meter a un bar y darse de golpes sin que el jefe se entere. Para eso se lleva ropa extra en un maletín. Para eso usamos distintos nicknames.