Así

De pequeña, me aprendí de memoria el calendario. Papá llegaba pocas veces al año y yo sentía cuando iba a aparecer. Lo sentía porque él, desde lejos me avisaba que llegaría de visita en pocos días.

Mamá también lo sentía pero no me decía ni una palabra. Alguna vez le pregunté por qué me escondía las noticias de la llegada de papá. Me respondió que no quería ilusionarme por si después sus presentimientos no se hacían realidad. Yo siempre supe que eso era mentira. Mamá no decía nada porque sabía -como yo me sabía el calendario- que un día cualquiera, papá podía dejar de escribir, tal vez dejaría de llegar a casa y que esa comunicación que podríamos llamar «cósmica» sería lo único que los mantendría juntos. No decía nada, por si era esa la vez, en la que en lugar de avisar que llegaría a casa, papá avisaba que había muerto.

Pero siempre apareció. Cada visita se acompañaba de la barba descuidada, un poco más de arrugas y sus ojos cansados pero llenos de luz. Para esos días, mamá cortaba flores del jardín, se ponía su falda más hermosa y compraba navajillas nuevas. Después de los besos más largos que yo haya visto jamás, le decía a papá «cortátela mi guapo… ya sabés que desconfío de los hombres con barba».

A veces, se quedaba unos meses. Otras, sólo unos días. Ninguno lloraba, ni siquiera yo. Habíamos aprendido que hay que saber disfrutar las cosas cuando se tienen, en lugar de pensar en cuando ya no estarán. Y así lo hacíamos incluso después de ver a papá preparando su mochila y de acompañarlo a comprar zapatos nuevos para irse otra vez.

Un día papá regresó y ya no se fue más. Ahora las flores ya no alcanzan para adornar la casa todos los días, pero lo besos largos no se acabaron jamás. Después de un tiempo, yo misma me fui a vivir mis propias historias y me alejé por largo tiempo de la casa de mamá. Ahora soy yo la que les cuenta, desde lejos, que sigo bien y que todos los días, le hago honor a mi nombre.

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