La propiedad intelectual en el caso de la artesanía en Costa Rica

En Costa Rica, como en el resto del mundo, el sector artesano está siendo seriamente afectado por la importación de artículos de bajo costo que compiten con sus creaciones. Estos objetos en la mayoría de los casos no pueden ser considerados como imitaciones pero por ser vendidos a precios menores que los elaborados a mano en el país, muchas veces son preferidos por los turistas.

El caso más connotado es el de la Asociación de Artesanos Pura Vida en contra de Café Britt. Lo recordé el año pasado cuando entré a una de las tiendas Britt del Aeropuerto Juan Santamaría y escuché a una pareja de turistas conversar con tono molesto, acerca de los bajos precios de los artículos en contraste con los que habían comprado “afuera”. “Debe ser que esta es una tienda subsidida por el gobierno”, alcancé a escuchar. Y claro, tuve que meterme en la conversación para decirles que por favor leyeran la etiqueta de lo que estaban viendo y revisaran dónde estaba hecho. Me respondieron sorprendidos y hasta me regañaron: “¿Cómo ustedes permiten que esto suceda?”. No tuve respuesta pero decidí realizar esta pequeña investigación que hoy pongo a disposición de ustedes.

Se relata en este trabajo el caso de esa Asociación en contra de Britt, para fundamentar si existe propiedad intelectual irrespetada en los hechos que se han denunciado. Por si no quieren leer, la respuesta corta es: no, no existen bases para demandar. Pero ojalá lean, porque a partir de ese caso, menciono brevemente una posibilidad de creación de una marca colectiva para algunos artículos de artesanía y diseño local en el país.

Se presenta además, una selección de mecanismos de regulación de la propiedad intelectual que se pueden aplicar a la artesanía. Se han seleccionado de acuerdo con un trabajo realizado por Koziner para el caso de la artesanía boliviana, en el cual esa autora se inclina por  las denominaciones de origen y marcas colectivas, como los más viables. De ahí que el diseño industrial (figura que podría utilizarse también para artesanías) no se profundice; algo que se fundamenta también en que el enfoque de este trabajo se dirige hacia la promoción de una alternativa colectiva, más que una protección individual de diseños.

Considero que las marcas colectivas y denominaciones de origen son alternativas válidas para evitar la apropiación con fines meramente comerciales, de las creaciones culturales y expresiones de las comunidades. Esto requiere de procesos colectivos bien realizados y de una cohesión social importante, pero también, de abandonar el discurso fácil sobre la propiedad intelectual como un demonio por erradicar. La cultura libre no se sostiene permitiendo que otros se apropien de lo que queremos compartir, sino protegiendo de la apropiación indebida y permitiendo que todos tengamos acceso a los bienes culturales. En medio de eso, los artistas deben recibir remuneración por su trabajo y por eso, considero que esas dos figuras son buenas opciones para empezar a cambiar nuestro abordaje en algunos casos.

 

 

¿Por qué no apoyo la reforma de “Fotocopiar para Estudiar”?

Para mucha gente ha sido una sorpresa, mi negativa a apoyar la reforma a la Ley de Derechos de Autor que pretende otorgar a los estudiantes, el derecho a sacar fotocopias de materiales que necesitan para estudiar. ¿Cómo, una defensora del conocimiento abierto, puede oponerse a algo así? La respuesta simple es: porque ese derecho ya existe y constituye una de las excepciones al derecho de autor que nuestra ley contempla. La respuesta complicada es: porque el conocimiento abierto, el software libre y la cultura libre dependen de que se respeten los derechos de autor. También, porque esta reforma de visión cortoplacista desperdicia la oportunidad de enmendar a profundidad las leyes nacionales sobre estos temas.

Sobre la respuesta simple: aunque la redacción sea confusa y desactualizada, nuestra ley de derechos de autor contempla la reproducción con fines académicos sin fines de lucro como una excepción, lo cual quiere decir, que es permitida bajo ciertas condiciones: 1. Debe ser sin fines de lucro; 2. No debe dañar el normal comercio de la obra (es decir, no puede clonarse ni copiarse un libro completo porque eso afecta los intereses de la editorial y del autor de la obra); 3. Debe indicar los créditos y otros datos de la obra (¿Quién no ha recibido una antología mal hecha que imposibilita saber quién es el autor del  capítulo? ¿Eso beneficia al autor? ¿Le respeta?).

Entonces ¿Por qué tanto alboroto?

1. La culpa es de las editoriales

Las casas editoriales se han dedicado a desinformar a la población y a perseguir a los negocios de fotocopias. Esto ha generado el malentendido de que se persigue a los estudiantes y aunque el efecto práctico lo parezca, es diferente. Pero ojo, que esta desinformación no es solo responsabilidad de las editoriales. ¿Qué mejor campaña de desinformación que la que estamos viendo en los medios? ¿Qué mejor manera de hacerle el favor “a enemigo” que decirle a la gente que sin esta reforma no tienen derecho a fotocopiar?

2. La culpa es de las editoriales y de la complacencia del aparato estatal

El precio de los libros en Costa Rica es absurdamente alto y el libro es un artículo de lujo que pocos podemos pagar. ¿Se ha hecho algo para mejorar esta situación? Nada. ¿Ha obligado la reforma actual a las editoriales a sentarse a la mesa de negociación? No. ¿Dónde están las editoriales, causantes de todo este embrollo? Ni idea. Calladitas y felices con la campaña gratuita de desinformación.

La complacencia del aparato estatal no termina con el precio de los libros, también pasa por haber permitido la persecución a los fotocopiadores sin intervenir para aclarar los malentendidos.

3. La culpa es del sistema legal que no se adapta a las nuevas realidades

Hasta antes de la aparición de la fotocopiadora y posteriormente, del formato digital, todas las personas dependíamos de las editoriales, casas disqueras y distribuidoras de productos culturales. Actualmente, muchos de nosotros podemos tener una imprenta en casa (llámese procesador de textos + impresora) o de plano, ni la necesitamos (leer en la pantalla, compartir un PDF, MP3, etcétera). Es cierto que el acceso a un equipo de cómputo no es la norma pero es claro que la tendencia hacia el formato digital no se va a detener. El debate de fondo entonces es, cómo diferenciar qué constituye un delito penal y qué no.

El problema que “resuelve” la reforma actual: fotocopiar con fines académicos es legal, pero cobrar por las fotocopias no lo es

Al incluir una ganancia, la actividad con fines académicos por parte del estudiante (a quien nadie puede perseguir por ese hecho) convierte esa actividad en una con fines de lucro por parte de la empresa de copiado. Es decir, el tema aquí es ¿cuántos estudiantes tienen acceso a una fotocopiadora que no les cobre más que el costo? Ninguno. ¿Y entonces, cómo ejercemos nuestro derecho a fotocopiar con fines académicos si no tenemos el aparato? Ese es precisamente el punto que la reforma pretende resolver, de una forma que yo llamaría, desafortunada.

No se mata un elefante con un matamoscas

El debate sobre derechos de autor y el acceso al conocimiento y la cultura es muy complejo (el elefante) y va mucho más allá de otorgar un permiso a los negocios de fotocopiado (el matamoscas). ¿Por qué debemos reformar la ley de derechos de autor para otorgar un permiso especial a un tipo específico de negocio? Que me respondan los legisladores, que para eso les pagamos. ¿Qué se resuelve con eso? El ingreso mensual del negocio de fotocopias. Si se resuelve algo más, les agradezco que dejen la idea en los comentarios.

Tampoco se mata una mosca con un elefante

Al defender un extraño y cuestionable derecho a lucrar haciendo copias de materiales protegidos por el derecho de autor (la mosca), la solución que encontraron los legisladores (porque el voto fue unánime y entonces la culpa no es solo del diputado Villalta) fue eliminar las penas de cárcel para todas las infracciones al derecho de autor de obras literarias, artísticas y científicas. Entiéndase, no solo el libro de química general de un autor que ya está pensionado y tal vez estará feliz de que su libro se siga multiplicando; se  eliminan las penas de cárcel contra organizaciones, empresas, individuos que lucren con las obras del sector creativo del país. ¿Nos parece excesiva una pena de cárcel en ciertos casos? Es un tema importantísimo, pero no se resuelve con un parche.

Como promotora del conocimiento abierto y la cultura libre, abogo porque los creadores compartan sus obras y comprendan que el conocimiento que construyen se basa en el de muchas otras personas que estuvieron antes que ellos. Sin embargo, defiendo por completo el derecho que tienen para decidir cómo quieren distribuir su obra. Quienes programan software libre, decidieron compartir ese programa y es el sistema legal el que defiende sus intereses y los de la colectividad que se beneficia de su trabajo. Pero aquellos inventores, artistas, académicos que no quieren dar acceso abierto a sus obras, también tienen derecho a hacerlo. La salvedad a eso sería, que esas obras se hayan realizado utilizando fondos públicos, un debate que lamentablemente este proyecto de ley tampoco resuelve ni toca.

