Pescando porqués

Equilibrium, Lenny Hirsch https://flic.kr/p/98NiQq
Equilibrium, Lenny Hirsch (https://flic.kr/p/98NiQq). CC-BY-NC-SA

Uno de los temas recurrentes en las conversaciones con amigos de las comunidades de software libre es: “¿qué ha sido de aquel, de aquella, por qué se alejaron?”. Y aunque existen distintas razones que explican por qué las personas dejan de participar (Neville Cross, embajador de Fedora expuso el tema en el ECSL), yo quiero concentrarme en una explicación específica: “Es que aquel desde que se casó ya no apareció más“.

En las comunidades en las que participo (específicamente en Centroamérica ) son pocas las personas casadas con y sin hijos que aún permanecen activas. Los y las demás, a partir de su matrimonio, su paternidad o maternidad, simplemente desaparecieron de los eventos presenciales. Algunos continúan en proyectos de desarrollo, otros conversan en los canales de IRC (principalmente en donde no se tocan temas “serios”) pero pocos dedican su tiempo a la comunidad a la que antes pertenecían.

Y a mí me da por preguntarme: ¿por qué éste sí y aquel no? ¿por qué menos mujeres que hombres? y las respuestas no son simples. Por un lado, se podría aplicar el prejuicio y conjeturar que los hombres tienen menos responsabilidades en su vida de pareja y con sus hijos y que eso les daría más flexibilidad. Sin embargo, los hombres que tengo en mente mientras escribo, son parejas sensibles, dedicadas y además – si tienen hijos – son excelentes padres (actuales o futuros). Por otro lado, se podría esperar que entonces sus parejas sean parte también de las comunidades, pero eso es cierto únicamente en los dos casos de mujeres que recuerdo. ¿Y entonces qué es lo que hace posible que algunos continúen?. O al contrario, ¿qué es lo que hace que muchos dejen las comunidades una vez que se casan?

He encontrado casos en los que el acercamiento a las comunidades tenía un fin utilitario: capturar ciertos conocimientos técnicos específicos aprovechando la cultura de colaboración. Esto no necesariamente significa que estas personas no contribuyeran, pero su compromiso con la comunidad y con cumplir los objetivos del grupo pudieron fácilmente pasar a segundo plano.

En otras situaciones, la comunidad cumplía un papel de grupo de referencia y entonces al llegar a una vida “más adulta” se recurre a otros grupos a partir del ambiente laboral, familiar, etcétera. O sea, ocurre un proceso de señorización de la vida 🙂

Lo otro que he observado, es que el trabajo los absorbe. No todos tienen la suerte de trabajar en una organización en la que se brinden permisos o vacaciones para asistir a eventos de software libre u otros temas de interés. Y si esto se une con poco tiempo libre para dedicar a la pareja o la familia, los proyectos propios o las pasiones como el colaborar en comunidades se hacen prácticamente imposibles, aunque haya ganas.

Y por último, está la razón que me parece más importante de señalar, sobre todo porque hay quienes aún tienen tiempo de enmendar o de no cometer errores. Y sí, sé que me meto en un tema espinoso, pero debo hablar de la elección de pareja.

Hace algunos años, un primo me comentaba por qué pensaba casarse: “es la socia correcta para mi proyecto de vida“, decía. A mí, romántica empedernida sin remedio, aquello me parecía la frase más triste que había escuchado. Me tomó muchos años entender qué quería decir con “socia” y aún hoy, no soy capaz de llamarle así a lo que yo considero “el compañero de viaje”.

¿Y qué tienen en común todos los casos que mencioné al inicio? Son al menos dos cosas que están presentes en sus respectivas parejas:

  1. Comprenden cuál es el punto con el software libre, cuál es la pasión que nos mueve a reunirnos, a dar charlas, a programar durante horas para resolver una falla o atender una necesidad, a organizar encuentros anuales, a crear manuales de uso de programas, a investigar, a atender a estudiantes, a mil y una cosas que hacemos voluntariamente y que para alguien que no nos conoce son incomprensibles.
  2. Tienen su propia pasión y reciben la misma comprensión y apoyo para sus actividades. Esto quiere decir que estas personas tienen sus sueños y proyectos particulares, y por lo tanto, ejercen su derecho a un espacio propio, a una carrera propia, a asistir ellas mismas a eventos en los que se reúnen con gente de su misma especie.

Esto aplica para cualquier pareja feliz y no tiene relación alguna con el software libre: el punto es que el compartir el viaje no solo pasa por tomar decisiones en común sabiendo que a veces implicará no elegir el hotel o la comida (incluso no tener wifi), sino también, implica abrazar las pasiones del otro, apoyarle e inspirarle siempre a seguir creciendo. Dicen que si eso se hace para ambas partes, se alcanza el equilibrio y se conocen muchos lugares hermosos, aunque siempre existan desencuentros.

Así que vaya este post para quienes empiezan apenas el camino, pero también para esas parejas de los amigos y de las amigas que no sólo son capaces de soportarnos y de entendernos, sino que a veces nos hospedan en su casa, nos acompañan a los viajes, nos regalan dragones de tres cabezas, nos enriquecen con su mirada fresca y hasta nos fabrican hermosos sombreros de pirata.

Valerie Aurora

Estaba leyendo un reportaje sobre héroes y heroínas del software libre y me encontré a Valerie Aurora. Habría mucho para decir. Yo solo conocía la Ada Initiative pero ahora he leído un poco más.

Pero he venido nada más a dejar registro de otra Matilde en la familia. Es la “Honeywell H316 Kitchen Computer“.

Happy Kitchen
Happy Kitchen

 

 

Aquellos tiempos I

En estos días he recordado con lfleiva y una enorme nostalgia, la primer computadora que mi papá llevó a casa: una Commodore 64. Usaba diskettes de 5,25 pulgadas y sí, tardaba mucho en cargar pero en aquellos tiempos ni nos dábamos cuenta.

Por esos días, mis hermanos y yo iniciamos clases en una academia de computación (¿tal vez la primera academia privada de país? llamada Kínetos (que luego se convirtió en una empresa). Ahí iniciaba yo mis primeros pasos encendiendo la compu y dándole instrucciones una por una para que pudiera crear un directorio. Lamentablemente yo odiaba esas clases y pensaba – ¿de qué me sirve saber todo eso?. Lo acepto: yo fui una usuaria tipo Windows y cuando apareció ese sistema operativo que simplificaba todo y nos embruteció en masa, hasta me alegré… pero me curé cuando me estafaron con un Windows Millennium. Después de eso y habiendo probado el Star Office que alguien instaló en esa pobre computadora entorpecida, se abría el camino para esa duda: había algo más allá de Microsoft. Por suerte, era la época en que Apple dirigía sus tentáculos a los diseñadores gráficos únicamente. Jamás me lograron seducir.

Pero no venía yo a contar todo eso. Venía nada más a mostrarles el juego Bruce Lee. No podría contar cuántas horas pasé jugando esto con el joystick (confieso más: soy incapaz de jugar con el teclado. De ahí que los videojuegos post-joystick sean simplemente un gusto que no adquirí y no lo lamento). Miren la maravilla que encontré:

Bruce Lee

(ok… no funciona el empotrar video pero sigan el link)