La Dictadura del “Todos los Derechos Reservados” (parte I)

En una de las múltiples confrontaciones que he tenido con uno de mis contactos en Facebook (mea culpa) hice algunas afirmaciones que no quiero dejar de ese tamaño, porque desde hace mucho tiempo me he quedado con las ganas de exponer cómo, en el tema de derechos de autor y copyright, el no asumir una posición es colocarse en el lado de la complacencia con quien podríamos llamar “el opresor”. Lo que discutí con él quedará para la segunda parte, pero es lo que inspira este escrito de hoy.

Quienes han estado en mis charlas recientes (las presentaciones están disponibles), sabrán que a pesar de no ser abogada he estado compartiendo sobre el tema de derechos de autor. ¿Por qué y con qué derecho? Con el mismo que ejerzo desde hace más tiempo compartiendo conocimiento acerca del software libre: el derecho de quien se ve afectada negativamente por la lógica de acumulación de riqueza material y conocimiento en detrimento del bienestar social. Decir que por no poder programar no tengo bases suficientes para exponer acerca del código abierto es absurdo, tanto como decir que el tema de copyright es un asunto de personas expertas en leyes.

Derecho de autor no es lo mismo que Copyright, aunque…

En Costa Rica nos regimos por el Derecho de Autor, que es distinto del Copyright (derecho de copia). Son obras sujetas a ese derecho las canciones (su música, su letra y su ejecución por separado), las novelas y poemas, los ensayos, las fotografías, películas, pinturas , las investigaciones académicas y el software (entre otros trabajos). Este derecho es automático, pues cuando yo escribo (o intento) una poesía, no hace falta que la inscriba en una oficina, ni siquiera hace falta que la publique en mi blog. Esa poesía es de mi autoría desde el mismo momento en que la termino de escribir. Hasta ahí, todo bien.

Las patentes -que son duendes de otro cuento pero han sido incorporadas en una bolsa que llaman “propiedad intelectual”- se rigen por otra lógica y no son tema de esta entrada.Únicamente me parece importante aclarar que éstas sí deben ser registradas oficialmente para tener validez. No basta con que usted invente algo: si no tiene miles de dólares para inscribir esa patente en Costa Rica, Estados Unidos y Japón como mínimo, de nada le sirve su genialidad.

El caso es que al pensar en el derecho de autor, tenemos una visión romántica. Se nos ha enseñado que al proteger ese derecho, estamos apoyando a los artistas y creadores de las obras. Pensamos -con toda razón ¡si ese era el objetivo!- que estamos dando un estímulo a esas personas que son capaces de crear, investigar o desarrollar conocimiento maravilloso. Eso parece tener sentido ¿no es así? Al menos, eso se sigue argumentando en los juicios penales en contra de personas que descargan música compartida ilegalmente en Internet:

“Como los fundadores de este país vieron con suficiente sabiduría, los elementos más importantes de cualquier civilización incluyen  a sus creadores independientes -sus autores, compositores y artistas- quienes crean como una iniciativa personal y una expresión espontánea más que por resultado del patrocinio o el subsidio. Un Copyright fuerte y práctico es la única seguridad que tenemos para que esta actividad creativa continúe” (Abraham Kaminstein en el caso Sony Corp, of America v. Universal City Studios citado en HOC).

Pero resulta que no. Desde el principio del Copyright, la lógica del marco legal ha tendido a defender los derechos de los intermediarios por encima de los derechos de los autores. Eso parecía sensato, porque en realidad prácticamente nadie podía tener una imprenta en casa. Dependíamos entonces de los impresores para acceder al conocimiento y eso parecía una transacción más o menos conveniente. Como explica el matemático argentino Enrique Chaparro:

Asistimos a una de las primeras transacciones sociales sobre el conocimiento. Cada cual cedía un poco y adquiría algo. El conjunto de la sociedad cedíamos nuestro derecho a reproducir libros libremente, a cambio de permitir una difusión mucho más rápida (…) Esta transacción funcionaba más o menos bien porque, si bien como sociedad habíamos renunciado a nuestro derecho a copiar libremente, en realidad, este era un derecho no demasiado realizable como tal” (Chaparro, E.  2007: 16)

Pero algunos años después, los autores comenzaron a brillar por ellos mismos. Entre otros fenómenos culturales, el romanticismo permitió que los autores y autoras reivindicaran sus derechos. Surgió entonces el derecho de autor para tratar de enmendar el beneficio excesivo a los intermediarios, con algún éxito. De ahí que se protegieran los derechos hasta una cantidad de años después de la vida de ese autor (con el fin de que la familia recibiera una retribución pero también, la sociedad pudiera aprovechar ese conocimiento).

Pero luego, las redes de distribución de las obras artísticas, científicas, etcétera se hicieron más complejas. Con la posibilidad de empaquetar el conocimiento científico y llevarlo a lugares que antes eran inimaginables, pero además con la posibilidad que daban las cintas de grabación y otros medios para la comercialización de los productos culturales (veamos cómo, ya podemos hablar de productos culturales como una mercancía más), de nuevo regresamos al negocio de los intermediarios: casas disqueras, distribuidoras cinematográficas, editoriales, revistas científicas, entre otras, comenzaron  a adquirir derechos de distribución de las obras. Es así como el derecho de los autores y autoras para comercializar o distribuir, es cedido mediante contratos a compañías intermediarias que empiezan a obtener los mayores márgenes de ganancia. Esas son las titulares de los derechos de autor.