Lo que sí hace la reforma, es despenalizar ambos casos y dejar en desprotección a la industria cultural, a los productores de programas de cómputo y a muchos otros creadores, sean éstos micro, pequeños, medianos, grandes y enormes. Tendemos a imaginarnos siempre a la malévola industria que nos llama ladrones antes de cada película en el cine o a cualquier intermediario que recibe la gran porción del pastel. Y aunque lamentablemente sí estoy defendiendo con mi oposición, los intereses de empresas que considero perversas en su modelo de negocio; no puedo dejar de hacerlo, porque estamos también desprotegiendo a esa pequeña y mediana empresa de profesionales de ingeniería, programación, diseño gráfico, producción audiovisual entre otros campos; y porque de paso, estamos promoviendo la mafia de la piratería que ya en otros países está ligada al narcotráfico y a las redes delictivas en general. Las películas de la Avenida Central no son hechas por un padre de familia sacando copias en su computadora Pentium II, sino por distribuidores masivos de contenidos que lucran con las creaciones de otros. Y claro, esos otros probablemente sean los abusivos estudios cinematográficos con sus precios elevados y sus políticas absurdas, pero un problema complejo no se resuelve con un parche y no puedo poner mis intereses individuales sobre los intereses de la colectividad.

¿Cuál sería mi propuesta?

1. Empezar a resolver el enorme desequilibrio existente respecto a la defensa de los intereses comerciales en materia de derecho de autor frente al derecho al acceso a la cultura y el conocimiento de la colectividad (ambos consagrados en la Declaración de los Derechos Humanos). Se debe  empezar por diferenciar al crimen organizado que lucra con las copias de películas, música y libros y que falsifica zapatos, champú y medicamentos; del adolescente que descarga una canción de forma no autorizada a través de la Internet o comparte un libro en PDF. En el primer caso sí corresponde al Estado perseguir eso como un delito. En el segundo caso no y debe tramitarse por la vía civil. Eso, mientras el movimiento de cultura libre, el acceso abierto y la realidad del formato digital, le abren los ojos a la industria cultural para que entienda que su modelo de negocios está obsoleto y que criminalizando a su público meta no va a sobrevivir.

2. Abrir el debate sobre el precio de los libros y la imposibilidad de conseguir material académico de calidad en este país. Si las editoriales y distribuidoras no quieren invertir en su negocio y pretenden mantener los precios prohibitivos, entonces debemos en conjunto pensar en una solución favorable al público.

3. Difundir que el derecho a fotocopiar para estudiar ya existe. Una reforma ideal a la ley, exigiría que las editoriales incluyan en su leyenda odiosa de “Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial…” alguna nota que indique que dependiendo del país donde esa obra se distribuye, existen excepciones al derecho de autor que anularían esa prohibición.

4. Las instituciones académicas deben asumir su papel. Les corresponde a estas resolver cómo proveer a los estudiantes de esos materiales en formato digital (por ejemplo), volver a dotar a las bibliotecas de las obras que necesitamos y tener dentro de su marco los centros de fotocopiado trabajando al costo o con ganancias que se destinen a fines que no sean el lucro.

5. Aprovechar la oportunidad para hacer una reforma real. Se debe mejorar la redacción de las excepciones que contempla la ley e incluir las que nos faltan y sí se contemplan en países de la Unión Europea. Un ejemplo de esas es la excepción para poder convertir a Braille las obras literarias. Otro tema por debatir es el acceso público que deberíamos tener ala investigación realizada con fondos públicos e incluso, a los desarrollos de software que las instituciones estatales compran con nuestros impuestos.

6. El Estado debe asumir su papel y realizar campañas informativas sobre estos temas. En la sociedad de la información y el conocimiento, la propiedad intelectual constituye como nunca antes, una herramienta que todos debemos saber manejar. Estas campañas deben incluir por supuesto, los modelos alternativos que proponen el conocimiento abierto y la cultura libre, de manera que las personas podamos elegir cómo queremos compartir nuestras creaciones, cuáles son nuestras obligaciones y cuáles son nuestros derechos.

En síntesis

En el campo de los derechos de autor todos tenemos distintos roles como autores, consumidores y distribuidores pero ahora mismo tal parece que únicamente somos víctimas de un sistema legal que protege los derechos “sagrados” de los intermediarios y desprotege el interés de las mayorías. Por eso mismo, los proyectos de ley deben pasar del populismo y el cortoplacismo, a resolver los problemas de fondo que nos aquejan. Y no, en este caso, no se trata de un avance hacia ese objetivo. La reforma para “fotocopiar para estudiar” constituye definitivamente un retroceso y desperdicia una oportunidad de oro para sentarnos a la mesa de negociación y exigir una reforma integral a la ley de derechos de autor (6683), a la ley de observancia (8039) y sus respectivos reglamentos en Costa Rica.

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Notas para lectorxs del blog:

En los comentarios encontrarán varias aclaraciones de lectores. Ojalá los lean.

* En una versión anterior yo decía que “todos tenemos una imprenta en casa”. Ahora suavicé esa afirmación. Esa frase la uso en realidad cuando hablo de cómo, por mucho tiempo, parecía una transacción razonable renunciar a algunos derechos y otorgárselos a un intermediario (por ejemplo, una imprenta) porque no teníamos los medios para acceder a ese conocimiento si ellos no imprimían los libros. Ahora esa relación de dependencia no existe en la mayoría de los casos. La frase sacada de contexto en efecto se interpreta como una postura elitista. No todos tenemos computadora en casa.

* Una versión anterior planteaba la ocurrencia de que las editoriales incluyeran la leyenda: “Esta prohibición es nula si se copia un fragmento de la obra bajo estas condiciones…”. Luego, mi amigo Gunnar Wolf me recordó que por ejemplo en México, esa excepción no existe. De ahí que editara ese párrafo.

La industria que se suicida y nos culpa a nosotros

Esta entrada se publicó originalmente en mi blog en 89decibeles

¿Han entrado últimamente a una tienda de discos?

Yo lo hice el sábado, como ejercicio nada más. No pensaba comprar nada pero quise hacer un monitoreo para confirmar mis sospechas.

¿Cuales eran esas sospechas? La primera, que iba a encontrar puros discos viejos. Así fue: el único disco reciente que encontré es el …little broken hearts de Norah Jones. La segunda, que iba a encontrar pura música para señores mayores de 50 años. Así fue: de haberle buscado un regalo a mi papá hubiera salido con unos diez buenos discos. La tercera, que en la tienda no iba a suceder nada interesante. Sobre esa, aclaro que eran las 10 de la mañana y acababan de subir la cortina metálica. Les daremos el beneficio de la duda.

No creo que muchos lo recuerden, pero en Barrio La California (donde ahora hay un salón de belleza, en un local ubicado casi al frente del AM.PM) estaba Auco Disco. En Auco Disco había un mae especialista en rock (Mauricio Alice) y otro, especialista en jazz (su nombre no lo recuerdo). En esa tienda se podían encontrar discos extraños, pero si no estaban, al menos se podía encontrar a alguien que decía: “No, no lo tenemos, pero qué excelente disco, es lo mejor que han sacado los de [inserte grupo aquí] porque después de que cambiaron de guitarrista, habían decaído un poco pero con ese disco están volando. Pero no, no lo tenemos, pero te recomiendo este de [inserte otro grupo] porque tiene un solo de guitarra en la canción seis que es increíble“.

Sucedía algo más o menos así, lo que quiere decir, que una llegaba a Auco Disco a las diez de la mañana y salía como a las cinco de la tarde con tres discos nuevos después de haber escuchado una selección de música espectacular. ¿Qué pasó con esas tiendas? ¿Las mató The Pirate Bay? ¡Esa es la respuesta facilista de la industria discográfica! La respuesta es, que esas tiendas jamás recibieron nada de esa industria que no fuera una factura de cobro. La industria -sobre todo en mercados prescindibles como el nuestro- se limitó a contratar artistas, encargarse de que grabaran un producto comerciable, a producir el objeto llamado disco y listo. A las emisoras de radio más comerciales, les pagan  para que programen las canciones – porque no es casualidad que “Mosa, mosa sea el éxito del verano en toda América Latina ¿verdad? – pero ¿a las tiendas de discos? Nada.

Sigamos con esa idea: a las emisoras les pagan por programar cierta música. No debe esa idea hacernos creer que el mal gusto es culpa de las disqueras. No revelaré la fuente, pero sé que el éxito de la canción “Locura automática de La Secta fue un legítimo golazo. Nadie pagó por ella. Esa canción llegó a número uno por ¿méritos? propios (no saben el esfuerzo que fue buscar esa cosa, no se las recomiendo). Lo mismo sucede en otras emisoras que no ponen reggaetón, como la que intenta salvar a la especie y donde ponen lo que nos gusta. Pero resulta, que todo eso que nos gusta no está disponible en ninguna tienda de discos en este país. Entonces, aunque quisiéramos comprar un disco o regalárselo a alguien eso es imposible. Y no me digan que es lo mismo que nos regalen un link o un disco repleto de MP3 descargados que un disco con portadita y libro, envuelto en papel de regalo.

