Las páginas en blanco al final de tu libro

¿Sabés? Mi tío era pianista. Su talento no se medía en partituras, ni en titulares, ni en monedas. Su talento se medía en dolor, en sufrimiento, en todas esas tantas tormentas que lo inundaban por meses, por años, por minutos mientras tocaba el piano y le atacaba un jazz en medio de un bolero.
¿Sabés? Estoy sola en mi cuarto en México. Estoy llorando sola, mientras todos, todos los que te quieren (menos yo) están en La Chicha tomando guaro ligado con agua de sal (aunque no lloren). Y tengo rabia. Tengo rabia porque otra vez pensé, que la gente está aquí para toda la vida. Porque aquella tarde que entraste al café no me atreví a hablarte. Porque jamás me atreví a hablarte hasta que vos llegaste aquella noche a decirme que te gustaban mis poemas. Y lo digo orgullosa, como quien se dice un trofeo frente al espejo, como queriendo que todos lean, que mi poeta favorito leía mis poemas y le gustaban. Como si sirviera de algo contar eso. Como si pudiera ver tu sonrisa ahora mismo, queriendo decirme que entonces qué, y qué con eso.
Y lloro más. El peor dolor es el que nos toma por sorpresa. Porque incluso ayer, cuando Ricardo me dijo que estabas mal, no pensé que pasara a más. Y tampoco te recordé en todo el día. Y ahora que lo sé, me ataca este puto dolor. Me ataca por la espalda, porque estaba desprevenida, porque no sabía, jueputa sal… yo no sabía que te quería tanto.
Y lo peor, es que hay un Julio, amigo tuyo, que vive en esta putrefactuosamente hermosa ciudad y ese Julio que nunca conocí -porque jamás te escribí el correo que te debía- tiene un abrazo que es para mí.
Y te juro, que lo de putrefactuoso no lo robé de tu putrefactible. Estoy leyendo tu libro. Me lo traje. Recuerdo que te dije y te sonrojaste.

Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie
a David Maradiaga
por Felipe Granados («Soundtrack»)

Me piden poemas suaves con caricia a la amante y besos por doquier. Me piden canciones que resulten ser apologías del Bien y otras miserias. Me piden que sea pulcro y no diga a la mierda. Me piden muchas cosas. Me piden el olvido como forma de reconciliarme con el mundo. Me piden que no aburra con mi queja perenne la gran fiesta de todos. Que no piense en los días malos del Hombre. Que olvide a aquel muchacho que fué muerto en un parque. Que deje para después mi grito de poeta malcriado y nauseabundo. Me piden que dimita de mi reino del odio y que no escriba desde el borracho insigne que me puebla. Me piden muchas cosas. Ninguna con sentido.

Ahora que he escuchado todo lo que me piden, me voy a dar vuelta sin pronunciar palabra para dejarlos pensando en aquel poeta sordo que nunca se callaba.

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