Lo que nos rige actualmente es una mezcla de ambos modelos: Copyright y Derecho de Autor en un marco estandarizado internacionalmente, impulsado por los acuerdos de libre comercio y la Oficina Mundial para la Propiedad Intelectual (OMPI). Las repercusiones de esta estandarización nos atañen no solo en cuanto a las limitaciones para la libre circulación de la cultura compartida como humanidad sino también, por el impacto económico que conlleva la penalización de actuaciones que en el pasado fueron completamente válidas y que están en la base del desarrollo de los países ricos: la posibilidad de transitar por “la senda del aprendizaje, regeneración e imitación tecnológica, como fase previa a la mejora y creación de innovación endógena” (Adamson, M. 2011. 8). Es decir, todos ellos copiaron, se inspiraron, recrearon, remezclaron y obtuvieron de ese proceso el conocimiento necesario para innovar y obtener las ganancias que actualmente disfrutan. Pero una vez que alcanzaron ese nivel de desarrollo, hacen uso de su poder hegemónico para restringir esos procesos, impidiendo con esas medidas, que nuestros países puedan alcanzarlos.

La llegada del formato digital

Todo eso se complica con la aparición del formato digital, que nos permite compartir originales, no copias y ahora sí, tener nuestra propia “imprenta” en casa. En la actualidad prácticamente todas las personas que poseen computadoras pueden copiar los materiales, distribuirlos e incluso, modificarlos. Como respuesta, la legislación de origen anglosajón (que es la que plantea el derecho de autor en términos de Copyright) ha ido adaptándose conforme ocurren cambios tecnológicos que transforman los procesos de reproducción de los materiales y las modalidades de distribución. Esas adaptaciones se han generado para ampliar el ámbito de acción de la legislación, no para que las disposiciones que contiene respondan mejor a la realidad social.

Contrario a lo que se esperaría, el que ahora sea más barato, simple y rápido reproducir las copias no ha flexibilizado las leyes para compartirlas. De hecho, los períodos de protección continúan creciendo aún cuando los autores hayan muerto, pues son las corporaciones titulares de los derechos de copia las que negocian las reformas o generan demandas para sentar jurisprudencia.

¿Y entonces, infringimos?

Esa suele ser la respuesta de muchas personas. Ese tipo de medida tiene impacto cuando muchas personas se suman y se logran acciones directas como cruzar la calle cuando el semáforo peatonal está apagado. Es una “pequeña revolución” que sin embargo, no cambia drásticamente el flujo vehicular y mucho menos, genera reformas en la ley de tránsito. Esa es la salida de quienes descargan música en Internet sabiendo que es ilegal, quienes abren blogs para descarga directa de discos, libros y otros materiales y por supuesto, de quienes instalan sistemas operativos privativos. Eso ¿es válido? Alguna gente dice que sí, que es éticamente válido. Otras personas decimos que aunque puede ser éticamente válido, estratégicamente no lo es (como plantea Mako en “Piratería y software libre“). Si no estamos de acuerdo con los límites de velocidad impuestos por el COSEVI ¿los irrespetamos sometiéndonos a cuantiosas multas o gestionamos cambios en la ley de tránsito?

De ahí que yo planteara al principio, que el tema del Copyright y el Derecho de Autor obliga a tomar una posición y que la neutralidad y el portamí característico de quienes creen que hacen resistencia al sistema infringiendo las leyes, es una opción que no comparto ni respeto entre personas que tienen el nivel educativo suficiente para comprender a qué nos estamos enfrentando. Es uno más de los casos de “primero vinieron por ellos…” que tan caro nos han costado como humanidad.

De las alternativas, opciones y ejemplos a criticar o a seguir, me ocuparé en una segunda parte. (Leer parte II)

………………..

Para consultar sobre este tema:

Adamson, M. (2011). Interrelación universidad -sector productivo y endogenización de la I+D: Grandes desafíos y soluciones para un crecimiento sostenido de Costa Rica. En: Conocimiento, Innnovación  Desarrollo. Rafael Herrera González y José María Gutiérrez Gutiérrez, editores. Disponible para descarga.

Busaniche, Beatriz. (2007). ¿Por qué no hablamos de propiedad intelectual?. En: Monopolios Artificiales sobre Bienes Intangibles: los procesos de privatización de la vida y el conocimiento.  Ediciones Fundación Vía Libre, Argentina.

Chaparro, Enrique. (2007). Introducción. En: Monopolios Artificiales sobre Bienes Intangibles: los     procesos de privatización de la vida y el conocimiento. Ediciones Fundación Vía Libre, Argentina. Disponible para descarga.

Intelligent Engineering Systems through Artificial Neural Networks (s.f). History of Copyright. Disponible en:  http://historyofCopyright.org

 

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