Tal vez soy de la vieja escuela, pero el objeto fetiche disco sigue existiendo, no solo por la portada, sino por el sonido. Un MP3 de tres megas es como tomar café chorreado en una bolsa que ha sido usada ocho veces con la misma broza. Ese formato es lo peor que le ha podido ocurrir a la música y si tuviéramos algo de dignidad jamás compraríamos archivos digitales en Amazon o iTunes que no sean MP3 con una compresión aceptable. Eso, si pudiéramos comprarlos, porque ni eso es permitido. Como la industria musical no tiene interés alguno en resolver SU problema (que no es nuestro, es de esas compañías) ni siquiera ha resuelto cómo cobrar una descarga de MP3 donde se incluya el impuesto de importación (¡válgame, si es que descargar desde aquí un MP3 de un servidor en EEUU es una importación de un bien a Costa Rica!!!) para que no tengamos que marearnos entrando a los noventas en Titi Online a descubrir que no hay nada de Muse, Andrew Bird, The Killers, Death Cab for Cutie, Paramore, Björk… (créanme, los busqué todos, incluso a Norah Jones y a La Secta. Tampoco estaban).

Todo esto me lleva a la pregunta, la cual formulo con todo respeto (NOT): ¿¿¿Qué putas esperan que hagamos??? Es indignante; sobre todo porque en el mejor de los casos nos van a vender una descarga de un café aguado que no nos permitirá escuchar todos los detalles que sí nos permitiría un acetato o una menor compresión. En el peor de los casos, los grupos post-MP3 terminarán grabando música que no tendrá armónicos ni sonidos ocultos porque ¿pa qué? ¿si nadie lo va a oír?. Ya hasta lo admiten: “Además, algunos músicos e ingenieros de audio dicen que el formato MP3 está cambiando la forma en la que los estudios mezclan las grabaciones. Ellos dicen que el formato MP3 “aplana” las dinámicas — las diferencias en tono y volumen — en una canción. Como resultado, mucha de la nueva música que sale de la industria tiene un sonido similar, y no hay nada como un enfoque en crear una experiencia de escucha dinámica. ¿Para qué trabajar tan duro creando sonido complejo si nadie puede detectarlo?” (Rolling Stone, The Death of High Fidelity, 26 de diciembre de 2007, tomado de aquí).

Por eso no me sorprende el post de Adrián sobre la venta de discos viejos. El precio no tiene nada que ver. Las causas tienen que ver con el objeto fetiche disco y lo que significa o no significa para la gente que jamás ha comprado uno. Adrián también pregunta si alguien aquí sigue comprando discos. Le respondo que yo lo haría si en las tiendas vendieran algo de lo que me gusta. Lo hago a pesar de la náusea que siento al leer: “Este fonograma es una obra intelectual protegida en favor de su productor… SE PROHIBE SU COPIA TOTAL O PARCIAL…” (así, en mayúsculas, gritándole a quien solo es culpable de haber comprado el disco y defendiendo al productor, no al artista). Pero tengo clarísimo que casi nadie compra discos porque comprar discos ya no es una experiencia gratificante; porque si comprar un disco es hacer clic para esperar quince días a que llegue a la casilla, mejor damos el clic en un enlace de descarga.

Pero hay otra razón por la cual la gente no compra discos. En una de mis charlas sobre la dictadura del todos los derechos reservados, pregunté a los 30 estudiantes veinteañeros si habían comprado un disco alguna vez. Uno respondió que sí, porque es cantautor y comprendía el esfuerzo que significa hacer un disco, para un músico local de un país como el nuestro. Los demás jamás lo habían hecho. ¿Será posible entonces que esos jóvenes jamás hayan escuchado música de verdad? ¿Será posible que si no es por conciertos, lo que ellos consideran música es un conjunto de deslavados MP3 a punto de llenar 1 TB en su computadora? ¿La gente no compra discos porque no diferencia un sonido del otro?

No tengo muy claro a dónde quiero llegar. La industria discográfica es aborrecible. Una industria que en lugar de innovar se dedica a demandar a adolescentes por descargar canciones, a tratar de pasar leyes que restringen nuestras libertades en Internet, a colocar DRMs que nos convierten en rehenes de nuestros aparatos* y nos obliga a escuchar apenas el aroma de la música, merece todo mi desprecio. Si a esto le sumamos, que esa industria tampoco nos permite descargar sus migajas de forma legal porque no ha comprendido que la Internet no necesita de un furgón que atraviese las fronteras, además de mi desprecio merece toda mi lástima y mi más sentido pésame.

Pero también el pésame es para la música, la de verdad, la que no está comprimida debajo del zapato de un pésimo formato. También es para los músicos independientes que aún no se dan cuenta de que rogándole un espacio a esa industria solo se suman a la etiqueta de despreciables, cuando lo que merecen es que los frutos de su trabajo ingresen a su cuenta bancaria.

Sin embargo, hay muchas cosas buenas que han salido de todo este absurdo. Bien por los que se han unido a proyectos como el de Autómata (aunque sea en mp3) y por sueños hechos realidad como Musopen (que ha logrado que la música que es de dominio público en la teoría, lo sea en la práctica). Bien por la Electronic Frontier Foundation y la lista de abogados dispuestos a defender a las personas acusadas de descargar ilegalmente la música en los Estados Unidos. Bien por las licencias Creative Commons que permiten compartir libremente.

Todas esas son soluciones en crecimiento, aunque ninguna de ellas permite que yo pueda comprar el disco del panameño Carlos Méndez. Por suerte un amigo, que sabe que yo a Apple jamás le daré uno de mis cincos, me compró los archivos en iTunes. Se lo agradezco mucho, aunque hubiera preferido ir Auco Disco y que Mauricio me dijera que el EP del 2007 que tengo de Carlos, es mejor que el disco que grabó en el 2009.

* Mis aparatos no tienen DRM’s porque uso software libre. También uso el formato ogg.

La imagen es de verbeeldingskr8

Les dimos sopa de protestas

Este post marca que se ha acabado el apagón de protesta por los distintos proyectos de ley que actualmente se están discutiendo en los Estados Unidos.

Estas leyes se conocen por sus siglas: SOPA (Stop Online Piracy Act) y PIPA (Protect IP Act) y tiene gemelas o familiares por todas partes. En México se discute la ley Döring y el Tratado ACTA (el cual podría incluir a nuestros países si se adhirieran). El ACTA (Acuerdo Comercial Anti-Falsificación) fue firmado en octubre de 2011 por los Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón, Marruecos, Nueva Zelanda, Singapur y Corea del Sur. En negociación están: la Unión Europea, México, Suiza. El artículo 39 del ACTA especifica que el acuerdo está abierto para firma hasta el 31 de marzo de 2013.

SOPA y PIPA (ejemplos que sirven para entender también al ACTA) básicamente establecen que se perseguirá a sitios web que sean acusados de participar en infracciones al copyright. Estos sitios podrán ser bloqueados a partir de denuncias, sin que se realice un proceso. Esto incluye también a los sitios donde se expliquen formas de burlar los mecanismos de censura.

Se aplica a los sitios web dentro y fuera de los Estados Unidos y apunta a cualquier sitio donde el público pueda generar contenido (Facebook, Youtube, Blogger, Google+).

Existe también una parte de SOPA y PIPA muy preocupante: se le daría inmunidad amplia a todos los proveedores de servicios si bloquean a usuarios que sean inocentes o bloquean los sitios voluntariamente sin supervisión judicial alguna. La Electronic Frontier Foundation denuncia que Los intermediarios sólo tendrá que actuar “de buena fe” y basar su decisión “en la evidencia creíble” para recibir la inmunidad. Esto permitiría que la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos y la Asociación de Discográficas puedan crear listas negras de los sitios que quieren censurar.

Como indica la EFF, los contenidos que se encuentren bajo el “Uso justo” se verían afectados también. Las compañías pueden usar estos reclamos para tener ventaja sobre competencia emergente y hacer competencia desleal. El sitio bloqueado ahora lleva la carga de probar su inocencia o bien la mala fe de su acusador con el fin de ser desbloqueado.

Los sitios web extranjeros también se verían afectados. Las leyes establecen que sería posible pedir órdenes judiciales para bloquear financiamiento y anunciantes (como sucedió con Wikileaks) y se facultaría al Procurador General para eliminar sitios web de los motores de búsqueda, algo que criminaliza los enlaces y socava la estructura fundamental de la Internet, como manifestó el presidente de Google.

Con estas leyes se castiga a los “millones de usuarios inocentes que ni siquiera han pensado en la infracción de copyright”. El ejemplo que dio el cofundador de Reddit Alexis Ohanian, PIPA y SOPA son “el equivalente de estar enojado con FORD y tratar de tomar medidas contra la empresa solo porque un Mustang fue utilizado en un asalto a un banco” (Leer artículo completo en el sitio de EFF [en inlés])

El blackout

 

Muchas empresas o entidades relacionadas directamente con la tecnología se oponen a estas leyes. En el apagón del 18 de enero participaron o manifestaron su apoyo a la protesta principalmente Wikipedia, WordPress, Wired, Identi.ca, O’Reilly, Boing Boing, Reddit, GNU, FSF, Google, Flickr, Facebook, Twitter, CodePink entre otras.

En Twitter más de 2,4 millones de tweets fueron enviados entre las 12 am y las 4 pm usando las palabras: SOPA, Stop SOPA, PIPA, Tell Congress o el muy gracioso “factswithoutwikipedia”. No están contabilizados ahí muchos otros envíos que se etiquetaron como #sopablackout y otros más.

Del sitio de la EFF se envió más de un millón de peticiones. El formulario de Google fue enviado por 4,5 millones de personas. sopastrike reportó antes del anochecer que 10 mil sitios se habían adherido con ellos. Avaaz alcanzó 1,5 millones de personas hasta las 10 p.m. del horario de este blog. Wikipedia registró 160 millones de visitantes. 8 millones enviaron comunicaciones a sus representantes a través de la herramienta del sitio. Y lo más importante, al menos 13 senadores retiraron su apoyo a partir de estas protestas.

¿Cuáles son los problemas de estas leyes?

 

Lo que es común a todas las críticas se relaciona sobre todo con las pérdidas económicas que ocasionaría, pues por un lado implementar mecanismos de vigilancia como los que se exigen generaría costos muy elevados a los proveedores de servicios. Esto evidentemente desestimula los emprendimientos relacionados con la Internet (un sector en crecimiento, que brinda ya más empleos al año de lo que la industria discográfica o cinematográfica genera en los Estados Unidos).

Para el software libre, estas leyes significarían un bloqueo, porque muchas de las herramientas utilizadas serían declaradas como prohibidas (cosas como el SSH que utilizan profesionales de sistemas para administrarlos de forma ágil y segura). Además, obligaría a los proyectos de desarrollo (con alto porcentaje de personas voluntarias) a vigilar a sus colaboradores o a pedirles que vigilen (cosa que no harán porque les desvía de sus objetivos), como explica la EFF.

En cuanto a las pérdidas, en general las leyes pretenden romper con toda la estructura de funcionamiento de la Internet, al generar así un caos en la forma en la cual se asignan las direcciones IP y se ubican los contenidos. Incluso es probable que las medidas no se puedan implementar del todo, por la complejidad que se requiere administrar.

Pero el tema económico pasa a segundo plano cuando revisamos cuánto afectarían estas leyes la libertad de expresión, pues recordemos que basta con una sospecha para que los sitios puedan ser bloqueados sin un proceso. Eso quiere decir, que para evitar esas medidas, quienes brindan servicios de redes sociales en línea, blogs y cualquier plataforma de generación de contenidos por parte de personas usuarias, se verá en la obligación de revisar todos los materiales y comentarios antes de que sean publicados. Esto nos devolvería a la web 1.0 donde todos los contenidos eran editados, aprobados, filtrados por quienes fueran dueños de los medios de comunicación. La censura y los cercos mediáticos estarían a la orden del día.

Por otra parte, todas las aplicaciones que se han desarrollado para que las personas que viven baj regímenes opresores puedan investigar y denunciar violaciones a los derechos humanos quedarían inservibles. Como explica la EFF, estas se han desarrollado para casos como los de Irán y China pero ahora la legislación estadounidense sería peor que las de esos países.

¿Y las pérdidas económicas por las infracciones al copyright?

 

Actualmente la legislación DMCA (Digital Millenium Copyright Act) obliga al responsable del sitio web a monitorear y eliminar los contenidos cuando éstos sean infractores del copyright. Es lo que hace youtube constantemente. La diferencia es que se le brinda un tiempo prudencial para hacerlo y no se bloquea el acceso a su sitio. Eso funciona en la actualidad. Sin embargo, quieren más y necesitan ampliar su marco de acción hacia sitios fuera de los Estados Unidos.

Pero ¿realmente se está viendo afectada la industria de la música y la cinematográfica por las infracciones?

La industria de la música y del cine (principales impulsoras de estas leyes) argumentaron que hay 19 millones de trabajos en riesgo por causa de la piratería. Luego se supo que esa cifra incluyó a todo el sector tecnológico, que en su mayoría se opone a esa leyes.

Se sabe que la industria del cine empleó a 374,000 personas en el 2010 (tiempos completos y parciales en EEUU). La industria reporta perder 373,000 trabajos anuales cuando en realidad los estudios indican que han perdido solo 18 mil desde 1998. La comparación que se nos propone es con eBay, empresa que creó ella sola, 724 mil empleos en 2005.

La EFF reporta que la industria de música y cine contribuyen a la economía con las mismas cifras que antes de que compartir archivos fuera común (tanto en 2011 como en 1995 esa contribución fue de un 0.4% del PIB). Las empresas siguen ganando dinero y mucho.

Se habla de pérdidas anuales por $20,5 miles de millones. Julián Sánchez del CATO Institute realizó un estudio que determinó que usaron efectos multiplicadores para doblar o triplicar las pérdidas y además incorporaron las infracciones mundiales para argumentar en favor de una ley nacional. Las pérdidas -dice Sánchez- de $446 millones y al menos un 80% de eso proviene de personas que descargaron películas que no iban a comprar de todas maneras.

Sobre este punto es importante recalcar, que ese cálculo de las pérdidas es uno de los engaños más utilizados cuando se habla de infracciones al copyright de música, películas y software. El hecho de que alguien instale un sistema operativo privativo sin haber comprado la licencia, puede significar que esa persona estaba en la disposición de adquirir ese programa pero tal vez no estaba dentro de sus posibilidades. Es decir, no es una pérdida real porque ese bien no iba a ser adquirido. Lo mismo sucede con las películas: si están disponibles para verlas, no hay riesgo alguno de perder dinero si no resulta del agrado de quien la ve, pero si tuviera que pagar la entrada al cine, probablemente no la vería. De nuevo es dinero que de todas maneras no hubiera sido recibido por el titular del copyright.

Se aclara en el artículo de la EFF que las cifras son problemáticas porque la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA) se niega a liberar su información. Incluso la oficina de rendición de cuentas del gobierno estadounidense se vio obligado a emitir un informe diciendo que el gobierno no debe respaldarse en los estudios de la MPAA porque “no pueden ser justificadas o remontarse a un origen de datos subyacente o una metodología.” Según la EFF, a veces ellos admiten que sólo los inventan.

¿Pero entonces, de qué vivirán los artistas?

 

En otras entradas ya he hablado sobre este tema (ver la categoría “copyright”) y siempre aclaro que las alternativas son modelos que están en construcción. Hasta que los artistas no se convenzan de que el sistema de intermediarios actual no es de su conveniencia no vamos a lograr transformar por completo la industria de bienes culturales.

También insisto siempre en que oponerse a estas leyes y a las medidas que criminalizan el compartir contenidos con copyright restrictivo no implica apoyar la descarga ilegal y la abolición del marco legal de derechos de autor y copyright. Alguna gente defiende eso. Yo no. Yo creo que si se quiere cambiar una ley absurda, hay mecanismos para hacerlo y hasta que no se agoten no está justificado romper con toda legalidad. El peligro de leyes como SOPA, PIPA, ACTA, es que evidentemente agotan las vías y mecanismos obligándonos prácticamente a salir del marco establecido.

Y lo que señalo siempre es que hemos llegado a un nivel de absurdo difícil de sostener. Cuando vendedores de piñatas en México son encarcelados por vender una piñata de Mickey Mouse y no pagar derechos; cuando un adolescente británico puede ser extraditado a los EEUU por haber colocado en su blog enlaces que llevaban a contenidos para descarga no autorizada; cuando por subir una canción de Michael Jackson a Internet se iría más años a a cárcel que por haberlo asesinado, es evidente que algo anda muy mal.

Pero la salida no está en The Pirate Bay. La salida la estamos construyendo y la seguiremos construyendo si nos dejan continuar aprovechando la Internet para compartir las ideas y el conocimiento. Por eso es que no podemos permitir que las industrias que defienden sus intereses económicos por encima del bienestar de la sociedad y las creaciones colectivas de soluciones ganen una batalla más. Los hemos dejado ir demasiado lejos, pero este 18 de enero de 2012 les demostramos que somos muchos y estamos juntos en esta causa. Incluso, si en muchas otras no compartimos la trinchera.

Richard Stallman siempre ha estado en lo cierto

Traducción a cargo de Carolina Flores Hine, del artículo “Richard Stallman Was Right All Along” escrito por Thom Holwerda el 2 de enero de 2012 y publicado en OS News

Al terminar el año pasado, el presidente Obama firmó una ley que permite detener indefinidamente a sospechosos de terrorismo sin que exista alguna especie de juicio o debido proceso. Los manifestantes pacíficos de movimientos de ocupación [Ocuppy] de todo el mundo han sido etiquetados como terroristas por las autoridades. Iniciativas como SOPA promueven el monitoreo diligente de canales de comunicación. Hace treinta años, cuando Richard Stallman lanzó el proyecto GNU y durante las siguientes tres décadas, sus perspectivas -algunas veces- extremas y sus payasadas fueron ridiculizadas e ignoradas como paranoia. Pero aquí estamos, 2012, y sus “¿qué pasaría si?” que alguna vez fueron paranoides se han convertido en realidad.

Aún recientemenre, ha sido sencillo ignorar a Richard Stallman como un fanático paranoico, alguien que perdió contacto con la realidad hace mucho tiempo. Una clase de eterno hippie de las computadoras, la personificación perfecta del arquetipo del nerd de las computadoras espiritual que vive en un sótano. Su barba, su cabello, su vestimenta… en nuestro mundo de la apariencia es sencillamente muy fácil ignorarlo.

Sus perspectivas siempre han sido extremas. Su única computadora es una netbook Lemote Yeelong porque es la única computadora que usa únicamente software libre (sin blobs de firmware, sin BIOS privativo; es toda libre). También se niega a tener un teléfono celular porque es demasiado fácil rastrearlos. Hasta que exista un teléfono celular equivalente a la Yeelong, Stallman no quiere uno. En general, todo el software debe ser libre. O, como lo expresa la Free Software Foundation:

“A medida que nuestra sociedad se vuelve más dependiente de las computadoras, el software o los programas que corremos tienen una importancia crítica para asegurar el futuro de una sociedad libre. Software Libre se trata de tener el control sobre la tecnología que usamos en nuestras casas, escuelas y negocios, donde las computadoras trabajan para el beneficio común e individual, no para las compañías de software privativo o los gobiernos que pueden pretender restringirnos y monitorearnos”.

Yo también ignoraba a Stallman por ser demasiado extremista. ¿Software libre para combatir gobiernos controladores y espías? ¿Corporaciones malignas que quieren controlar el mundo? ¿El software como una herramienta para monitorear los canales privados de comunicación privadas? Claro. Seguramente el software libre y código abierto es importante, y yo lo elijo siempre que se haya alcanzado la equivalencia funcional con las soluciones privativas, pero ese sinsentido de Stallman/FSF se pasa.

Pero aquí estamos, iniciando el 2012. Obama firmó la NDAA [National Defense Authorization Act] para el 2012, permitiendo que los ciudadanos estadounidenses sean detenidos indefinidamente sin que exista alguna especie de juicio o debido proceso, solo por el hecho de ser sospechosos de terrorismo. Al mismo tiempo, tenemos SOPA, la cual, si se aprueba, promulgaría un sistema en el cual, los sitios web pueden ser retirados de la red -de nuevo, sin alguna especie de juicio o debido proceso- estableciendo a la vez el monitoreo del tráfico de la Internet. Combine esto con cómo las autoridades han etiquetado a los movimientos Occupy -denominándolos como terroristas- y podrá usted ver hacia dónde se dirige esto.

En caso de que esto le recuerde a China y le sea similar a los regímenes totalitarios, usted no está solo. Incluso la Motion Picture Association of America, la MPAA [asociación estadounidense de productores cinematográficos] orgullosamente proclama que lo que ha funcionado para China, Siria, Irán y otros, debería funcionar para los Estados Unidos. La Gran Muralla Cortafuegos de China y sistemas similares de filtración son glorificados como soluciones útiles en lo que se supone sería el mundo libre.

El quid del asunto aquí es que a diferencia de antaño, donde los regímenes represivos elaboraban redes de policía secreta e informantes para monitorear las comunicaciones, todo lo que se necesita hoy es tener control sobre el software y el hardware que usamos. Nuestras computadoras de escritorio, tablets, teléfonos inteligentes, y toda clase de dispositivos juegan un papel en virtualmente, todas las comunicaciones. ¿Usted piensa que está fuera de peligro cuando se comunica cara a cara? Piénselo de nuevo. ¿Cómo concertó usted ese encuentro? ¿Lo hizo por teléfono? ¿En la web? ¿Y qué es lo que usted tiene en su bolsillo o cartera, siempre conectado a la red?

De esto es lo que Stallman nos ha estado alertando todos estos años, y la mayoría de nosotros -incluyéndome- nunca lo tomamos en serio. Sin embargo, a medida que el mundo cambia, la importancia de ser capaz de revisar qué es lo que hace el código que tiene su dispositivo (o que alguien más lo haga, en caso de no tener las habilidades) se muestra cada vez más evidente. Si perdemos la capacidad de comprobar lo que nuestra propia computadora está haciendo, estamos muertos.

Este es el verdadero núcleo de las creencias de la Free Software Foundation y de Stallman: que el software privativo le arrebata el control a la persona usuaria, lo cual puede llevar a consecuencias desastrosas, especialmente ahora que dependemos de las computadoras para virtualmente cualquier cosa que hacemos. El hecho de que Stallman haya previsto esto casi tres décadas atrás es notable y reivindica su activismo. Esto justifica los 30 años de la Free Software Foundation.

Y en el 2012, probablemente necesitaremos más que nunca del software libre y de código abierto. En el Congreso de Chaos Computer en Berlín el año pasado, Cory Doctorow hizo una presentación titulada “La Guerra Próxima en la Computación de Uso General” [The Coming War on General Purpose Computation]. En ella, Doctorow advierte que la computadora de uso general, y más específicamente, el control de las personas usuarias sobre las computadoras de uso general, es percibido como una amenaza por los grupos de detentan el poder. ¿Las guerras del copyright? No son más que un preludio para la verdadera guerra.

“Como miembro de la generación del Walkman, he hecho las paces con el hecho de que necesitaré un aparato de asistencia auditiva mucho antes de morir, y por supuesto, no será un aparato, será una computadora que insertaré en mi cuerpo”, explica Doctorow, “Así que cuando me suba a un automóvil -una computadora en la cual meto mi cuerpo- con mi asistencia auditiva – una computadora que insertaré en mi cuerpo- yo quiero saber que esa tecnología no está diseñada para guardar secretos ante mi o para prevenir que yo termine procesos en ellos cuando vayan en contra de mis intereses”.

Y esta es verdaderamente la esencia de todo. Con las computadoras haciéndose cargo de cosas como el escuchar, manejar, y más, realmente no podemos darnos el lujo de ser excluidos de ellas. Necesitamos ser capaces de echar un vistazo adentro y ver qué es lo que están haciendo para asegurarnos de no estar siendo monitoreados, filtrados o lo que sea. Hace tan solo poco tiempo yo habría declarado que esto es pura paranoia, pero con todo lo que está sucediendo recientemente, ya no se trata de paranoia. Es la realidad.

“La libertad en el futuro requerirá que tengamos la capacidad de monitorear nuestros dispositivos y establecer políticas significativas en ellos, para examinar y terminar procesos que corren en ellos, para mantenerlos como servidores honestos a nuestra voluntad, y no como traidores y espías trabajando para criminales, matones y locos por el control,” advierte Doctorow, “Y aún no hemos perdido, pero tenemos que ganar las guerras del copyright para mantener a la Internet y las computadoras libres y abiertas. Porque esas son las armas en las guerras que están por venir, no podremos pelearlas sin ellas”.

Por esto es por lo que usted debe apoyar Android (no a Google, sino a Android), aún si usted prefiere el iPhone. Por esto es que usted debe apoyar Linux, aún cuando use Windows. Por esto es que usted debe apoyar a Apache, aún si usted corre IIS. Llegará un punto en el que ser libre o abierto ya no será un beneficio divertido, sino una necesidad indispensable.

Y ese punto se está aproximando rápidamente.
¡Difúndalo!

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Nota:

Para información básica sobre SOPA, siga este enlace

Para información sobre la NDAA siga este enlace (artículo de opinión)

¿Cómo poner licencia CC a sus creaciones?

Me pregunta Anita cómo puede ponerle una licencia de Creative Commons a sus creaciones.

Parte de esa explicación está en la II parte de: La Dictadura del “Todos los Derechos Reservados” pero retomo esa sección:

Recordemos que en general -a menos que indiquemos lo contrario por medio de una licencia específica- estaremos reservando todos los derechos automáticamente al crear la obra. Sin embargo, dentro del mismo marco legal es posible reservar únicamente algunos derechos, no todos. En ninguno de los casos se renuncia a la atribución, pues siempre deben mencionarse todos los nombres de las personas involucradas como autoras de la obra.

Por ejemplo, cuando yo publico una poesía debo tomar algunas decisiones:

  • ¿Permito que se comparta esa poesía? (que se coloque en un blog, en un muro en Facebook, que se fotocopie el libro). Si la respuesta es no, se trata de “Todos los Derechos Reservados” y ya no tiene caso seguir respondiendo.
  • ¿Otorgo autorización para que se hagan obras derivadas de ella? (por ejemplo, añadirle líneas y publicarla de nuevo con mi nombre junto al de la persona que añadió esas líneas).
  • ¿Permito que se haga un uso comercial de esa obra? (que se publique en un libro por el cual no recibiré pago monetario alguno, que se grabe como letra de una canción en un disco con fines de lucro, etcétera).
  • ¿Permito solamente que se use sin fines de lucro? (para leerla en un acto escolar, publicarla en un calendario de una asociación benéfica, etcétera).
  • ¿Quiero que se comparta de la misma manera? (con lo cual indico si estoy solicitando que quienes hagan uso u obras derivadas de la poesía usen la misma licencia de distribución, para que se respete mi voluntad inicial como autora de la obra o un fragmento de ella).

Todas esas preguntas están contenidas en el modelo de licenciamiento de Creative Commons (Bienes Comunes Creativos)

¿Cómo elegir la licencia?

Entonces lo que hay que hacer es ir al sitio de Creative Commons http://creativecommons.org/choose/?lang=es y responder algunas preguntas:

¿Quiere permitir usos comerciales de su obra?

No

¿Quiere permitir modificaciones de su obra?

Sí, mientras se comparta de la misma manera Información
No

Se puede añadir la información adicional, si se tiene un blog u otro espacio. Una vez que eso se realiza, aparecerá un código que se puede incluir en el blog o en el libro, la portada del disco o lo que venga al caso. Es importante que se coloque, porque de otra manera ¿cómo sabrá el público cuál es la voluntad de ese autor o autora?

Ahora, algo importante sobre esto: la licencia la podemos elegir porque somos quienes escribimos lo que ahí se publica. Si vamos a traducir canciones (que es el caso de Anita) o artículos (en mi caso), lo que podemos hacer es crear una categoría de traducciones y colocar una nota en el texto donde indicamos la licencia, para que quede claro que los materiales que no son de nuestra autoría, tienen su propia licencia. ¿Por qué? Porque no tenemos derecho a compartir los materiales de otras personas con licencias que no reflejan la voluntad de esas otras personas. Una traducción es una obra derivada y lo mejor es dejar claras las condiciones.

¿Cómo se inserta el código en el blog?

Lo que nos ofrece Creative Commons ya está listo para insertar como widget (en wordpress) o como gagdget (en blogger).

En wordpress se busca en Apariencia/Widgets/Texto (ahí se coloca el código)

En blogger se busca diseño/Añadir un gadget/Lo Básico/HTML-Javascript (ahí se coloca el código)

Este código lo brinda el sitio de CC:

<a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/cr/”><img alt=”Licencia Creative Commons” style=”border-width:0″ src=”http://i.creativecommons.org/l/by-sa/3.0/cr/88×31.png” /></a><br />Este obra está bajo una <a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/cr/”>licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Costa Rica</a>.

Tiene un error, por cierto… dice “este obra” pero podemos modificar eso.

Si se indica la url, nuestro nombre y el nombre del blog el código será más largo. La licencia de este blog “por dentro” se ve así:

<center><a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/cr/”><img alt=”Licencia Creative Commons” style=”border-width:0″ src=”http://i.creativecommons.org/l/by-sa/3.0/cr/88×31.png” /></a><br /><span xmlns:dct=”http://purl.org/dc/terms/” href=”http://purl.org/dc/dcmitype/Text” property=”dct:title” rel=”dct:type”>Tics Nerviosos</span> por <a xmlns:cc=”http://creativecommons.org/ns#” href=”http://piensalibre.net/tics” property=”cc:attributionName” rel=”cc:attributionURL”>Carolina Flores Hine</a> se encuentra bajo una Licencia <a rel=”license” href=”http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/cr/”>Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Costa Rica</a>. Los textos traducidos o materiales de otros autores deben utilizarse siguiendo la licencia del autor original, pues es posible que no estén cubiertos por la misma licencia. <br/>
<br/>

Lo que está en azul lo coloca automáticamente el sistema del sitio de CC. Lo que está en rojo es el texto que añadí.

Si lo ven, el único cuidado que debemos tener es no tocar las etiquetas de código. Todo lo que está entre >—< lo podemos cambiar sin problema. De todas maneras, así nos vamos acercando un poco al código y le perdemos el miedo a tocar por dentro de la magia.

 

La Dictadura del “Todos los Derechos Reservados” (parte II)

Leer parte I

El motor

Este artículo surgió principalmente por una discusión que se dio en Facebook. Alguien compartió un poema de Luis Yuré y mencioné en los comentarios que era muy probable que eso incumpliera la voluntad de ese autor. Lo dije porque una tarde me di a la tarea de revisar cada uno de los libros de Yuré que están en la Librería Universitaria y todos contienen maldiciones dirigidas a quienes se atrevan a copiar o distribuir los poemas si no compran el libro. En ese muro, yo también recibí algunas maldiciones por parte de los fans del poeta en cuestión.

Se trata de frases similares a: “hemorragias nasales y ataques de lombrices a quien ose copiar este libro”. No puedo poner las frases textuales por dos razones: 1. En Costa Rica no existe jurisprudencia en torno al “uso justo” (Fair Use) del derecho anglosajón. La figura de “Fair Use” permite que en un escrito como éste, se coloquen extractos de una obra protegida por copyright restrictivo sin autorización del titular, siempre que se trate de un elemento necesario para fundamentar la argumentación. 2. No copié los nombres de los libros. Copié únicamente sus maldiciones y entonces no puedo hacer uso del derecho que todxs tenemos a citar las obras.

Se puede argumentar que en el año 2002 no eran conocidas las opciones que actualmente tenemos para compartir creaciones artísticas. Sin embargo, las maldiciones permanecen al menos en uno de los libros del 2009. Además, la rectificación del error (sobre todo en los libros editados por el mismo autor) bien podría resolverse con un sello y una almohadilla con tinta. Ojalá todos los errores que cometemos por ignorancia se pudieran remediar de forma tan sencilla.

Pero supongamos entonces que el autor no sabe lo que hizo. Muchos no saben lo que hacen cuando se trata de sus derechos de autor. Pasemos entonces a mencionar cuáles son las alternativas que tenemos y cóno funcionan.

¿Cómo reservar algunos derechos?

Recordemos que en general -a menos que indiquemos lo contrario por medio de una licencia específica- estaremos reservando todos los derechos automáticamente al crear la obra. Sin embargo, dentro del mismo marco legal es posible reservar únicamente algunos derechos, no todos. En ninguno de los casos se renuncia a la atribución, pues siempre deben mencionarse todos los nombres de las personas involucradas como autoras de la obra.

Por ejemplo, cuando yo publico una poesía debo tomar algunas decisiones:

  • ¿Permito que se comparta esa poesía? (que se coloque en un blog, en un muro en Facebook, que se fotocopie el libro). Si la respuesta es no, se trata de “Todos los Derechos Reservados” y ya no tiene caso seguir respondiendo.
  • ¿Otorgo autorización para que se hagan obras derivadas de ella? (por ejemplo, añadirle líneas y publicarla de nuevo con mi nombre junto al de la persona que añadió esas líneas).
  • ¿Permito que se haga un uso comercial de esa obra? (que se publique en un libro por el cual no recibiré pago monetario alguno, que se grabe como letra de una canción en un disco con fines de lucro, etcétera).
  • ¿Permito solamente que se use sin fines de lucro? (para leerla en un acto escolar, publicarla en un calendario de una asociación benéfica, etcétera).
  • ¿Quiero que se comparta de la misma manera? (con lo cual indico si estoy solicitando que quienes hagan uso u obras derivadas de la poesía usen la misma licencia de distribución, para que se respete mi voluntad inicial como autora de la obra o un fragmento de ella).

Todas esas preguntas están contenidas en el modelo de licenciamiento de Creative Commons (Bienes Comunes Creativos). Tal vez suene extraño, porque el concepto de bienes comunes nos ha sido arrebatado, pero son bienes comunes de otro tipo el aire, el espectro radioeléctrico, el agua (aunque haya intentos serios de privatización de ese recurso). La propuesta de fondo es, que la cultura y el conocimiento son bienes comunes y por lo tanto, se deberían proteger de una forma distinta que permita que todas las personas puedan aprovechar sus beneficios y crear más conocimiento a partir de esas fuentes. Para quienes piensan que se trata de la ruina de la economía, les presto la comparación entre ciencia básica y ciencia aplicada. La ciencia aplicada es el tipo de conocimiento particular que no necesariamente es un bien común y del cual se obtienen ganancias privadas y externalidades. En cambio, la ciencia básica y la investigación realizada con fondos públicos, son bienes que deben circular de la forma más abierta posible para que el conocimiento que generan pueda ser aplicado por la mayor cantidad de personas, lo cual implicará beneficios mucho más amplios.

Creative Commons no es la única opción, pero es la más difundida para compartir obras artísticas o académicas. Es un modelo heredero del licenciamiento que usa el software libre, el cual está orientado a brindarle mayores libertades y derechos a las personas usuarias de esos programas, en cumplimiento de la voluntad de quienes los desarrollaron.

Hay distintos niveles de acceso y el uso de esas licencias implica una responsabilidad, pero son una puerta posible para salir de la dictadura en la cual estamos. De ahí que sea importante difundir y vigilar. Son muchxs lxs artistas e investigadorxs que desconocen estas opciones y sin embargo, parecen tener la intención de compartir su trabajo. Sin embargo, no basta con una intención: cuando Perro Zompopo o El Parque permiten la descarga gratuita de su música debemos tener claro que legalmente nos están dando permiso para descargarla pero no para compartirla por ningún medio. Así de absurdo como lo leen, es el mundo en el cual vivimos.

Y antes que empiecen a pensar que morirán de hambre por “regalar” su trabajo, es importante aclarar que una licencia de libre distribución no implica que no se pueda vender un libro, un disco, cobrar por un concierto. Todas esas actividades se pueden hacer cuando se utilizan estas licencias. Se ha demostrado que la difusión de las obras aumenta considerablemente y eso en muchos casos crece también el volumen de ventas o contrataciones. Se trata de un ventajoso modelo de distribución que aprovecha las redes de personas y toma ventaja de la libre circulación y además, permite que los autores otorguen autorizaciones específicas (por ejemplo, permitir un uso comercial a determinada persona interesada).

Claro está, el éxito de estas alternativas depende de cuánto se conozca sobre las opciones y cuánto defendamos que se respeten los derechos de autor. Contrario a lo que podría suponerse, se trata de defender el derecho de quien crea una obra a que se le reconozca ese mérito, pero también de permitir que esa persona decida cuál es el nivel de acceso que desea brindar.

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Notas:

  • En Costa Rica, las licencias Creative Commons tienen su propio capítulo. Eso significa, que están ajustadas a la legislación nacional, con el fin de que los profesionales en leyes las comprendan e interpreten mejor. Sin embargo, como estas licencias están diseñadas con base en los convenios internacionales, no es indispensable que estén ajustadas en cada país, así que es posible usarlas en países sin capítulo específico. Para comunicarse con la comunidad CC en el país, puede hacerlo a través de su página en FB o al correo creativecommonscr(en)gmail.com
  • Antes de utilizar una foto, canción, o cualquier contenido que tiene una licencia CC, es importante entender bien la licencia que tiene y respetar la voluntad del autor o autora al colocar esa y no otra. Eso ayudará a no cometer errores, como colocar en una obra para la venta, una imagen cuya licencia no permitía usos comerciales o utilizar un texto con una licencia que exija “compartir igual” en una obra que se publicará con todos los derechos reservados.
  • Acaba de salir de imprenta un libro donde participo como co-autora. Pueden descargarlo de forma libre y gratuita siguiendo este enlace. Esta es la leyenda que tiene y nótese como incluye el Copyright de la UNAM con la licencia CC más abierta de todas: CC-BY-SA (se pide atribución y compartir igual, permitiendo obras derivadas y usos comerciales).

La Dictadura del “Todos los Derechos Reservados” (parte I)

En una de las múltiples confrontaciones que he tenido con uno de mis contactos en Facebook (mea culpa) hice algunas afirmaciones que no quiero dejar de ese tamaño, porque desde hace mucho tiempo me he quedado con las ganas de exponer cómo, en el tema de derechos de autor y copyright, el no asumir una posición es colocarse en el lado de la complacencia con quien podríamos llamar “el opresor”. Lo que discutí con él quedará para la segunda parte, pero es lo que inspira este escrito de hoy.

Quienes han estado en mis charlas recientes (las presentaciones están disponibles), sabrán que a pesar de no ser abogada he estado compartiendo sobre el tema de derechos de autor. ¿Por qué y con qué derecho? Con el mismo que ejerzo desde hace más tiempo compartiendo conocimiento acerca del software libre: el derecho de quien se ve afectada negativamente por la lógica de acumulación de riqueza material y conocimiento en detrimento del bienestar social. Decir que por no poder programar no tengo bases suficientes para exponer acerca del código abierto es absurdo, tanto como decir que el tema de copyright es un asunto de personas expertas en leyes.

Derecho de autor no es lo mismo que Copyright, aunque…

En Costa Rica nos regimos por el Derecho de Autor, que es distinto del Copyright (derecho de copia). Son obras sujetas a ese derecho las canciones (su música, su letra y su ejecución por separado), las novelas y poemas, los ensayos, las fotografías, películas, pinturas , las investigaciones académicas y el software (entre otros trabajos). Este derecho es automático, pues cuando yo escribo (o intento) una poesía, no hace falta que la inscriba en una oficina, ni siquiera hace falta que la publique en mi blog. Esa poesía es de mi autoría desde el mismo momento en que la termino de escribir. Hasta ahí, todo bien.

Las patentes -que son duendes de otro cuento pero han sido incorporadas en una bolsa que llaman “propiedad intelectual”- se rigen por otra lógica y no son tema de esta entrada.Únicamente me parece importante aclarar que éstas sí deben ser registradas oficialmente para tener validez. No basta con que usted invente algo: si no tiene miles de dólares para inscribir esa patente en Costa Rica, Estados Unidos y Japón como mínimo, de nada le sirve su genialidad.

El caso es que al pensar en el derecho de autor, tenemos una visión romántica. Se nos ha enseñado que al proteger ese derecho, estamos apoyando a los artistas y creadores de las obras. Pensamos -con toda razón ¡si ese era el objetivo!- que estamos dando un estímulo a esas personas que son capaces de crear, investigar o desarrollar conocimiento maravilloso. Eso parece tener sentido ¿no es así? Al menos, eso se sigue argumentando en los juicios penales en contra de personas que descargan música compartida ilegalmente en Internet:

“Como los fundadores de este país vieron con suficiente sabiduría, los elementos más importantes de cualquier civilización incluyen  a sus creadores independientes -sus autores, compositores y artistas- quienes crean como una iniciativa personal y una expresión espontánea más que por resultado del patrocinio o el subsidio. Un Copyright fuerte y práctico es la única seguridad que tenemos para que esta actividad creativa continúe” (Abraham Kaminstein en el caso Sony Corp, of America v. Universal City Studios citado en HOC).

Pero resulta que no. Desde el principio del Copyright, la lógica del marco legal ha tendido a defender los derechos de los intermediarios por encima de los derechos de los autores. Eso parecía sensato, porque en realidad prácticamente nadie podía tener una imprenta en casa. Dependíamos entonces de los impresores para acceder al conocimiento y eso parecía una transacción más o menos conveniente. Como explica el matemático argentino Enrique Chaparro:

Asistimos a una de las primeras transacciones sociales sobre el conocimiento. Cada cual cedía un poco y adquiría algo. El conjunto de la sociedad cedíamos nuestro derecho a reproducir libros libremente, a cambio de permitir una difusión mucho más rápida (…) Esta transacción funcionaba más o menos bien porque, si bien como sociedad habíamos renunciado a nuestro derecho a copiar libremente, en realidad, este era un derecho no demasiado realizable como tal” (Chaparro, E.  2007: 16)

Pero algunos años después, los autores comenzaron a brillar por ellos mismos. Entre otros fenómenos culturales, el romanticismo permitió que los autores y autoras reivindicaran sus derechos. Surgió entonces el derecho de autor para tratar de enmendar el beneficio excesivo a los intermediarios, con algún éxito. De ahí que se protegieran los derechos hasta una cantidad de años después de la vida de ese autor (con el fin de que la familia recibiera una retribución pero también, la sociedad pudiera aprovechar ese conocimiento).

Pero luego, las redes de distribución de las obras artísticas, científicas, etcétera se hicieron más complejas. Con la posibilidad de empaquetar el conocimiento científico y llevarlo a lugares que antes eran inimaginables, pero además con la posibilidad que daban las cintas de grabación y otros medios para la comercialización de los productos culturales (veamos cómo, ya podemos hablar de productos culturales como una mercancía más), de nuevo regresamos al negocio de los intermediarios: casas disqueras, distribuidoras cinematográficas, editoriales, revistas científicas, entre otras, comenzaron  a adquirir derechos de distribución de las obras. Es así como el derecho de los autores y autoras para comercializar o distribuir, es cedido mediante contratos a compañías intermediarias que empiezan a obtener los mayores márgenes de ganancia. Esas son las titulares de los derechos de autor.

Lo que nos rige actualmente es una mezcla de ambos modelos: Copyright y Derecho de Autor en un marco estandarizado internacionalmente, impulsado por los acuerdos de libre comercio y la Oficina Mundial para la Propiedad Intelectual (OMPI). Las repercusiones de esta estandarización nos atañen no solo en cuanto a las limitaciones para la libre circulación de la cultura compartida como humanidad sino también, por el impacto económico que conlleva la penalización de actuaciones que en el pasado fueron completamente válidas y que están en la base del desarrollo de los países ricos: la posibilidad de transitar por “la senda del aprendizaje, regeneración e imitación tecnológica, como fase previa a la mejora y creación de innovación endógena” (Adamson, M. 2011. 8). Es decir, todos ellos copiaron, se inspiraron, recrearon, remezclaron y obtuvieron de ese proceso el conocimiento necesario para innovar y obtener las ganancias que actualmente disfrutan. Pero una vez que alcanzaron ese nivel de desarrollo, hacen uso de su poder hegemónico para restringir esos procesos, impidiendo con esas medidas, que nuestros países puedan alcanzarlos.

La llegada del formato digital

Todo eso se complica con la aparición del formato digital, que nos permite compartir originales, no copias y ahora sí, tener nuestra propia “imprenta” en casa. En la actualidad prácticamente todas las personas que poseen computadoras pueden copiar los materiales, distribuirlos e incluso, modificarlos. Como respuesta, la legislación de origen anglosajón (que es la que plantea el derecho de autor en términos de Copyright) ha ido adaptándose conforme ocurren cambios tecnológicos que transforman los procesos de reproducción de los materiales y las modalidades de distribución. Esas adaptaciones se han generado para ampliar el ámbito de acción de la legislación, no para que las disposiciones que contiene respondan mejor a la realidad social.

Contrario a lo que se esperaría, el que ahora sea más barato, simple y rápido reproducir las copias no ha flexibilizado las leyes para compartirlas. De hecho, los períodos de protección continúan creciendo aún cuando los autores hayan muerto, pues son las corporaciones titulares de los derechos de copia las que negocian las reformas o generan demandas para sentar jurisprudencia.

¿Y entonces, infringimos?

Esa suele ser la respuesta de muchas personas. Ese tipo de medida tiene impacto cuando muchas personas se suman y se logran acciones directas como cruzar la calle cuando el semáforo peatonal está apagado. Es una “pequeña revolución” que sin embargo, no cambia drásticamente el flujo vehicular y mucho menos, genera reformas en la ley de tránsito. Esa es la salida de quienes descargan música en Internet sabiendo que es ilegal, quienes abren blogs para descarga directa de discos, libros y otros materiales y por supuesto, de quienes instalan sistemas operativos privativos. Eso ¿es válido? Alguna gente dice que sí, que es éticamente válido. Otras personas decimos que aunque puede ser éticamente válido, estratégicamente no lo es (como plantea Mako en “Piratería y software libre“). Si no estamos de acuerdo con los límites de velocidad impuestos por el COSEVI ¿los irrespetamos sometiéndonos a cuantiosas multas o gestionamos cambios en la ley de tránsito?

De ahí que yo planteara al principio, que el tema del Copyright y el Derecho de Autor obliga a tomar una posición y que la neutralidad y el portamí característico de quienes creen que hacen resistencia al sistema infringiendo las leyes, es una opción que no comparto ni respeto entre personas que tienen el nivel educativo suficiente para comprender a qué nos estamos enfrentando. Es uno más de los casos de “primero vinieron por ellos…” que tan caro nos han costado como humanidad.

De las alternativas, opciones y ejemplos a criticar o a seguir, me ocuparé en una segunda parte. (Leer parte II)

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Para consultar sobre este tema:

Adamson, M. (2011). Interrelación universidad -sector productivo y endogenización de la I+D: Grandes desafíos y soluciones para un crecimiento sostenido de Costa Rica. En: Conocimiento, Innnovación  Desarrollo. Rafael Herrera González y José María Gutiérrez Gutiérrez, editores. Disponible para descarga.

Busaniche, Beatriz. (2007). ¿Por qué no hablamos de propiedad intelectual?. En: Monopolios Artificiales sobre Bienes Intangibles: los procesos de privatización de la vida y el conocimiento.  Ediciones Fundación Vía Libre, Argentina.

Chaparro, Enrique. (2007). Introducción. En: Monopolios Artificiales sobre Bienes Intangibles: los     procesos de privatización de la vida y el conocimiento. Ediciones Fundación Vía Libre, Argentina. Disponible para descarga.

Intelligent Engineering Systems through Artificial Neural Networks (s.f). History of Copyright. Disponible en:  http://historyofCopyright.org

 

Algo de lo mucho que jamás pasará en Twitter

Una de las cosas que más me gusta de identi.ca es la posibilidad de seguir el contexto completo de una conversación. Eso es algo que la plataforma de Twitter no permite. Mi hipótesis prejuiciosa indica también que la plataforma de twitter privilegia la superficialidad y que las personas usuarias se han acostumbrado demasiado bien a no profundizar en los temas.

Les traigo hoy un excelente ejemplo: un hilo de identi.ca que inicia con la siguiente afirmación:

lostnbronx
“cc music with the NC clause is only cool if all you wanna do is listen. if you wanna use it, though, it gets friggin’ complicated!”

y desarrolla un buenísimo intercambio sobre el tema del copyright, abolicionismo, derecho moral, plagio, dominio público etcétera. Es como tomarse un café con pura gente desconocida e interesante.

Aquí pueden leerlo y si quieren, entrometerse

Mis aportes para la promoción de las licencias CC

Cuando Renata me invitó a subirme a un bus que iría por Centroamérica compartiendo sobre licencias Creative Commons de inmediato pensé que sería una buena oportunidad para colaborar con ese proyecto y compartir mis opiniones sobre el tema. Iba entonces, invitada como una activista de Software Libre que podía aportar para la difusión de otras maneras de compartir las obras artísticas o académicas. Mi agenda oculta, era tratar de incidir hacia la conformación de una comunidad de abogados y abogadas, artistas, gestores culturales que estuvieran en centroamérica tratando de apoyar procesos de desalambrar el conocimiento. Sabía que esa comunidad no sería fácil de gestar, porque se tiende a pensar que las recomendaciones que damos a las personas nos ponen en el riesgo de asumir las consecuencias posibles. Hay una especie de incomodidad de parte de lxs profesionales, por compartir un poco de lo que saben aplicándolo de forma práctica, tal vez por temor a que alguien después reclame o parafrasee mal algo que se dijo en una conversación escrita. ¿Por qué lxs profesionales en informática no tienen miedo a eso? Ni idea. Pero se me ocurre que una salida posible es lo que hacemos en las comunidades de Software Libre: yo soy psicóloga y si están en una lista conmigo, me leerán opinando sobre licencias, códecs y no sé cuántas cosas más que antes del 2007 ni sabía que existían. No necesitamos posicionarnos como expertxs para compartir lo que sabemos y si aprendemos a equivocarnos frente a una multitud más o menos anónima y a que nos corrijan sin pena alguna en una lista, bien podemos conformar listas electrónicas de soporte para el uso de las licencias Creative Commons y contribuir para que más personas entiendan de qué se tratan y puedan defender a quienes las usamos.

¿Por qué estoy hablando de esto? Porque después, el CCBus se convirtió en LibreBus para ser un movimiento de cultura libre en grande… y entonces ya no iba yo como invitada, sino como una de las actoras del recorrido. Y resulta, que el tema me tenía un poco atragantada y no fue hasta el último momento cuando me atreví a ser algo crítica con la forma en la que se hace la difusión de las licencias CC. Dije que se llaman “Comunidades de Cultura Libre” con un nombre que les queda grande porque cultura libre es todo y más que lo que integramos en el LibreBus y de eso, el arte licenciado con una Creative Commons será apenas una pequeñísima parte.

Y con esto, no quiero restarle el enorme mérito que tiene el movimiento de libertad de copyright (que es como lo concibo, aunque el concepto no termine de cuajar porque la libertad de un derecho ¿cómo se come? y porque el copyright es el derecho a restringir); lo que quiero, es señalar los que considero errores importantes. Si lo hago, es porque me parece valioso hacerlo y porque creo que fortalecer y promover el uso de licencias para compartir es una de las vías para transformar el mundo.

¿Cuáles son los problemas que observo a las licencias CC?

1. Uno de los puntos ya lo toqué: cultura libre es mucho más que ponerle CC a una foto en Flickr.

2. El segundo punto, lo rodeé en la introducción: debe abandonarse la idea de que el conocimiento sobre las licencias y cómo usarlas, es cosa de personas expertas. Si no se cultivan comunidades de personas usuarias, activistas y vigilantes del cumplimiento de esas licencias, mal hacemos en seguirlas difundiendo. Lo único que logramos con eso es que lxs artistas sigan siendo despojadxs de su derecho moral e incluso patrimonial, sin que tengan posibilidades de demandar a quienes usan sus obras de forma no autorizada. Las licencias de Software Libre funcionan, porque millones de personas estamos vigilando y así debería ser con las licencias CC.

3. El tercer punto, se relaciona con el segundo. El proceso de adaptación de las licencias a la legislación nacional, actualmente requiere de una institución que se haga cargo oficialmente. Esto -asumo- se hace con el fin de formalizar el proceso y tener más apoyo institucional pero, como todo lo que se formaliza y se burocratiza, esto genera que en los países haya liderazgos que en algunos casos pasan lejos de la pasión por el tema del compartir. Es comprensible que haya personas a las que se les encargue el proceso legal como un trabajo. El problema, es cuando eso genera un liderazgo vertical que no permite que más personas se apropien y se sientan parte central de todo el proceso. Porque el éxito de la cultura libre en general, depende de la pasión y la motivación con la que hacemos las cosas y si esos ingredientes no están en la receta de los líderes, lo que vamos a obtener son empleados de 8 a 5 que no estarán comprometidos con la causa ni la vivirán como parte de su existencia, que es al fin y al cabo la única manera de transformar las cosas y poner en práctica lo que está en el discurso.

Tal vez no sea el mejor momento de anunciar esto y ni siquiera sé si la gente que trabaja CC en la región querrá acompañarme en una lista electrónica… pero le propuse a Andrés Guadamuz la idea de crear la lista CCentroamérica con el fin de compartir experiencias y apoyar a los países que están interesados en adaptar las licencias. Aún no sé dónde se hará (si en librebus, si pediremos apoyo a softwarelibre.ca o cómo, pero si a alguien le parece buena idea, puede dejar un comentario y hablamos).